El año pasado intentamos hacer un resumen de cine español que abarcara las películas más interesantes del curso cinematográfico. Este año hemos intentado reseñar el mayor número de producciones patrias estrenadas en pantalla grande. El año que viene intentaremos que sean todas. ¿Razones? Muchas y variadas pero sobre todo el compromiso con el análisis pormenorizado de lo que nos rodea y nos conforma (sin conformarnos, claro). Nos es más fácil sacar conclusiones de algo que tenemos a nuestro alcance que no de algo que se nos escape (aunque muchas de las producciones nacionales se nos escapan por diversos motivos) por distribución, lejanía o desconocimiento. Nos resulta más fácil ocuparnos de lo que vivimos día a día que de lo que vemos una vez al año. Dentro de nuestro resumen del 2007 queremos dedicarle un espacio, dispuesto a quedarse y crecer año tras año, al cine español y sus circunstancias. recisamente, siguiendo por este camino, planeamos la publicación de reportajes y entrevistas sobre cineastas españoles que han arrancado su carrera en el nuevo siglo.
Hermana pequeña de las Libertarias de Aranda, Las 13 rosas de Martínez-Lázaro, intenta profundizar en el aún semi desconocido papel que las mujeres desempeñaron en la guerra civil. En vez de decantarse por las mujeres guerreras, Martínez-Lázaro escoge el drama real de 13 chicas que fueron fusiladas. 13 chicas que pertenecen al grupo de inocentes que fueron juzgadas y condenadas sin razón. El director se centra en cuatro de ellas para contarnos su historia personal, para a partir de ahí intentar recrear con todo lujo de detalles una España que se caía a pedazos, y mediante las chicas, se nos ofrece una muestra más de película de denuncia ante las crueldades e injusticias de nuestra guerra. El cineasta opta esta vez por el lirismo en vez del realismo. La épica y la leyenda frente a la desgarradora verdad. Una fórmula que en este caso funciona debido al enorme esfuerzo de puesta en escena, recreación e interpretación de todas las intérpretes, pero que por desgracia nos deja un amargo sabor a dejà vu, quizás es porque Salvador de Manuel Huerga nos contaba lo mismo y llegó antes, o quizás es porque la película necesita un poco más de fuerza, garra y corazón antes que épica, leyenda y mito.
Emilio Martínez-Borso
La sencillez y la cotidianeidad se han convertido en las señas de identidad más propias de nuestro cine, sin hacer distinciones (hasta hace muy poco tiempo) entre la mayor o menor comercialidad de las películas en las que podíamos encontrarlas. Tales características, en manos de unos u otros directores, pueden convertirse en herramientas para forjar una visión de autor más o menos original o en meras prolongaciones correctas de una tendencia arraigada y, a fuerza de explotación, cada vez menos atractiva. Judith Colell, quien se dio a conocer con una película pequeña y desapercibida, Nosotras, profundiza en lo que ya ensayó en su anterior obra, demostrando que quiere (y puede) adscribirse al primer grupo antes que al segundo. Para ello, nos muestra las vidas cruzadas de tres personajes paralelos, desconocidos entre sí aunque obligados a enfrentarse los tres a una misma circunstancia: su soledad, impuesta o escogida. Con mano sutil, sus planos hiperrealistas seleccionan lo que parecen momentos al azar de estas tres existencias, consiguiendo conmover en lo cercano, enseñándonos con habilidad maestra que no hacen falta grandes traumas y múltiples giros para narrar buenas historias.
Alicia Albares
Opera prima del cineasta Nacho Cerdà, esta película pasó lamentablemente desapercibida para casi todo el mundo. Algo, de hecho, sorprendente ya que, pese a no tratarse de un film trascendental (tampoco se lo propone) es una pieza notable que reafirma el interés que, en éstos últimos años, están alcanzando las producciones de terror españolas. Los abandonados, muy a pesar de explotar ciertos tópicos (sobretodo narrativos) dentro del género, mantiene el tipo con holgura gracias al más que sólido trabajo de dirección de Cerdà. Primero, por concebir una puesta en escena que transmite mayor inquietud que los hechos relatados; segundo, por acompañarla con una dirección de actores muy lograda, en la que la importancia del rostro y, sobretodo, la mirada se torna trascendental para la plena comprensión del film; y tercero, por poseer un extraño dominio del ritmo que hace que la película, muy a pesar de avanzar con cierta parsimonia, jamás resulte cargante o repetitiva. En definitiva, Los abandonados es una pieza más que respetable, merecedora de una seria revisión.
Joaquín Vallet R.
Usualmente, cuando el tema es una excusa en la historia, la fe y la energía creativa se disponen en la expresión, y, desde allí, estableciendo contratos, los espectadores, intentamos encontrarnos con lo propuesto. En Arritmia, que la historia sea una excusa, es una verdadera limitación y, en cierto sentido, también una perversión. Porque estetizar el terrorismo como tema y conflicto supone el peor de los vestigios de un pensamiento consumista: no pensar. Herederos de los post, transeúntes de los post, la post modernidad se presenta como un falso tejido de discursos democráticos donde cada cual y cada uno se atreve a perder el respeto y, pareciera que éste perder el respeto funciona como símbolo de libertad. Pero no todo es un dogma a derribar. El terrorismo, las atrocidades que se cometen en su nombre, la terrible desinformación sobre sus significados y consecuencias, ¿no merece acaso una reflexión? Hasta donde llegan las posibilidades del discurso, ¿qué es la pluralidad de ideas cuando sólo se expresan tópicos y encima decorados? Pues ser tan democrático, tan esteta y tan post si dentro no hay más que un regodeo en la fragmentación de mostrar sin ver no conlleva intrínsecamente ninguna búsqueda de libertad. Arritmia cuenta la historia de un hombre que se ha escapado nada menos que de la cárcel de Guantánamo y aparece casi sin vida en la costa cubana. Allí conoce a Manuela, una mujer (seductora, por supuesto) que le ayudará a despertar su agotado instinto por la vida. La descripción del personaje transcurre a través de flash back que intercalan su paso por Guantánamo, con las alucinaciones, producto de una mente perturbada, por las supuestas torturas infligidas. Sueño y realidad se confunden a lo largo de casi todo el relato, oscilando entre el mundo real y lo que queda de su pasado. Pero, es justamente en la elección de esta ambigüedad donde Vicente Peñarrocha elimina una de las pocas maneras del hombre occidental de luchar contra la injusticia: la reflexión crítica. Y apuesta en su lugar por el misterio psicologizado, (individualizado) a través de la lógica del video clip. ¿Intentando quizás poner de manifiesto la ambigüedad entre el bien y el mal? Año 2007, se siguen construyendo campos de exterminio. La existencia de Guantánamo no puede ser una excusa para decorar o profundizar un género. Auswitch no queda del otro lado de la historia. ¿No deberíamos comenzar a pensar de una vez?
Celina López Seco
Cuando un cineasta ha dirigido algunos episodios de Villarriba y Villabajo (1994), como es el caso de Josetxo San Mateo, es difícil que eso no quede patente en las imágenes de sus películas. En el caso de la que nos ocupa, se percibe en la escasa minuciosidad con que está realizada la planificación, e incluso el poco rigor con que se dirige a los actores, por citar sólo algunas de las carencias más destacadas ¿Por qué, entonces, se ríe uno en algunos pasajes de Atasco en la Nacional? Porque encontramos algún hallazgo divertido en el guión (“los paletos de Madrid”), funciona la química entre Anabel Alonso y Pablo Carbonell (aunque en algunos casos parece que se trata de tomas falsas, lo que no deja de tener su gracia si uno se mete en el juego) y, sobre todo, porque refleja con desinhibición algunos tópicos en torno a las tonterías que ciertos españoles se dedican a hacer durante las vacaciones de verano. No hay, desde luego, nada original ni de especial interés, excepto observar el desparpajo de un Carbonell que parece constantemente al borde de la carcajada y que, honestamente, contagia al espectador de la diversión y el placer que debe sentir en su trabajo; lo que se agradece cuando en una película no hay absolutamente nada más, excepto un par de chistes divertidos.
Enrique Pérez Romero
Basada en la novela homónima de Almudena Grandes, Atlas es una película hecha por y para mujeres. Desde la novela misma, Azucena Rodríguez ofrece un caramelo par cualquier mujer adulta que seguro se identifica con cualquiera de las cuatro mujeres que protagonizan el relato. Película de personajes, no de historia, Rodríguez nos presenta la vida misma de cuatro mujeres distintas, cuatro formas diferentes de encarar el día a día, que transpira realismo y verdad por cada fotograma. Con personajes bien construidos, Atlas, se convierte, sin alcanzar el grado de En la ciudad de Cesc Gy, en una película adulta muy digna y que no defraudará a todos aquellos que quieran verse reflejados en una cinta que te cuente la cotidianeidad sin buscar la miseria ni el regocijo fácil del sufrimiento ajeno.
Emilio Martínez-Borso
Dedicado a continuar con su trayectoria prolífica (tendencia que le lleva a estrenar una película por año), Ventura Pons vuelve a la carga con una historia con la que, como siempre, no quiere rendir cuentas a nadie más que a él mismo (y, quizá, a su público más incondicional). Siendo responsable de la producción de sus obras, el realizador catalán no necesita hacer concesiones a ningún ente exterior, logrando, con ello, filmes muy personales, todos ellos marcados por una profunda “marca de la casa”, pero escasamente ambiciosos en cuanto a la búsqueda de una evolución o un acercamiento al espectador común. Confirmando estos rasgos, su nueva película conforma un retrato un tanto extravagante de la Barcelona profunda, queriendo convertir ciertos arquetipos sociales en ejemplos de lo que se esconde detrás de las apariencias de cada casa acomodada de la urbe. Travestismo, infidelidad, incesto se agazapan detrás de unos personajes grandiosamente construidos por los que realmente aportan un cierto interés a esta película: sus excelentes actores, encabezados por un soberbio Jose María Pou. Porque más allá de las interpretaciones, la estética oscura, huraña, casi patética de este filme no consigue acompañar a las pretensiones de su contenido: lo que aspira a ser un reflejo de una realidad oculta se convierte en una deformación caricaturesca y desnaturalizada de la misma. Las galas de drama con la que Ventura Pons disfraza a sus personajes les despoja de toda credibilidad, quitando valor a lo que sí habría funcionado como una mera parodia grotesca y surrealista sobre una ciudad europea actual.
Alicia Albares
El debut en el campo del largometraje de Felix Viscarret nos ha deparado un excelente film que hace bandera de la sencillez. Al director pamplonica se le notan las ganas de contar una historia, el gusto de narrar por narrar. Bajo las estrellas transita por parajes ya pisoteados y, además, su final se presume antes de que llegue; sin embargo, ello poco importa ya que la carga de sinceridad del relato es tal que dejarse llevar por las desventuras de Beni Lacun (su protagonista) no se convierte en rémora alguna. La película gravita en torno a este personaje, encarnado a la perfección por Alberto San Juan, un outsider colgado y bravucón, con querencia a la bebida que acude a Estella —su población natal— para asistir a su padre en sus últimas horas de vida y que acabará manteniendo una entrañable relación con una niña del lugar. Viscarret reviste de western —los títulos de crédito, la traviesa música de Mikel Salas, el uso del paisaje...— la crónica del proceso de toma de conciencia de este perdedor. Nadando siempre entre dos aguas, las de la tragedia y las de la comedia, el director ofrece una narración, complaciente y nada sensiblera, en la que a través de sutiles detalles —por ejemplo, el deseo del padre de ser enterrado con su traje militar o las dificultades del protagonista con el picaporte de la caravana— asienta la psicología de los personajes y da voz al protagonista mudo de la cinta: el maltrato, evocado e insinuado en los personajes adultos y en la niña.
José Antonio Souto Pacheco
A pesar de que los créditos del primer largo de Koldo Serra apuntan directamente a Peckinpah y su Grupo salvaje, y de que la premisa argumental nos remita a Perros de paja (unos lugareños un tanto profundos, Virginie Ledoyen, la mujer del protagonista, que destila sensualidad a borbotones, un incidente y el consecuente estallido de la violencia), no puede decirse que el homenaje se traslade a la puesta en escena, lo que a priori no es ni bueno ni malo. Serra consigue crear una atmósfera durante la primera parte de la película, mediante unos personajes interesantes y una cuidada estética, sembrando bien lo que más tarde se ha de recoger, pero peca en exceso en el último tramo, pues se le vienen encima los estereotipos que tan bien ha sabido aprovechar en el comienzo y la película pierde algo de la credibilidad y de esa atmósfera tan elaborada, aunque en conjunto resulta una propuesta valiente e interesante.
Sergio Vargas
«Querrás cerrar los ojos, parar lo que está pasando. Pero no puedes».No, no me he equivocado de película, ya sé que es la frase de promoción de [Rec], pero también encaja a la perfección para expresarlo que sentí durante el visionado de esta explotation televisiva. Porque no deja de ser más un claro ejemplo de mala televisión que una mala película. Sólo así puedo explicarme la nula estructura narrativa, esa constante sensación de que los actores —especialmente, una esperpéntica Terele Pavez— interpreten como si acabaran de recibir el guión unas horas antes de manos del José Luís Moreno de turno. Por no mencionar el montaje, totalmente arrítmico, copiando tics de la peor publicidad y metiendo, con calzador o vaselina, de fondo canciones de pop comercialotas. En suma, un conjunto descorazonador que, con un cúmulo de situaciones repletas de humor rancio, logra que tipos como Sáenz de Heredia o Antonio del Real parezcan subversivos. Pero quizá más triste (más bien aterrador) no es la película en sí, sino que sea la cuarta película española más taquillera del 2007; casos como éste me llevan a pensar que el cine patrio, más que una ley que lo regule, necesita un desfibrilador que lo resucite.
José Macías
Después de cuatro años sin dirigir, La caja Kovak ha significado para Daniel Monzón la obra de madurez casi absoluta que ya iban anunciando sus dos películas previas y, además, un destello de sorprendente talento en una cinematografía tan poco dada a ello como es la española. Construída con admirable precisión, con un dominio muy seguro de cómo dosificar la información, La caja Kovak se presenta como un espléndido film en el que, sobretodo, cabe destacar la radiografía de un concepto de la maldad casi apocalíptico que está íntimamente relacionado con otras historias concebidas por su guionista, Jorge Guerricaechevarría, entre las cuales El día de la Bestia puede ser el paradigma más significativo. Monzón, ante ello, opta por una puesta en escena que combina, casi con mano maestra, el avance imparable de un argumento teniendo siempre en cuenta las necesidades del espectador potencial con un contenido complejo y reflexivo, en cuya puesta en escena se pueden hallar referencias directas, incluso, al cine de David Lynch (el personaje de Kovak interpretado por David Kelly). La caja Kovak supone una de las cotas más altas alcanzadas por el cine español desde el comienzo de siglo y, desde luego, la confirmación del talento de Daniel Monzón.
Joaquín Vallet R.
La séptima película del excepcional Julio Medem, su esperado regreso a la ficción tras su personal y áspero acercamiento al conflicto vasco, es un film extraño nacido como respuesta catártica a una tragedia íntima: la muerte de su hermana Ana. (De hecho del director donostiarra tenía previsto después de realizar La pelota vasca filmar el mismo tema desde una perspectiva ficcional sobre una historia previa: Aitor, la piel contra la piedra). En Caótica Ana Medem pasa, literalmente, del espectador, aunque en ningún caso le menosprecia, y construye un viaje sin dirección fija, pero con ansía de encontrar un pasmo, un estímulo, que alcance algún destino para paliar, si quiera temporalmente, el profundo dolor que le atenaza. En este recorrido hay instantes conmovedores (vid. el reencuentro de Ana con su padre), fulgurantes (vid. la secuencia que narra en imágenes el deseo e interés que surge entre los dos protagonsitas) y desgarradores (vid. el alarido de Ana), que logran trasladar con fruición ese estado de ánimo del realizador, y que tiene su colofón en ese "vómito" final a modo de epílogo grosero y desagradable, que es sobretodo la cruel ironía de alguien que desea despertar de un sueño repleto de recuerdos reprimidos, lugares inexplorados, tiempos suspendios... pero que al hacerlo descubre que su mierda apesta igual que la de los demás. Caótica Ana, con diferencia el trabajo menos interesante de su autor, lucha consigo misma por tener sentido dentro de un universo grisáceo en el que la muerte siempre había sido algo fantasmático.
José David Cáceres
Aitana Sánchez Gijón cada vez es mejor actriz. Carmelo Gómez casi nunca falla. Imanol Uribe, que pocas veces brilla pero casi siempre resulta eficaz, se pone al servicio de la historia y los actores. Las idas y venidas que se producen en el interior de la relación entre un experto marino y una cazadora de tesoros acaban por resultar excesivas y, por ello mismo, inverosímiles y desequilibrantes de un guión, por lo demás, bien tramado. El erotismo que sobrevuela sobre la pareja durante todo el filme se consuma en una escena bien rodada y con cierto morbo, lo que no es en absoluto banal: gran parte del sentido de la película descansa sobre la denodada lucha de poder entre los dos protagonistas; el poder de conquistar al otro, el de lograr sus objetivos, el de imponer su inteligencia. Quien quiera verlo como la enésima versión de la guerra de sexos podrá argüir sus razones, pero deberá tener cuidado con el diagnóstico final, puesto que el machismo aparente (el hombre bueno que se enamora de la pérfida mujer y la ayuda honestamente; la hembra fatal que manipula al hombre para lograr su objetivo, y le abandona), propone también un giro de clásico feminismo: la mujer es dueña de su vida sexual, de su horizonte profesional, de su futuro económico. Funciona a ratos como un thriller entretenido, nos ofrece una Aitana que promete como mujer fatal, posee algunas escenas en alta mar de belleza indiscutible. Estamos ante un filme interesante, pero ¿Por qué gastarse tanto dinero para lucirlo tan poco? Una de las raras paradojas eternas del cine español.
Enrique Pérez Romero
Rareza friki donde las haya, Chuecatown nos sumerge en lo más profundo y real del mundo gay. Comedia pura donde las haya, bien dialogada, divertida y con situaciones encontradas y trabajadas, la ópera prima de Juan Flahn nos ofrece una radiografía del mundo gay como pocas veces se ha visto. En ella pululan todas las variantes de gays, los bares, restaurantes, y la vida que se cierne sobre el barrio de Chueca, mezclando la caricaturización grotesca de ciertos tópicos, junto con aspectos totalmente verídicos de la gente que se retrata. Amparada en unas grandes interpretaciones de Rosa María Sardà y sobretodo Concha Velasco, Chuectown no esconde nunca su voluntad provocadora y cachonda, transgresora del buen rollo sin pretender otra cosa que hacer pasar un buen rato. Eso sí, no apta para simpatizantes del PP ni cualquiera que tenga un mínimo prejuicio social.
Emilio Martínez-Borso
Hay películas españolas (también de otras latitudes, pero por otras razones) que le hacen a uno pensar en algunas cuestiones inquietantes: por qué se hizo, quién tuvo el valor de financiarla, por qué no se le dio una vuelta al guión, por qué se gastó tanto dinero en promocionarla… Acostumbrado a ver mucho cine español, sé que hasta que no se ha analizado toda o una buena parte de la producción de un año, es un riesgo afirmar que tal o cual película es la peor. Pero es probable que una de las más firmes candidatas de este año sea El club de los suicidas. Porque tratar de hacer reír constantemente y no lograrlo nunca es lamentable; porque ofrecer a un grupo de actores especialmente encasillados la posibilidad de redundar en su propia estereotipia, es incomprensible; porque no tiene el menor sentido firmar una comedia y no intentar un solo gag visual, ni un mínimo juego de montaje; porque no se puede jugar con tantos secundarios para no describir ninguno, para no introducirlos de lleno en la ruleta del filme, para desperdiciarlos y sólo entorpecer las líneas principales; porque es inexplicable abordar un argumento con tantas posibilidades y con tantas referencias anteriores sin aportar nada nuevo, sin demostrar un ápice de ingenio, sin lograr un solo hallazgo. De verdad que no gusto de la crítica demoledora, pero es que no logré encontrar absolutamente nada entre los fotogramas de un filme que, honestamente, nunca se debió hacer o, al menos, no en esas circunstancias.
Enrique Pérez Romero
Estimulante debut el de Rodrigo Cortés. Alentadora ópera prima que sorprende por su frescura, imaginación y poderío desplegado ante un simple punto de partida. Simple pero no simplón, ya que Cortés demuestra desde el guión, que sus líneas esconden una profundidad y una carcajada ante la sociedad de consumo, como sociedad de problemas antes que de calidad de vida, que casan perfectamente con cualquier persona normal que viva en una gran ciudad. De hecho, por una vez, la conjunción entre forma y fondo, en Concursante casan a la perfección. Cortés nos ofrece una cuidada pieza de orfebrería de 90 minutos donde las fugas poéticas vienen de la mano de los recursos del videoclip, y las aceleraciones del plano obtienen su equivalencia en silencios, miradas y vacíos. Lejos de la vacuidad visual que podría haber derivado, Cortés demuestra una madurez digna de seguimiento, que amparado en un esforzado y modélico Leonardo Sbaraglia, levanta una película que se funde en los ojos del espectador como un renovado soplo de aire fresco en nuestra acartonada cinematografía.
Emilio Martínez-Borso
Después de Días de fútbol, (¿qué será lo próximo?, ¿Días de toros?), David Serrano vuelve con otra comedia, en esta ocasión alrededor del complicado rodaje de una película “social” en la España de la transición y el destape. O eso es lo que quiere el director, que sea cine social. El productor quiere que la protagonista se despelote, el que financia al productor quiere tirarse a la protagonista, y la protagonista se quiere tirar al director. Lo que vienen siendo los intríngulis del cine por dentro. Nada que no nos contara Godard mucho mejor en Le mépris, pero tampoco procede la comparación. Con una puesta en escena discreta por no llamarla inexistente (un largo y trabajado plano secuencia donde intervienen casi todos los personajes es la excepción que confirma el talento desaprovechado durante el resto de la película), Serrano confía, como en Días de fútbol, en la gracia de un guión y unos actores que funciona(n) a ratos en base a hallazgos puntuales (el personaje del director de fotografía borrachuzo y su madre, la ruindad del productor) y a ratos no (por ejemplo Fernando Tejero que parece que tenga un único registro ya haga de portero, retrasado, proxeneta o maricona mala, y que comienza a resultar peligrosamente hartante).
Sergio Vargas
Más allá de orfanatos y rosas, este ha sido el año Portabella. Al menos, en los círculos críticos españoles que, por arte de magia, parecen haber descubierto a una nueva promesa de la modernidad. Prefiero pensar que la reivindicación tardía de este magnífico cineasta (de 78 años, recordémoslo) no se debe a la retrospectiva del MoMA neoyorkino, pero es tal la unanimidad que uno empieza a sospechar. Sea como fuere, los elogios generales están, por una vez, justificados. Y si bien Die Stille vor Bach tiene aspectos discutibles (la visión burguesa de Europa, la mala resolución de los diálogos, un desnudo innecesario), se trata de una de las propuestas más radicales de la temporada. Una obra libre de ataduras que, en vez de seguir los manuales de guión, fluye a través de la lógica interna de sus imágenes. Del baile de una pianola, de los sonidos de un metro o del trote de un caballo. De instantes fascinantes en los que aún resuena la música de Bach. Portabella sabe que el concepto de Europa se hunde, pero nos invita a redimirnos con la perfección matemática alcanzada por el compositor de Leipzig. Aunque sea dentro de una sala de cine o de un museo.
Carles Matamoros
En una industria tan poco cómplice de la fantasía como la española, la animación se ha convertido en la reserva espiritual de la aventura, la ciencia-ficción y la magia. Buena ‘culpa’ de ello la tiene Filmax Animation, que desde su creación, en el año 2003, ha desarrollado proyectos tan variopintos como El Cid, Pinocho 3000 K, Gisaku, Pérez, el ratoncito de tus sueños, Nocturna o este Donkey Xote firmado por José Pozo. A partir de la novela de Cervantes, la historia cuenta el famoso episodio del Caballero de la Luna desde el punto de vista del burro de Sancho Panza, Rucio, un trasunto del asno de Shrek que, de no existir el modelo original, sería el mejor personaje cómico creado por Filmax hasta la fecha. El parecido resta efectividad a muchos gags, pero no eclipsa el principal mérito de la película: la adaptación del universo cervantino al público infantil. Y con él, los valores que han hecho de esta obra una cumbre literaria universal, como la justicia, la amistad o la honestidad. Todo ello bajo la forma clásica de una buddy movie a la que el equipo creativo imprime un ritmo trepidante y un notable acabado formal. Queda lejos el listón de Pixar o DreamWorks, pero se hace camino al andar, y Donkey Xote es un paso adelante en la formación de una animación nacional competitiva.
Raúl Álvarez
Algunos de los productos audiovisuales de consumo mundial y de vocación exclusivamente comercial aparecidos en los últimos tiempos han dispuesto de una proyección que se expande a otras plataformas: Hay, por supuesto, una película concebida para lucir sus sofisticadas imágenes en las pantallas de los multicines y en una lujosa edición posterior en DVD, pero también toman la forma de videojuegos, cómics, figuras de plástico y todo tipo de merchandising complementario. Desde una perspectiva infinitamente más modesta en lo tocante a los medios de producción, el cineasta José Luis Guerín asume la materialización del auténtico reverso autoral de este fenómeno entregando un proyecto que se compone de una obra cinematográfica desdoblada en dos películas (En la ciudad de Sylvia y Unas fotos… en la ciudad de Sylvia) y otros satélites (exposiciones en museos, cuadernos...). Todo gira alrededor de una idea esencial que podría resumirse quizás en un evocador apunte del propio Guerín: «El aura de un nombre gravita sobre la ciudad». En la ciudad de Sylvia (película) contiene un magistral despliegue de recursos fílmicos preexistentes que encauzan la interminable búsqueda artística que plantea el conjunto de la obra, contribuyendo notablemente al inagotable caudal de ideas que genera y al crucial diálogo que entabla con el espectador.
Alejandro Díaz
Si en un lado colocamos los valientes e intransferibles debuts de Pedro Aguilera, Rafa Cortés o Rodrigo Cortés al otro extremo podríamos colocar a Mateu Aldrover y este desafortunado drama iniciático, previsible y con ese puntito “reaccionario-humanista” tan de moda implantado por Iñarritu, Paul Haggis y otros seguidores de Von Trier y sus parábolas sobre la maldad humana, los hombres, los lobos y los hombres lobos. Una obra maniquea y pretendidamente moderna, desaseada y simplista que desaprovecha ciertas aptitudes para dominar recursos narrativos (elipsis, encadenados y economía) por mor de un guión insuficiente y una dirección de actores rutinaria. Juan Diego, esforzado como siempre, pone el contrapunto necesario para que no nos abandonemos ante la inevitable caída en los tópicos y lugares comunes de este tipo de “subgéneros”.
Manuel Ortega
Antes de nada he de decir que no puedo ser muy objetivo con esta película ya que no me gustan los cacahuetes, me dan sed. Continuemos; vendida como "El mariachi" de la animación, Gritos en el pasillo es el fruto (seco) del esfuerzo de dos amiguetes que quieren homenajear serie B de terror (como casi todos) y, de paso, añadir ciertas gotas de expresionismo alemán (casi ná) o Tim Burton. Pues bien chicos, ¡olé vuestros cacahuetes! Lo habéis conseguido, os lo habéis currado. La dirección artística es más que apañada, la caracterización de los cacahuetes es simpática, la música acompaña bien, los dibujitos de las paredes, puro expresionismo. Sí, un homenaje en toda regla; pero pregunto ¿no podíais haberlo hecho en un corto? Porque la idea no deja de ser curiosa, pero para un largo no da, y eso se nota en los diálogos, largos, eternos, circunstancia que en un largometraje con “actores” tan inexpresivos consigue que los planos no tengan ritmo y se alarguen demasiado. Todo eso unido a la falta de gags especialmente desopilantes, mas allá de un par de juegos de palabras afortunados, te puede llevar a la idea de que quizás la película —salvo un final chisposo pero abrupto que sugiere más que querían acabar de una vez que terminar con un poco de sorna— se tome demasiado en serio a si misma. Pero no hay que hacerme mucho caso, ya reconozco que no soy objetivo, a los veinte minutos estaba más preocupado preguntándome si éste era el tipo de cine español con el que Mahon dice que está, que por desarrollo del film en sí. Pero no es mi culpa, los cacahuetes me dan sed.
José Macías
Dark Star era en el fondo una parodia del “Flower Power” escondida bajo su cutis de “space-opera”; Halloween nos hablaba sobre los efectos de Vietnam mientras inauguraba un subgénero; y La niebla era una ácida fábula sobre la era Reagan contada como una traviesa historia de horror acuoso. La hora fría, por el contrario, es una parábola sobre el fin de las civilizaciones narrada como una parábola sobre el fin de las civilizaciones. Y aquí radica la diferencia entre un maestro que nunca ha pretendido subyugar la fábula y potenciar la tesis, y un aspirante que parece no confiar en que los humildes postulados sobre los que parte, puedan convertirse en metáfora sin necesidad de aplicarles un poquito de Botox. Con todo, Elio Quiroga tiene talento y eso se nota. Y mientras ya termina su próximo film (de género), el espectador puede perderse en esta modesta B-Movie, inflamada de un raro aliento pesimista y aliviada por una eficaz y nada venial puesta en escena.
Roberto Alcover Oti
Es paradójico que uno de los humoristas jóvenes de mayor talento en España, Luis Piedrahita, haya pergeñado un guión tan infame y tontarrón, que echa por tierra cualquier posible comparación con un filme de andamiaje similar como Cube (Vincenzo Natali, 1997). Que sus capacidades para la estructura narrativa o para la puesta en escena sean mediocres es algo dentro de lo razonable pero no así un desarrollo superficial, prácticamente con el factor de la sorpresa (la trampa, más bien) como única base sólida. No era mi intención ver una película donde se abordará el, por otro lado interesante, problema planteado hace siglos por el matemático Fermat. No esperaba oír hablar de curvas elípticas y funciones modulares, aspectos que para alguien curioso como yo pero de letras, incluso pueden ser demasiado áridos. Tampoco se trata de explicar conjeturas y teoremas. Se trata de articular algo con emoción y oficio. Más o menos como se hizo hace un par de años con El método (Marcelo Piñeyro, 2005). Los enigmas (escasos) que aparecen, más allá de que rebajen la carga científica, es que no conducen la obra ni tampoco vertebran las relaciones entre los personajes. Éstas salen a la luz a través de revelaciones sobre pasados comunes —un recurso fácil—, lo cual además se ve aún más empañado por un reparto que parece hecho a mala fe.
Carlos Aguilar Sambricio
Es este un documental voluntariamente minimalista que nos descubre un mundo fascinante y escondido. Un recorrido fílmico que, a partir del extraño fenómeno artístico de los hermanos Oligor, intenta superar el mero seguimiento del fan. El director se acerca primero, quizás con demasiado pudor, al mundo personal de los artistas, al sótano en el que dos adultos siguen encerrando su eterna infancia. Para, más adelante, caminar junto a ellos por diversos lugares y cuestionarse sobre el misterio del arte, sobre lo que a cada persona le fascina de una obra teatral tan especial como “Las Tribulaciones de Virginia”. Al final, casi sin quererlo, Lloret completa su búsqueda en Berlín. El encuentro de un bello punto de contacto (entre la historia de los protagonistas y la de la Alemania dividida) eleva su filme a otra dimensión. El arte puede salvar vidas. Éso es lo parece sugerir el director con su última —y ambiciosa— metáfora. Lástima que lo haga de forma tan descuidada, sin plasmar en imágenes sus loables intenciones. El fondo cuenta más que la forma, pero la falta de entidad artística acaba perjudicando a esta Hermanos Oligor. Una ópera prima apreciable que, pese a sus pretensiones, se asemeja más a un reportaje televisivo que a una obra para exhibir cines.
Carles Matamoros
Cuando un filme logra más en una sola imagen final que en casi todo su metraje, quiere decir que algo ha fallado. Eso ocurre aquí. Detrás de esta película se echa en falta un cineasta con personalidad, un par de limpiezas del guión y una pizca menos de empeño epatante. Hugo Silva, actor crecido en la televisión bajo la acogedora sombra de Los hombres de Paco, hace un trabajo digno, prudente, nada enfático, profesional; pero ese es el primer momento en el que echamos en falta un director que le impida caer en algún gesto fácil, en algún vicio adquirido. María Valverde, magnífica actriz en algunos planos y bellísima siempre, que está a un paso de desmerecer su carrera por su tozudez en repetir papeles demasiado parecidos, tampoco está dirigida con rigor, ni con la imperante necesidad de prescindir de lo accesorio. El resultado es una historia de amor en la que existe piel y clima, pero en la que no hay explosiones ni momentos mágicos. Por otra parte, el planteamiento más social en torno a las condiciones de vida en el psiquiátrico de Extremadura durante la década de los sesenta, que apunta cuestiones de máximo interés, se diluye desgraciadamente por entre una sobreabundante música meliflua y una bonita fotografía que, por bonita, resulta excesivamente bonita. Secundarios interesantes que no adquieren peso, escenas fundamentales narradas confusamente. Y al final, un plano brillante en el que un homosexual encerrado por serlo llora de emoción al ver la luz del sol, un plano que nos desvela de manera definitiva la escasez de dirección: primero, porque se trata la imagen banalmente, como a una más; segundo, porque demuestra que toda la parafernalia fotográfica y musical no era necesaria. A veces es sencillo: una mirada, un silencio, una palabra, un gesto, un matiz imperceptible. El hombre de arena es, sin duda, un buen proyecto sobre el papel que no ha sido llevado a puerto con la brillantez necesaria.
Enrique Pérez Romero
Al principio de Hotel Tivoli nos encontramos con una retahíla inacabable de logotipos de organismos oficiales, comunidades autónomas, ayuntamientos provincianos, productoras asociadas y, rizando el rizo, un sponsor de una cadena hotelera que le da nombre, dinero y ¿sentido? a todo el entramado. Todo esto nos plantea la duda de si el sistema de subvenciones estatal (y de los otros) favorece a la industria del cine, a las ONGS de desocupados y diletantes o al sentido del ridículo de un séptimo arte patrio que bascula entre el talento desaprovechado y los aprovechados sin talento. Porque es difícil encontrar este año una película tan trufada de diálogos ridículos y pretenciosos, escenas incoherentes e inanes y actores (casi todos gallegos, que para eso podemos enchufar a los amiguetes) con más urgencias económicas y menos preocupación por su entrada en IMDb. Un bodrio innecesario, fútil y romo que nos sita en el dilema de plantearnos demasiadas cosas o de pasar y no plantearnos ninguna.
Manuel Ortega
Hay películas que nos lo ponen muy fácil, tan fácil que hacer uso de las herramientas de siempre no es sólo un esfuerzo baldío sino también una actitud incongruente. ¿Cómo abordar entonces un film como I Love Miami, que escapa a lo convencional para entroncar (queriendo o no) con una cierta tradición del cinema bis patrio? ¿Cómo entender todos y cada uno de los artilugios estéticos que maneja y aglutina sin vergüenza: sus ralentís, los fotogramas quemados o las sobreimpresiones? ¿No es acaso una versión “chunga” de Tony Scott pasada por el mix de la salsa, el “guaguancó” y el esperpento, como aquellas series Z de los 70 que también se apuntaban a las nuevas tecnologías para aparentar modernidad? Pues bien, si la estética nazi impulsó un subgénero denominado naziexploitation, encarnado por voluptuosas rubias embutidas en trajes de cuero negro, quizás en un futuro veamos a esculturales mulatas (con barba) vestidas de verde olivo y fusil en mano. Seremos testigo entonces del castroexploitation, y recordaremos que I Love Miami puso alguna que otra piedra para su delirante creación.
Roberto Alcover Oti
Existe un tipo de cine sobre el que se cierne la delgada línea roja que separa la autoría del autismo. Un cine aparentemente fácil de hacer y difícil de digerir que suele contar casi de manera contraproducente con el apoyo de gente que lo necesita apoyar. La influencia es una película que habla por sí sola, una película donde Bresson y toda esa gente que se suele nombrar para justificar no sé qué están. Pero que destaca porque a Bresson y todos los demás les hubiera encantado. Y eso al final es lo que importa. Que sea una película tremenda sin necesidad de caer en el tremendismo, que es pura sin purismos de manual, que es cine con mayúsculas por su concepción, planteamiento y plasmación. Una ópera prima sugerente que nos descubre una voz que se alza sobre todos menos sobre sus imágenes, su tempo y su magnífica dirección de actores magníficos.
Manuel Ortega
Las películas de explícito contenido social, bienintencionadas desde su origen, incluso de inequívoca vocación de denuncia, suscitan con especial intensidad la cuestión siempre vigente de las relaciones entre el contenido y la forma en la obra artística. En este tipo de películas, ¿la desnudez estilística, la transparencia de la puesta en escena, se constituye en la forma más honesta de trasladar sus objetivos?. Invisibles (I. Coixet, W. Wenders, León de Aranoa, M. Barroso y J. Corcuera) plantea esta cuestión aún con más desgarro al ocuparse de cinco tragedias colectivas que hoy día se están dando en diversos lugares del tercer mundo, ante la apatía, la indiferencia o el desconocimiento culpable por parte de los países desarrollados. Cuatro de las cinco historias narradas en Invisibles optan por la sencillez expositiva: básicamente sus realizadores se limitan a dar voz a personas o colectivos que no la tienen, o al menos que prácticamente nadie les oye. Tan sólo Mariano Barroso se acerca a una especie de narración, una mezcolanza más bien primaria entre ficción y documental, alternando las imágenes en color y en blanco y negro. Me parece una opción tan legítima como la de sus compañeros, aunque lo cierto es que se trata probablemente de la historia que menos nos conmueve, objetivo último, se supone, de la propuesta. La mayor virtud de una película como Invisibles dentro del panorama cinematográfico patrio reside en que nos obliga a mirar hacia fuera, a otras realidades. Hacer visible lo invisible, esa es la intención (loable, sin duda) de la película. Tal vez algún día el cine español —salvo algunas honrosas excepciones que intentan transitar ese camino— se decida a hacer visible lo visible, una tarea en absoluto sencilla ni baladí.
José Francisco Montero
Película honesta dentro la actual tendencia patria a mezclar géneros, maquillar mediocridades y teñir de calidad productos insustanciales, Ladrones no oculta nunca su clara vocación comercial, y eso si no la honra, como mínimo no engaña, y eso debe reconocérsele. Ambientad en el mundo de los carteristas y ladronzuelos de la calle, la película tiene su mejor baza en toda la parte que incide en la cotidianeidad y maneras de “trabajar” de esta peculiar raza, obteniendo una cinta entretenida y curiosa, que apoyada en una factura impecable (que menos), luce como el producto destinado a romper en taquillas que es. Sin embargo, pierde fuelle en el guión, mezclando tramas familiares inconclusas con personajes que no acaban de ser creíbles, y que desembocan en un final vistoso y pretendidamente emotivo, pero totalmente innecesario. Aún así, Ladrones no ofende, lo cual ya es mucho.
Emilio Martínez-Borso
Se trata, de eso no hay duda, de una película concebida desde perspectivas rompedoras con los caducos esquemas que caracterizan al grueso del cine español nowadays, el cual intenta imitar los modelos más rentables del mercado multinacional para lograr el favor del público, fracasando encima en esta tarea casi siempre amén de entregando abortos fílmicos “a cascoporro”. El film dirigido por José María de Orbe tiene un planteamiento indudablemente valiente en tanto se atreve a tomar como referencia a algunos de los autores mundiales más interesantes y se muestra consciente de la existencia de obras que asumen la continua mutación en que se encuentran las imágenes del cine y su situación/relación con la problemática social de cada era. Teóricamente, una obra como La línea recta resulta intachable y muy deseable en el actual estado de las cosas. Y, pese a todas estas intenciones, la película no termina de funcionar como habría sido menester, no acaba de resultar suficientemente creíble, trascendente o profunda. ¿Por qué? No tengo, lo digo con toda franqueza, la menor idea de cuáles pueden ser las causas de este fenómeno, así que no me queda más remedio que pensar en la posibilidad de existencia de un inexplicable maleficio intrínseco al cine español que provoca, en la mayoría de las ocasiones, que hasta las ideas más refrescantes o brillantes terminen llegándole al espectador reptando.
Alejandro Díaz
Después del éxito (moderado) de Camarón le tocaba el turno a otra de las glorias mediáticas del flamenco contemporáneo: María Dolores Flores Ruiz aka Lola Flores. Y como ocurría con la infumable tentativa de Jaime Chavarri, la de Miguel Hermoso también sucumbe en el infantil intento de apostar toda su fortuna a un rasgo tan baladí como la caracterización física del actante principal. Que sí que Oscar Jaenada se parecía a José Monje y que Gala Évora es clavadita a La Faraona, pero son biopics que nacen muertos, chatos, atenazados y pretéritos. El del interesante director granadino naufraga por su excesiva linealidad, por los cambios de ritmo constantes y por la poco inteligente elección de contar lo máximo posible (como Alatriste y otros intentos de hacer películas “completas”) en un metraje que se va haciendo pesado como una bata de cola acabada de lavar. Además el tono quasi hagiográfico rinde otro flaco favor a una artista tan polémica y controvertida en su arte y en su vida como indiscutiblemente plomiza y plana en su plasmación cinematográfica.
Manuel Ortega
A partir de Canción de cuna, el cine de José Luis Garci ha dejado progresivamente de retratar la España contemporánea para mirar al pasado, en concreto a la España del primer tercio del siglo XX, con una mezcla de nostalgia y melancolía que, a menudo, bebe de prestigiosas fuentes literarias, como en El abuelo (Galdós), Ninette (Mihura) o la misma Luz de domingo, basada en un relato corto de Ramón Pérez de Ayala sobre las miserias del caciquismo rural. Este cambio ha influido en el estilo narrativo del cineasta madrileño, que se ha vuelto más reposado, contemplativo y preciosista, como todo buen elogio subjetivo a la memoria. A la espera de su visión del 2 de mayo, Luz de domingo es el ejemplo más pulido de esta forma de hacer películas que hunde sus raíces en los grandes clásicos del cine americano, como John Ford, Anthony Mann o Billy Wilder, hacia los que Garci nunca ha ocultado su admiración. El director muestra un cuidado obsesivo por el encuadre y la significación moral del paisaje, dos huellas fordianas que aquí, sin embargo, no acaban de trascender la mera composición estética. Lo mismo ocurre con la carga crítica del original literario; el discurso se disuelve entre estampas tan bellas como insustanciales. Queda para el recuerdo la sólida dirección de actores (magnífico Carlos Larrañaga), probablemente la mejor cualidad de un Garci que sigue buscando el equilibrio entre caligrafía y mensaje.
Raúl Álvarez
Te doy mis ojos, filme casi documental para algunos, engañoso y peligrosamente optimista para otros, reafirmó a Icíar Bollaín como una de las directoras más sólidas de nuestro país y la elevó al nivel de experta en el terreno que tan bien sabe pisar: las relaciones de pareja. Si en la película mencionada contempló a las dos partes de un tormentoso matrimonio acosado por la dependencia y el maltrato, ahora regresa a los orígenes que supuso Hola, ¿estás sola? para centrarse de nuevo en la mirada femenina. Sus protagonistas son únicamente ellas, como ejes de tres historias de amor discordantes en un marco laboral poco habitual: una agencia de detectives privados. Utilizando como excusa la profesión de sus tres mujeres, Bollaín les obliga a analizar su propia situación, volviendo la mirada hacia su desordenada intimidad. Punto de partida interesante pero malogrado porque, aunque la película se construye entretenida en su devenir de historias, carece sin embargo de coherencia interna, de objetivo común del que iniciar y al que volver. Resulta artificioso ese viraje hacia el interior, lo cual provoca un extrañamiento en el espectador, que está buscando más conexión entre forma y fondo, entre esas mujeres y lo que les sucede como metáfora y motor, tal como promete su envoltorio.
Alicia Albares
Llegará un día en el que en España se hagan películas de época buenas. Un día en el que los Tirante el Blanco o La carta esférica serán bromas de mal gusto tanto para el espectador como para el productor. En ese día se tendrá a Miguel y William como paradigma de lo que tampoco se debe hacer. Y será así porque se sabrá la diferencia entre el desenfado y el ridículo. Porque se separará lo simpático de lo gracioso. Porque no se confundirá hacer una película con hacer un guiño. Porque se honrará a los personajes que se retratan y se evitará caricaturizarlos hasta la burla (salvo que esa sea la intención y se tenga el talento para ello). Porque se utilizará la ligereza en beneficio del ritmo y no de la superficialidad. Sí, Miguel y William es una película sin ideas, que no aporta nada salvo un planteamiento original cuya invención se queda ahí. Un intento de hacer a la española un Wild Wild West, un Shakespeare in Love, un Piratas del Caribe. Pero de nuevo se echa de más el tópico y de menos el ingenio. El ingenio es ese gran parche ante la falta de presupuesto, símbolo donde se escuda parte de nuestra industria. En fin, que si esta es la historia secreta del encuentro de estos dos genios, mejor era no habernos enterado.
Carlos Aguilar Sambricio
Tercera colaboración del guionista Manuel Hidalgo y el realizador Felipe Vega, tras Grandes ocasiones (1998) y Nubes de verano (2004), Mujeres en el parque comienza con una secuencia que ilustra oportunamente los mecanismos de sugestión del cineasta leonés. En el autobús, Daniel (concertista y profesor de piano) empieza a mirar casualmente a una pareja que discute. Cuando la pareja se baja, Daniel no duda en bajarse él también para intentar entender esa situación ajena un poco mejor, siguiéndolos por el Parque del Retiro a una distancia prudencial. En la magnífica cinta de Vega es inevitable sentir atracción por unas personas desconocidas que se sienten cercanas y que, al mismo tiempo, se resisten a exponer su interioridad fácilmente. En este caso, los sentimientos que tejen las relaciones de Daniel, Clara —con la que mantiene una relación amorosa—, su mujer Ana y su hija Mónica protagonizan una historia en la que los personajes guardan bajo la manga sus secretos como una forma de protección frente al desamparo emocional.
Jaime Natche
Ganador del segundo premio en la sección nacional de DocumentaMadrid 2007 este primer trabajo de David Moncasí es una estimable muestra de los reportajes que narran una historia, que en este caso es realidad, pero bien podría ser ficción dada la característica inaudita de su protagonsita, Carmen, una anciana de 84 años, que viene a exponer elocumentemente hasta donde se puede llegar siempre que se tenga ilusión y ganas por hacer algo, a sabiendas incluso que la vida también tiene su parte de sufrimiento y que no es lo mismo para un viejo que para un joven. Planteada con el distanciamiento necesario y una precisión admirable, La muñeca del espacio logra interesar progresivamente hasta emocionar por la honestidad de su mirada, por el tratamiento especular, que le permite, sin contradecir su caracter optimista, mostrar el contorno y parte del interior de un mundo que tiene su propio cartón gris (vid. los instantes en que aparece el hijo de Carmen o el desenlace en el que los payasos recuperan el que fuera número que idearan sus padres).
José David Cáceres
Una buena idea nunca es suficiente para construir una buena película. Y si la idea es buena, pero también está demasiado trillada es necesario poner bastante carne en el asador para que el producto resulte apetecible. Y precisamente esto (la premisa para la acción, pero no la reacción) es lo que le ocurre a la película del documentalista Jorge Algora, que aborda la historia de un asesino de niños en el Buenos Aires de comienzo de siglo. La trama policiaca se adereza con las pinceladas que proporciona la perspectiva del niño protagonista, que tiene visiones premonitorias de los crímenes. Una estética de telefilme y unas interpretaciones que, muy a pesar de contar con la presencia de actores probadamente solventes como son Chete Lera o Maribel Verdú, resultan muy antinaturales, impostadas (lo que no dice mucho en favor de la dirección de actores), particularmente en los intérpretes infantiles, no ayudan en absoluto a empatizar con unos personajes cuyos destinos resultan completamente indiferentes, y menos aún a enderezar una película condenada desde un comienzo al absoluto anonimato. Por otra parte, la figura del asesino es ninguneada hasta el final (en el que se pasa de puntillas en la profundización del que podría haber sido el personaje más interesante), en aras de prolongar la intriga policiaca, que es lo único que consigue mantener cierto interés (tampoco mucho) hasta el desenlace.
Sergio Vargas
Nocturna es un proyecto que Adrià García y Víctor Maldonado llevaban persiguiendo desde hace ya varios años, y que en un principio se iba a rodar en forma de corto. Sin embargo, su participación en calidad de directores artísticos en El Cid les proporcionó el respaldo de Filmax para acometer la producción. Narrada en forma de fábula, Nocturna está protagonizada por un niño asustadizo que ve como su ciudad se queda sin estrellas. Para resolver el desastre, tendrá que sumergirse en un mundo paralelo llamado Nocturna que surge en sueños. La animación tradicional por la que se apuesta en Nocturna es más afín a productos europeos como Bienvenidos a Belleville que a la fastuosidad digital de gigantes como Pixar o Dreamworks. Con todo, para recrear el fantástico mundo recreado en Nocturna han sido necesarios cuatro años de intenso trabajo, en los que se han creado 590.000 dibujos, 1.400 planos y 120.000 fotogramas. García y Maldonado han echado el órdago con una película cuya estética evoca los clásicos cuentos de Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm, y cuya animación es cálida y de formas suaves. En sus trazos puede rastrearse la influencia de las primeras animaciones de Tim Burton o el cine de Jeunet y Marc Caro, pero también de maestros de la animación asiática como Hayao Miyazaki. Aleccionadora sin llegar a ser cargante, los creadores de Nocturna han diseñado un eficaz y exportable producto de animación en el que además renuncian expresamente al empleo de animalitos cantarines, uno de los vicios recurrentes de este tipo de cine.
Javier Pulido
Lo dijo Tonio L. Alarcón y lo creemos muchos. El Orfanato es una película pensada para gustar a gente que no suele ver cine fantástico. Un producto perfectamente cocinado para llegar a la mayoría sin herir sensibilidades, para llenar las salas y salvar otra temporada nefasta en el cine patrio. Vistas las recaudaciones, sería absurdo negar sus méritos comerciales. Pero cabe preguntarse el porqué de su éxito. Por mucho que la campaña publicitaria sea abusiva, no garantiza el aprecio de la audiencia. Y, en este caso, el número de espectadores ha superado todas las expectativas. Pensándolo fríamente, no hay en el debut de Bayona ni un atisbo de originalidad, nada que lo haga sobresalir sobre otras películas de fantasmas. Y, sin embargo, el público ha disfrutado. Quizás por su desconocimiento del género o quizás porque El Orfanato es, aunque nos pese, una propuesta inteligente dentro de su mediocridad, un filme que engancha sin fascinar, que interesa sin sorprender. Una obra propia de esta época de productos miméticos en la que la impersonalidad parece ser un valor al alza. Sobretodo en nuestro autocomplaciente panorama cultural.
Carles Matamoros
Canal + puso en marcha hace unos años la serie de testimonios “Epílogo”, en la que veteranas figuras de la vida cultural española repasan su vida ante las preguntas de una inquietante voz en off. Una suerte de nota de despedida que adquiere un tono macabro cuando se conoce el carácter del programa: sólo se emite tras la muerte del protagonista. La puesta en escena de este espacio —un plató sobrio, sin decorar, iluminado tan sólo por uno o dos puntos de luz— sin duda ha influido en la concepción formal de El productor, documento-homenaje a Elías Querejeta que recorre su larga carrera profesional a través de los comentarios de sus principales amigos, colaboradores y colegas, emplazados en un sencillo estudio que invita a la confesión y la anécdota. Fernando León de Aranoa, José Luis Borau, Javier Aguirresarobe, Jaime Chávarri, Agustín Almodóvar y un largo etcétera, en el que no faltan el propio Elías y su hija Gracia, desfilan ante la mirada de Méndez-Leite componiendo un discurso en el que se echan en falta notas discordantes, manos arriba, gestos torcidos, pluralidad. La amistad y el compadreo liquidan una idea que podría haber propiciado una interesante reflexión sobre el oficio de ser productor en España. Este detalle diagnostica mejor que ninguna taquilla la salud de nuestro cine.
Raúl Álvarez
El desinterés generalizado que existe por el cine español provoca que en ocasiones se escapen por entre los dedos algunas obras estimables sobre las que hay mucho que decir. El debut en la dirección de Tristán Ulloa, junto a su hermano, es uno de esos casos en los que la trayectoria de coherencia en la elección de los trabajos interpretativos deviene en un claro compromiso definitivo cuando se produce el salto a la dirección. Ulloa trama un guión denso, en ocasiones sinuoso y hasta viscoso; oscurece la escena, y no deja escapatoria estética a unos personajes al borde del abismo. Su pulso tiene personalidad, sus imágenes nunca son banales, su ritmo significa tanto como sus diálogos y los actores tienen instrucciones precisas, las que puede dar alguien con voluntad de rigor y que, además, es un excelente actor. Tristán Ulloa, en cualquiera de sus facetas, será, si él quiere, un personaje principal del cine español futuro, como algunos diagnosticamos tempranamente al ver su inconmensurable trabajo en Mensaka (Salvador García Ruiz, 1998). La podredumbre en que se convierte la familia cuando la mentira es recubierta por el silencio está allí, en las imágenes de Ulloa. El mal olor que perciben los personajes lo percibe también el espectador. Hay poco margen para la empatía completa con ninguno de los protagonistas, pero resulta imposible no entender un poco a todos ellos: tal es la relevancia de los secretos que todos hemos tenido y hemos callado, tal es la verosimilitud del argumento del filme. Quizá por la seguridad en esa solidez primigenia de la historia, los autores se introducen en jardines demasiado agrestes, y llevan al extremo situaciones (la relación de Alfredo con su secretaria) que no nos podemos creer del todo. Es el talón de Aquiles de una buena película que espeluzna en la escena en que toda la mentira salta por los aires, revelando una dirección visceral y contenida, que logra magníficamente ese equilibrio entre lo profesional y lo personal, entre lo creativo y lo racional. Y lo mejor es que el aparente final feliz proporciona un cierto relajo en la tensión acumulada en el espectador, pero no le permite sonreír ni terminar esperanzado, porque sabe que la infelicidad se encuentra en el corazón mismo de esa familia. Una de las mejores películas del año.
Enrique Pérez Romero
La sinopsis de [REC] narra la odisea de una reportera y su cámara que, haciendo un reportaje en una estación de bomberos, acaban metidos en un infierno puro. Una historia bastante menos compleja a priori que la de cualquiera de las producciones dirigidas de forma indepediente por Jaume Balagueró y Paco Plaza. Sin embargo, no hay que engañarse. Estamos ante su película más redonda y, de paso, ante uno de los productos de género más eficientes que se hayan estrenado en los últimos años, dentro y fuera de España. El terror de [REC] es costumbrista e hiperrealista, hace que saltemos de la butaca, nos produce pánico y hace que lo pasemos bien pasándolo mal, como hacía años que no nos ocurría en el cine. A veces las comparaciones no sirven más que para retratar a quien compara. Se ha repetido hasta la saciedad que estamos ante “El proyecto de la bruja de Blair español”, porque la película emplea cámara de vídeo digital y grabaciones en tiempo casi real. Sin embargo, a diferencia de esta película, [REC] esconde un minucioso trabajo de producción que implica largos y trabajados planos y complicados efectos especiales que no lo parecen tanto. Lo cierto es que la película, como Balagueró y Plaza no tienen reparo en admitir, se nutre del lenguaje televisivo de programas como Cops y, de verdad, España directo, en los que las cámaras se introducen en la realidad precisamente para ficcionalizarla y envasarla como espectáculo. Pero [REC] no es tan sólo una excelente película de terror. Plaza y Balagueró han tenido el acierto de introducir elementos de crítica social, sobre todo a la labor de ciertos medios de comunicación, gotas de humor de barrio (los inquilinos del edificio donde tiene lugar la trama son Como Los de no hay quien viva después de una mala ingesta de Almax) y contención narrativa; la película no alcanza ni los 80 minutos ni falta que hace.
Javier Pulido
El cine como registrador de la memoria no es fiable dada su tendencia a la mítica y su condición dramática. Más peliagudo, incluso, sería considerarlo válido como documentador de la Historia. El cine no es un medio ni desde luego es exacto, como lo son las matemáticas, sino que es un fin, como la física, para modelar la realidad y hacerla más accesible, aunque no más comprensible. Este largometraje habla del suceso acaecido el 3 de marzo en 1976, recién iniciada la transición, en Vitoria, en el que 5 huelguistas perdieron la vida, y un centenar fue herido, a causa de las balas de la policía, que reprimieron la manifiestación al estar ilegalizado el derecho a huelga y de reunión. Es fácil ponerse del lado de los familiares de los desaparecidos (en especial de la hermana de uno de ellos cuya templanza no esconde su profundo pesar que la cámara capta casi sin querer), de los obreros, de sus amigos. Es normal que sintamos conmiseración por ellos. Repulsa por tales hechos y por quiénes los permitieron. Pero el tratamiento no deja de ser excesivamente plano, con pocos matices y desigual en su desarrollo. Y es que los responsables del documental (producido por Jaume Roures) se acercan a aquella lamentable tragedia desde la figura del cantautor Lluis Llach, eje central de la cinta y al final protagonista, el cual compuso una canción sobre lo ocurrido, Campanades a mort, cuya interpretación 30 años después en Euskadi es repdroducida íntegramente al final. Un opción válida que sin embargo, tal como está desarrollada, supone un lastre considerable.
José David Cáceres
Álvaro Fernández Armero nunca fue el que era. Y mira que nos empeñamos, mira que le miramos con ganas de mirarle y verle. Verle hacer comedia que fue para lo que parecía haber nacido. Salir pitando es la enésima confirmación de que el talento para hacer reir de aquel prometedor director es tan limitado como invisible e improbable. Las desventuras amorosas de un árbitro polémico interpretado por Guillermo Toledo es a priori una oportunidad casi imposible de desaprovechar. Pero en esta comedia desgraciada (creo que me reí una vez en los más de 90 minutos que duraba la proyección) todo suena a charlotada de baja intensidad y cortas miras que sólo parece tener sentido cuando da vueltas sobre sí misma. La comedia española está en crisis por muchos actores cómicos que tengamos. Lo que pasa es que hay que tomársela un poco más en serio.
Manuel Ortega
Sin conocer el nombre de su autora, no sería difícil clasificar esta película dentro de su personal filmografía. Siguiendo de cerca la estela dejada por su anterior obra, Héctor, Gracia Querejeta continúa explorando el terreno íntimo de personajes conducidos por la vida a situaciones límite, manteniendo, una vez más, la habilidad para hacer concesiones al público con la suficiente alquimia como para seguir siendo considerada una de las mejores directoras de cine de nuestro país. Porque, aunque esta película no es un filme tan fácil como parece, inaugura un ligero cambio en la forma de su cine, sin abandonar sus protagonistas cotidianos, sus situaciones rutinarias y sinceras: el humor, inteligente, cuidado, perfectamente fundido con la historia y coherente con los personajes, equilibra esta vez el conjunto, componiendo un perfecto tándem entre comedia y drama, sabiendo hacerlas una en un mismo plano o secuencia. Estos detalles, unidos a un suave y sutilísimo contenido fantástico, sobrenatural (representado por el niño en la mayoría de las ocasiones) convierten a esta película en un paso más en la evolución de su directora hacia un concepto nuevo, algo más complejo, en el que profundizar en postreras obras. Exquisito el trabajo del dúo protagonista, con dos personajes que tanto Portillo como Verdú han sabido exprimir al máximo, justificando, con creces, su doble nominación al Goya en la misma categoría.
Alicia Albares
Que la comedia en España lleva mucho tiempo rezagada respecto a la que se tuvo en otas épocas, en ocasiones por los mismos que ahora pergeñan bodrios incomprensiblemente aplaudidos (por ejemplo Emilio Martínez-Lázaro), no es noticia. La noticia está en que definitivamente no parece haber vía de escape por los caminos habituales. Kepa Sojo quizá sabía esto o lo suponía y planteó su debut como algo aparentemente menos convencional: trama anecdótica, arquetipos del género más o menos pervertidos, aproximación al cartoon (aunque de estética casposa), despilfarro de parodias del cine "serio"... El resultado es bastante pobre porque cae en el error de creer que la guasa del planteamiento y la fuerza de alguna idea buena (vid. el enterrado vivo que logra volver "de la tumba" y sus padres le quieren matar; el retrato del grupo pop convertido en una banda que toca en bodas) podía sortear la precariedad del resto de elementos: una historia vulgar que acaba como siempre (a punto de casarse, vamos), reiteración insistente de situaciones y gags, actores desaforados o inexpresivos, torpeza visual (ya está bien de creer que las comedias son solamente buenas historias y diálogos). En fin, una mala película que tampoco pretende más que ser un entretenimiento pasajero y que supongo se realizó sobretodo ante la posibilidad de rodar un primer largo, algo que está muy caro, incluso para aquellos que han triunfado en el cortometraje.
José David Cáceres
En el segundo largometraje de Jaime Rosales, las horas del día son la materia prima con la que el director teje su obra. Mientras tanto, el espíritu de Robert Bresson sobrevuela cada uno de sus planos. Las personas —y no digo, personajes— deambulan familiarmente ante nuestros ojos; de hecho, podríamos ser nosotros mismos. Sin embargo, nada es real. El cine de la realidad no existe y Rosales lo sabe. Por ello, no pretende nunca embaucarnos con fragmentos de materialidad y existencia sino que busca una representación cinematográfica que pueda expresarlas. Y lo hace a través del silencio. La mudez de la película se convierte en una certeza clara: las personas que transitan por los fotogramas del filme no están solas aunque sus silencios nos hablan de que viven en la soledad más absoluta.
José Antonio Souto Pacheco
Después de ver este film tuve la sensación de que me había perdido algo respecto a Ray Loriga: el resultado, por el planteamiento escogido y algunos pequeños detalles, me parece bastante interesante. No me cuadraba porque siempre había tenido a este escritor metido a cineasta por alguien a quien no merecia la pena prestar demasiada atención (en ocasiones producto también de declaraciones o comentarios suyos bastante lamentables). No he leído uno solo de sus libros, pero me di cuenta no solo que había visto (casi) todas las películas donde ha participado sino que además me resultan en cierto modo atractivas: El séptimo día (2004) es uno de los mejores Saura, (no recuerdo nada mejor de él desde ¡Ay Carmela!, 1990); Ausentes es un thriller bastante curioso (a pesar de los actores y del efectismo habitual de Calparsoro); Carne trémula (1997) es, con mucho, el Almodóvar que más me ha convencido desde que el manchego decidió creerse todo lo bueno que decían y dicen de él. Es probable que en estos trabajos la contribución de Loriga como guionista no trascendiera bien porque la visión del director se impusiera o porque no siempre firma los libretos en solitario. Sin embargo, aprecio en todos elllos elementos característicos cercanos al escritor madrileño, presentes ya en La pistola de mi hermano (1997), una extraña ópera prima (adaptación de una de sus novelas) que aunque es endeble tiene notables hallazgos, la mayoría de índole visual (hecho inhabitual en un escritor antes que director de cine), y que se asociaba a un tema tan apasionante como apenas tratado en nuestro cine. Teresa desvela una personalidad esquiva pero intensa, cuyo mayor defecto quizá radica en que locura y pasión están demasiado controladas y en ese dibujo (literal y figurado) a veces contradictoriamente amable. Loriga en cualquier caso ofrece un retrato a contracorriente de un personaje que le fascina (Teresa de Jesús se encuentra entre sus estímulos literarios), huyendo del biopic al uso y construyendo un historia de amor soprendente, obteniendo lo mejor de sus actores y apoyándose en una realización (y fotografía) sutil, tenue y precisa.
José David Cáceres
Tras seis años desde el estreno de su primera película, Jaizkibel, rodada con mucho entusiasmo y pocas subvenciones (o ninguna), como les ocurre a la mayoría de noveles hoy en día (Garci, Almodóvar y compañía necesitan más el dinero), en la que abordaba un complicado tema como el suicidio, el realizador Ibon Cormenzana regresa a la muerte (los fantasmas de los fallecidos en un edificio, que sólo una niña puede ver) como tema de fondo, pero desde un prisma diametralmente opuesto. Los Totenwackers es una película infantil donde los niños son los protagonistas absolutos tomando roles que en otros filmes indudablemente corresponderían a adultos (por ejemplo, John, el joven investigador privado de fenómenos paranormales), mientras que estos últimos son meros accesorios para la trama (bien como los malvados, bien como las figuras paternas; en ambos casos son parte de las dificultades a las que se enfrentan los protagonistas) Tal vez la historia no sea el mejor reclamo para el público adulto, pero nos encontramos ante una estimable película que sin duda disfrutarán los niños, sus destinatarios principales, y donde se nota cierta preocupación por el encuadre y la fotografía, y en general una buena labor de dirección, incluido el trabajo con los actores más jóvenes, dentro de las limitaciones que les son propias dada su inexperiencia.
Sergio Vargas
Otra de esas grandes historias que parecen quedarse entre páginas del guión que se fueron recortando y un director que no sabe sacar partido a los mimbres con los que cuenta. Como Bajo las estrellas y tantas otras. Como tantas otras y Tuya siempre. Una de cine negro barcelonés con actriz turgente y gente que fuma. Con jazz entre enemigos y hombres que disparan. Demasiados personajes, demasiados lugares comunes y demasiada precipitación narrativa tanto a la hora de la planificación como de una puesta en escena que nunca toma partido por su propia definición. Lombardero vuelve a demostrarnos que es un artesano gris que consigue adaptar las historias pero no la intrahistoria (perdón por el unamuniano término) de cada narración. Ya le pasó con la magnífica novela de Stephen Vizinczey, En brazos de la mujer madura y ahora le vuelve a ocurrir con un libreto que apunta más de lo que se ofrece. Se olvida con la misma facilidad que se ve.
Manuel Ortega
Mamá es boba ocupa por derecho propio un hueco en el corazón de este cronista cinéfilo. Manualidades (probablemente, uno de los cortometrajes más alucinantes de la historia de nuestro país) forma parte de mi cerebro, mi forma de enfrentarme a una película y mi bilis. Un buen día lo tiene cualquiera es la confirmación de un talento infantil y kamikaze, la segunda obra larga de un director único que ha tenido que esperar nueve años para terminar una película sesgada por algún idiota. La comedia es tragedia menos tiempo que dijo Woody Allen, y Santiago Lorenzo, francotirador solitario de boomerangs envenenados, lo sabe demasiado bien. Por eso nos premia con una fábula (social o no) sobre la soledad, que no está tan lejos de Jaime Rosales como puede parecer, donde el humor absurdo se mezcla con el absurdo de todo lo demás y la autobiografía más desoladora y brillante.
Manuel Ortega
En estos tiempos de modas sobre lo moderno y apologías del fin del cine tras lo posmoderno, todos los documentales con voluntad de estilo y todas las películas orientales, sean cuales sean sus resultados, parecen ser la última joya de la corona. La estrechez de miras que se esconde tras semejante visión del nuevo cine es combatida desde algunos modestos lugares de resistencia, como es este, también modesto, documental sobre la esquizofrenia. Sólo testimonios, sólo voces, alguna mirada, poca intencionalidad autoral, respeto por la realidad contada, honestidad, escalofrío, reflexión. Son algunas de las virtudes que provienen de una actitud intelectual sincera, que no tiene como objetivo arrasar en las taquillas ni en los cuadros críticos (¡es que también hay quien hace cine para arrasar en los cuadros críticos!), sino para algo tan simple como lo que se encuentra en la esencia del cine: comunicar, transmitir, informar, emocionar, documentar, hacer pensar. Especialistas en psicología y psiquiatría por un lado, y enfermos de esquizofrenia por otro, tratando de dar luz al desconocido y temido universo de una enfermedad terrible. La directora se mantiene en un plano observador, prudente; Julio Medem no intenta que se note que ha sido él quien ha producido el documental. El filme, que consigue gran parte de lo que pretende, podría pasar por un reportaje televisivo, pero en esta contemporaneidad marcada por lo intertextual, eso no debería dar motivos para rasgarse las vestiduras.
Enrique Pérez Romero
Las primeras imágenes de Las vidas de Celia muestran, en una sucesión de encuadres cercanos y algo forzados, los rostros de un grupo de chicos y chicas divirtiéndose entre las luces multicolores de una fiesta de barrio. Tras ellos, en plano general, intuimos la presencia de Celia, protagonista del film, sentada en una terraza. Pese a la cercanía con el grupo de chicos —cuyo interés es meramente figurativo— no captamos con claridad sus palabras, y sorprendentemente, cuando instantes después la cámara se centre en Celia tampoco escucharemos las suyas. Este (gratuito) juego entre lo cercano y lo lejano, los límites del encuadre, lo enunciado y lo omitido por la banda de sonido, se repetirá continuamente a lo largo de la película y en relación a todos sus personajes; una idea de puesta en escena que terminará por convertirse en síntoma de lo peligrosa que en ocasiones resulta la voluntad de estilo. Antonio Chavarrías busca apropiarse de una “forma” que le permita alejarse de la mediocridad de regusto populista a la que nos tiene acostumbrado el cine español, pero en el proceso se olvida de lo fundamental: las necesidades reales de su película y de unos personajes inmersos en una trama que a nadie consigue interesar.
Ángel Santos Touza
Aunque no aparezca reflejada de ninguna forma en las nominaciones a los goya, la primera película de Rafa Cortés es probablemente la opera prima más interesante de este buen año para el cine español (que sería buen año para la industria del cine español si no se ningunease el buen cine español. Matices sin importancia). El director mallorquín se ubica en la isla que le vio nacer para narrarnos una historia con ecos borgianos, y hasta lynchianos, en la que Hans (Alex Brendemühl) se ve arrastrado por las circunstancias de un entorno hostil a una suplantación que también es adaptación y transformación. Interesante empleo de los fundidos a negro para dejar una minúscula intimidad a un personaje del que no nos separaremos durante todo el metraje. Yo circula equilibradamente por la delgada línea del misterio (notable a este respecto la aportación musical de Óscar Kaiser), donde la continua presencia del otro se hace patente y asfixiante a través de la insinuación en un guión redondo que utiliza el juego del truc como metáfora del engaño y que partiendo de elementos como una simple botella de whisky o un pozo profundo desvela todo lo malo y lo bueno que habita en unos y otros. Si no puedes derrotarlos, conviértete en ellos, parece decir. Pero no se malinterprete el mensaje: A la academia, ni agua.
Sergio Vargas