En el albor de la década de los sesenta, en La aventura (L'Avventura. Michelangelo Antonioni. 1960), Anna (Lea Massari) desaparecía misteriosamente de una isla mediada la película. Su prometido y su amiga emprendían desconcertados su búsqueda, pero terminada la cinta Anna no había dado señales de vida y no sabíamos siquiera los motivos de su desaparición. Detrás de la búsqueda no había nada. Sandro (Gabriele Ferzetti) y Claudia (Monica Vitti), no obstante, encontraban en esa búsqueda un amor hecho de dudas y culpabilidades, pero a fin de cuentas detrás de ese amor tampoco había apenas nada. Si acaso el mismo vacío que dejó Anna. La misma ausencia. En esta aventura que Antonioni emprende en esta época de aventuras cinematográficas quedaba finalmente la sensación en el espectador de que ya no había un sentido que le diera un cierre definitivo y concluyente al relato, en ella «la búsqueda del personaje desaparecido se va disolviendo al igual que la propia ficción» (D. Font. Michelangelo Antonioni, Cátedra, 2003; pág. 140); acaso permanecía el sentido de la búsqueda, la aventura de encontrar un sentido.

Más de cuarenta años después, en Keane William Keane (Damian Lewis), un personaje con evidentes trastornos mentales, se nos presenta buscando a su hija, a la que nunca encuentra y que según él ha sido secuestrada, pero que perfectamente puede ser producto de su mente enferma. En esta película, pues, ya ni siquiera sabemos si la misma búsqueda tiene algún objeto. Pero lo cierto es que para el espíritu atormentado de Keane el deseo de encontrar a su hija otorga una orientación a su vida, una suerte de motivo, aunque sea anegado en el caos y el vacío. Si todo relato implica la búsqueda, frecuentemente desesperada, de un sentido, en Keane la búsqueda de un sentido es el relato.
Como buena parte del cine más inquieto de la actualidad, Keane asume las enseñanzas del cine documental más atractivo —Kerrigan fue ayudante de Frederik Wiseman—, integrándolas en unas narraciones que asumen unas formas y un sentido diferentes a los del relato tradicional. La cámara de la tercera película de Lodge Kerrigan se centra obsesivamente en su protagonista, especialmente en su rostro y en su mirada desquiciada y profundamente angustiada, pero el filme no por ello asume esta mirada. La del director se sitúa fuera, una mirada cercana y distante simultáneamente —como en la magnífica Claire Dolan (Lodge Kerrigan. 1998)—, objetiva y compasiva a la vez —mientras que en Clean, Shaven (1994), su primer largometraje, la mirada ofrecida sobre su protagonista, otro perturbado mental, era más subjetiva—, atenta a su dolor pero sin dejar de mirar de frente a sus aristas más desagradables, a su insobornable complejidad, en definitiva: William Keane no es un personaje unidimensional ni nítido, como tampoco lo es la narración. Un hombre perdido, desquiciado a veces, pero que también puede demostrar responsabilidad y atenciones hacia los demás. Es más, con frecuencia aparece como una persona contradictoria, su comportamiento delata actitudes contrapuestas dependiendo de las personas con las que se relaciona o las situaciones que vive. Keane pretende en varias ocasiones aislarse de su entorno —en algunos momentos, cuando está llevando a cabo alguna de sus acciones más extravagantes, se dice a sí mismo que nadie lo está mirando— y por otro lado manifiesta una patente necesidad de contactar con los demás, en especial desde el momento en que conoce a Kira (Abigail Breslin), una niña de la misma edad de su hija, y a su madre (Amy Ryan).

El interés de Kerrigan por los enfermos mentales, por personajes que buscan cierto orden en el caos de su cabeza, no deja así de ser el mejor correlato de unas narraciones caóticas que buscan su lugar en un mundo en el que cada vez resulta más difícil encontrárselo. El devenir tortuoso y fragmentario del protagonista de la película no deja de ser el mejor trasunto de unos relatos también tortuosos y fragmentarios, que en estos inicios del siglo XXI buscan asimismo, vacilantes, el camino por dónde ir. Películas sin certezas y personajes desarraigados para un mundo ya sin certidumbres de ningún tipo.
El mismo año en que Antonioni presentaba al mundo La aventura, Jorge Luis Borges escribió: «Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara». Quizás ése es el único descubrimiento que alcanzamos al finalizar Keane, el de las acciones que retratan a un hombre, o mejor, que son ese hombre. Lo que no es ni mucho menos poco.