Francés, excéntrico y amigo de Björk, Michel Gondry tenía todos los números para convertirse en un hype audiovisual, en uno de esos artistas hinchados por los medios de comunicación que, incapaces de superar la presión, se acaban hundiendo tras su primer éxito comercial. El fracaso de la infravalorada Human Nature confirmaba de pronto esta tesis. El mayor realizador de videoclips de la década era incapaz de contar (igual de bien) una historia en formato largo. Gondry no lo creyó así, pero, mientras pensaba en su siguiente película, volvió al terreno seguro de los vídeos musicales. Filmó maravillas como “Fell in love with a girl” (The White Stripes, 2002) o “Star Guitar” (Chemical Brothers, 2002) e industria y público decidieron darle otra oportunidad. El director francés no la desaprovechó. ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) se convirtió, merecidamente, en un fenómeno indie, en un filme de culto que reflotó la carrera cinematográfica de Gondry. Sus detractores tuvieron que callarse, pero buena parte de la crítica siguió dudando de su valía y atribuyó todos los méritos de la película al guionista Charlie Kaufman. Quizás harto de todo ello, Gondry decidió escribir su siguiente obra. Y el resultado fue esta La ciencia del sueño, la película más libre y deslumbrante de su corta trayectoria.
No hay en la historia de Stéphane (Gael García Bernal) nada de Kaufman y esto, no cabe duda, es una gran noticia. No porque la mirada retorcida de este guionista no sea interesante sino porque el filme nos confirma a Gondry como un creador único, como un tipo capaz de materializar sus recuerdos en fotogramas. Los filtros que antes protegían su intimidad han desaparecido y lo que vemos en La ciencia del sueño no es más que una recreación alucinada de la juventud del cineasta. Gondry, consciente de ello pero completamente desatado, asume todos los riesgos posibles y no se molesta en disimular los defectos de su álter ego, un protagonista que, al igual que él mismo a los 22 años, trabaja en una empresa de impresión de calendarios y toca la batería. Un par de coincidencias biográficas que no parecen casuales. Y es que Stéphane, digámoslo ya, es un reflejo post-adolescente de Michel Gondry. No sólo porque pinta, ama los inventos y duerme en el piso donde el director francés vivió años atrás sino porque, además, se ve afectado por los mismos problemas; la muerte del padre y el desengaño amoroso.

No seré yo el que indague en la vida privada del cineasta, pero este filme prueba, más que ninguno otro, que Gondry no mentía cuando dijo que todas sus creaciones estaban basadas en experiencias personales [1]. Una declaración de intenciones osada y ególatra que, sin embargo, no impide a La ciencia del sueño ser la película más encantadora del año. Porque el director francés consigue, aunque suene cursi decirlo, que soñemos como Stéphane, que nos enamoremos de su vecina y que sintamos una enorme nostalgia de la infancia. Todo ello, en parte gracias a una puesta en escena artesanal en la que la imaginación gana a los efectos especiales.
Ya desde pequeño, Gondry se pasaba horas con su primo inventando mundos con Legos y Meccanos y ahora no hace más que trasladarlos a la gran pantalla. Esto le da a la película un aspecto visual chocante en el que lo retro (los decorados acartonados) convive en sorprendente armonía con lo nuevo (las técnicas stop-motion). Aunque todo esté, al fin y al cabo, mucho más cercano a un gran ejercicio de manualidades que a una producción visual ultramoderna. En este sentido, el director francés se revela como un reverso luminoso de Jan Svankmajer, como un cineasta que nada ve de malo en dejar que los sueños se intercalen en la realidad. Y es que, para Gondry, el mundo onírico forma parte de la cotidianidad y, pese a tener sus peligros (esas manos enormes que, al parecer, nacieron en las pesadillas de infancia del director), es un lugar para cumplir deseos reprimidos, para luchar contra las injusticias de una realidad gris.
Quizás Stéphane vive en una burbuja y es incapaz de madurar tras la muerte de su padre, pero no por ello es una persona despreciable. El director sabe que, tarde o temprano, su protagonista se va a tener que enfrentar a sus verdaderos problemas (aceptar un trabajo que no le gusta, entrar en la edad adulta, buscar una pareja que no sea, como Stéphanie, una figura materna) y, sin embargo, le deja fantasear con un mundo que es sólo posible en su mente. La nostalgia, o mejor, la reivindicación de la inmadurez le pueden a Gondry. Un tipo que, a los 44 años, no se sonroja admitiendo que el guión de La ciencia del sueño lo escribió pensando en su ex novia o recordando que su profesión ideal sigue siendo la de inventor. Habrá espectadores incapaces de conectar con este manifiesto naïf de la imaginación, pero nadie le podrá negar coherencia a un director consecuente con su (distorsionada) forma de ver las cosas. Una distorsión que a mí, sin embargo, se me antoja cercana a muchos de los conflictos que acechan a la juventud occidental actual. La tardía marcha del hogar familiar, la imposibilidad de encontrar una pareja estable, el miedo al fracaso o la precariedad laboral están claramente presentes en La ciencia del sueño. Y no son problemas precisamente nimios. Desconozco si la imaginación puede ayudar a superarlos, pero Gondry nos invita a intentarlo.

La edulcoración o la vacua evasión no están, por tanto, presentes en esta película orgullosamente onírica. Y es que, aunque el creador siga siendo un niño grande, su filme está aliñado con las suficientes gotas de amargura como para no resultar ingenuo. Unas gotas que no quitan el regusto alegre de la historia, pero que se asaborean en un final tan memorable como agridulce. Stéphane no ha podido enamorar a su vecina, pero aún puede seguir soñando. Ha recibido una patada, pero aún confía en su forma de afrontar la vida. Anteriormente, la incomprensión de Stéphanie y del jefe de la imprenta hacia el protagonista ya habían aparecido como rechazos realistas a la visión idílica del autor. Pero será necesario el doble cierre del filme (real y onírico) para que la mirada de Gondry quede del todo expuesta. Una visión consciente del mundo, pero decididamente optimista y apolítica en la que sólo se reivindica la anarquía de la imaginación (o del celofán). Esto distancia al director francés de Kaufman (¡Olvídate de mí! era una película mucho más triste y oscura) y de casi todos los tótems del cine de autor. No hay en el panorama actual muchos cineastas interesantes que aún confíen en mejorar las cosas y menos con armas tan intangibles como los sueños. Gondry es casi el único y espero que, por mucho que los cinéfilos amargados lo critiquen, no cambie su forma de ser. Su siguiente filme, Be Kind, Rewind (2008), promete ser una nueva vuelta de tuerca a las obsesiones de un autor que, esta vez, intentará acercarse al gran público con una reivindicación del VHS y de clásicos populares como Robocop o Los Cazafantasmas. A falta de conocer los resultados, la propuesta parece confirmar a Gondry como un cineasta al margen de modas y sin miedo al fracaso.
Esperemos que la frescura de La ciencia del sueño perdure en los nuevos proyectos de este director multidisciplinar que, a diferencia de la mayoría de sus coetáneos, parece estar más interesado en el pasado que en el presente. Un feliz anacronismo que viene ligado al que es el mayor miedo de Gondry, el olvido. El que alguien, como le sugirió fantaseando un amigo suyo, le pudiese borrar la memoria como a Jim Carrey en ¡Olvídate de mí! [2]. Y es que, en el caso del director francés, la máquina que maneja Tom Wilkinson no sólo eliminaría una relación amorosa sino también la valiosa materia prima que configura su arte y su vida. Algo que tanto él como nosotros lamentaríamos profundamente.
[1] Tanto la entrevista de Juan Sardá publicada por el suplemento “El Cultural” del diario El Mundo (www.elcultural.es) como el atractivo reportaje (en inglés) de Lynn Hirschberg para la edición digital del prestigioso periódico New York Times (www.nytimes.com) me parecen muy interesantes para conocer la elevada vinculación entre la obra artística de Gondry y su vida privada.
[2] Un comentario de Pierre Bismuth, artista y amigo de Gondry, fue el verdadero orígen de la película ¡Olvídate de mí!. Bismuth sugirió al realizador francés la posibilidad futura de borrar todos los pensamientos dolorosos de una relación amorosa truncada. Gondry, asegura Birmuth, se vio afectado «enormemente» por la idea y encargó a Kaufman el guión que acabaría siendo oscarizado. Al parecer, el director de La ciencia del sueño se vio reflejado por el comentario de su amigo porque el tenía serios «problemas con los romances».