Leones por corderos (Lions for lambs. Robert Redford, 2007)

Por Juan Antonio Gómez

La coyuntura política estadounidense ha sido objeto de atención por parte de Hollywood en distintos momentos históricos desde una perspectiva crítica, lejos del tono triunfalista de numerosas películas; en especial, la política exterior oficial norteamericana practicada por parte del gobierno de cada época, ha sido puesta en solfa frecuentemente desde diversos sectores de la cinematografía hollywoodense. Ya sobre la Segunda Guerra Mundial, hubo una serie de filmes que contemplaron el conflicto y sus consecuencias con gran acidez y amargura, como por ejemplo la espléndida Los mejores años de nuestra vida (The Happiest Years of Our Lives, William Wyler, 1949) y la interesante Encrucijada de odios (Crossfire, Edward Dmytryk, 1947); asimismo, sobre la guerra de Corea, Bayoneta calada (Fixed Bayonets!, Samuel Fuller, 1951) constituye una muestra señera al respecto.

Fue, sobre todo, la guerra de Vietnam (la primera que se puede afirmar abiertamente que perdió el ejército norteamericano) la que motivó la aparición de mayor número de películas que censuraban sin ambages todo lo que acompañó a aquella dura lucha, hasta el punto de constituir casi un subgénero dentro del cine bélico. Filmes como El cazador (The Deer Hunter, Michael Cimino, 1978), El regreso (Coming Home, Hal Ashby, 1978) y Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) consideraron el conflicto y sus consecuencias como algo traumático, incluso delirante, desvirtuando esa visión idílica de la guerra que, más o menos, constituía una de las señas de identidad del género bélico norteamericano.

Hoy día, prácticamente la totalidad de películas de este tipo que se hacen en los Estados Unidos, a propósito de las confusas guerras de Afganistán e Irak, responden a este perfil crítico: Jarhead (Sam Mendes, 2005), Regreso al infierno (Home of the Brave, Irwin Winkler, 2006) y Redacted (Brian de Palma, 2007) así lo demuestran. Esta es la línea en la que se sitúa el último trabajo de Robert Redford como director, Leones por corderos.

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La trama argumental de la película se articula sobre la narración paralela de tres historias que tienen lugar en distintos lugares (el Senado en Washington, una universidad californiana y el frente bélico en Afganistán), de manera casi simultánea y conectadas entre sí, protagonizadas por distintos personajes representativos de la política y la sociedad estadounidenses actuales: un exitoso senador republicano con una carrera política irresistible y prototipo de la postura oficial del gobierno en relación con las guerras de Afganistán e Irak; una periodista madura, comprometida éticamente con su profesión, que apoyó en sus inicios al joven senador y que ahora se siente atormentada al comprobar, en una entrevista con él, que se ha convertido en algo muy distinto a lo que pensaba inicialmente; un desencantado profesor universitario de ciencia política, representativo del típico intelectual demócrata de izquierdas, en el crepúsculo de su carrera docente, que mantiene una charla con un joven alumno brillante pero apático políticamente, como el resto de jóvenes de su generación; y dos soldados norteamericanos —uno de origen mexicano y otro afroamericano— que fueron antes también alumnos del profesor y que, en la actualidad, luchan en el frente de Afganistán como voluntarios por inspiración indirecta de las ideas políticas del profesor, y se encuentran heridos, en una situación de extremo peligro, en territorio enemigo.

Todo ello constituye un crisol en el que se presentan diversas posturas políticas y morales, en relación con distintos sectores sociales (la clase política gobernante, el periodismo, la clase intelectual universitaria, la juventud, las clases sociales marginales, etc.) simbolizados por cada uno de los personajes, en torno al delicado momento actual de la política exterior estadounidense en las guerras de Afganistán e Irak. Salvo la historia que transcurre en el frente bélico (la más propiamente de acción), es el diálogo entre los personajes el procedimiento en virtud del cual quedan explicitados los distintos discursos político-morales de cada uno de ellos. Se trata, pues, de cine político, en la  medida en que trata abiertamente sobre temas políticos, pero sobre todo porque su politicidad viene expresada por la importancia que otorga a la palabra, al diálogo, como vehículo de ideas y opiniones sobre lo público, sobre los problemas que afectan a la polis; y también, en cierto sentido, es cine de denuncia, puesto que la tesis fundamental de la película, como vengo diciendo, se alinea con la postura crítica que impera en la actual opinión pública norteamericana frente al gobierno republicano.

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La película, sin embargo, acusa un cierto efectismo en el modo en que narra la historia y, por tanto, resulta a veces excesiva. Se debe a su acusado esquematismo en el planteamiento de las posturas políticas y morales que representan los personajes, de forma que éstos llegan a resultar muy estereotipados; todo ello desde la óptica demócrata-liberal desde la que se presenta el mensaje central de la película: la necesidad del compromiso moral y la lucha política ante las circunstancias que rodean (y deben preocupar) al ciudadano. En el fondo, estamos ante la clásica vindicación demócrata del ciudadano liberal, consciente y responsable de su condición política y moral en la sociedad en que vive. Así pues, los mensajes se lanzan de manera muy directa, en ocasiones muy simplista, buscando un efecto rápido en su comprensión por parte de los espectadores; y por ello, a veces, dejan poco margen para la reflexión. He aquí el toque hollywoodiense (en sentido peyorativo) de la película.

Además, todo está hondamente mediado por la presencia tan poderosa que la guerra del Vietnam tiene en la película y que, a mi juicio, la acaba condicionando en exceso. Dos de los protagonistas —la periodista Janine Roth (Meryl Streep) y el profesor universitario Stephen Malley (Robert Redford)—, en el fondo, los artífices del filme, pertenecen a una generación que vivió en su juventud aquellos acontecimientos, y se opuso entonces con ardor a lo que estaba ocurriendo. Estos personajes son intelectuales característicos de la izquierda demócrata-liberal norteamericana, y su postura moral y política ante la guerra en Afganistán, está condicionada totalmente por la que representaban años atrás. Esto marca enormemente el sentido del filme y lo lleva, al final, a este territorio, eliminando la distancia del narrador con respecto a los personajes y los discursos, y restándole, así, frescura.

No obstante, la película es interesante e intensa. Robert Redford es un cineasta correcto, incluso con instinto (vid. la excelente Gente corrienteOrdinary People, 1980— y la también buena Quiz Show (El dilema)Quiz Show, 1994—), aunque en ocasiones demasiado indolente y edulcorado (recuérdense, por ejemplo, las empalagosas El hombre que susurraba a los caballos The Horse Whisperer, 1998— y El río de la vidaA River Runs Throught It, 1992—); aquí cae a veces en el tópico ideológico facilón y en un convencionalismo narrativo excesivo, pero no puede negársele que dota de gran fuerza en todo momento a la película bajo un pulso firme y, sobre todo, desde una enorme honestidad política y cinematográfica. Esta es la principal virtud de un filme, cuyo sentido crítico viene mediado por la perspectiva política y moral de una generación que, bajo los ideales demócrata-liberales norteamericanos y desde una mezcla de optimismo progresista y desencanto, reclama su lugar y su dignidad ideológica en el debate público actual, ante el convulso escenario político en que deambula actualmente la política exterior de la Administración Bush.