Los climas (Iklimler. Nuri Bilge Ceylan, 2006)

Por Rafael Bellón

Intentaré acercarme a Los climas, del director turco Ceylan, diciendo de antemano que no me parece una obra maestra, pero sí una película muy hermosa. Ceylan es un director que podríamos comparar con Hou Hsiao Hsien, Gus Van Sant, etc., algo mayores, pero que tienen rasgos en común: parten de una tradición muy idiosincrásica para alcanzar un grado de abstracción creciente; su modelo es Antonioni (cineasta que ha sido denostado hasta hace poco por intelectuales, tertulianos bien influyentes, como un antigualla —entonces— viviente) porque trascienden la imagen retratística de Bergman (que sería algo así como el Caravaggio del cine) para dedicarse a una descripción metonímica de las relaciones humanas a través de la descripción de objetos...

foto

Hilario J. Rodríguez ha distinguido bien entre una corriente de auteurs globalizada (Von Trier, Wong...) frente a otra regionalista (Hou, Tsai...). A veces me cuesta distinguir entre ambas. Digamos que Ceylan habla de una Turquía sorprendentemente occidentalizada,  de relaciones que podrían darse en Francia o España y en un lenguaje de planos secuencia de tradición europea o extremo-oriental. Para poder sacar todo el jugo de esta película, pues, sería interesante conocer toda una tradición iconográfica que quizás, ni siquiera ha existido. Intentaré explicarme: cuando un amigo de Isa, el protagonista, le cuenta en una sauna  el plantón que su novia le ha dado, uno puede pensar en la tradición de los “hamans” y baños del mundo árabe. O bien de una tradición iconográfica occidental: por ejemplo lo que podríamos llamar el plano de “alba”: es decir, el de los amantes adulterinos en la cama, al amanecer, casi siempre después de un fundido en negro…

 Los orígenes de todos estos “topoi” son muy remotos (pienso en el “Tristan et Iseult”, y en su puesta al día en el drama musical wagneriano), y sus usos, en mil películas que todos hemos visto, muchos… Pero como sabemos, no está nuestra crítica para estos trotes. Sería fantástico un libro sobre el llanto en el cine, o sobre los desencuentros de pareja, que mezclara, interdisciplinarmente, a Sirk y a Hou, a Rossellini y  Curtiz... Pero como sabemos, nuestros críticos no estarían dispuestos a realizar semejante “tour de force”: ni siquiera lo estarían Burch, Bergala o Chion...

Por eso me contentaré con hablar de aspectos externos de la película. Creo que tiene que ver con otras películas estupendas que he visto hace poco: en especial, Sauvage innocence, de Garrel. Como esta, trata de la relación distante con los padres; de la mimesis que acaba devorando a la vida (en Garrel, el rodaje de una película sobre una novia yonqui y muerta acaba volviendo drogadicta y matando a la nueva novia del director, que interpreta el papel de la otra chica; en Ceylan, el reportaje fotográfico sobre unas ruinas se vuelve símbolo del vacío de la vida de pareja)... Creo que su uso reiterativo de la nieve como elemento simbólico, hace pensar en Resnais (de L’amour est mort a la sobrevalorada Coeurs). También creo que su uso extradiegético de la música, también repetitivo, es muy occidental: la maravillosa Sonata K.455 de Scarlatti, de la que se hace un uso muy parecido en Opium, de Janos Szasz, que me parece la mejor película rodada este año.

foto

Aparecen guiños “sabios” a  realidades políticas (las siglas YTC pintadas en un muro). Pero creo os interesará más si os hablo de Bachelard: para él, las nubes (que recorren todo el filme: las que se llaman cúmulo-nimbos, en especial), representan  el «poder formal de lo amorfo», de la imaginación sentimental que se abre y eleva en el “ensueño de las nubes”. Si, como aquí, las nubes son pesadas y rastreras, habrá que decir como el poeta Jules Supervielle: «Y, teniendo tus palmas prisioneras en mis manos,/ reharé el mundo y las nubes grises». Es decir, que el “ensueño de las nubes” sólo será un reflejo pesado del ensueño del amor. Y que retendrás las manos de la mujer que quieres por un momento, pero las manos se irán, y las nubes («la meteorología es la única ciencia cuyo tiempo se amolda al de los sentimientos humanos», dicen, más o menos, Deleuze y Guattari en “Mil mesetas”). Ceylan, como Shelley, Machado, González Blanco, Laforgue, es un maestro de la meteorología.