André Bazin siempre pensó que la tarea de un crítico consistía en enseñar a amar las buenas películas, pues sólo de esa manera se crea un público mejor, capaz de exigir cine de calidad. Lo que no nos contó el gran crítico francés fue cómo saber distinguir las buenas películas de las malas, una tarea que dejó en nuestras manos seguramente porque Bazin ya sabía que, de igual modo que nunca nos bañaremos dos veces en el mismo río, no hay dos personas que hablen sobre la misma película cuando se refieren a Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1940, Orson Welles) o Centauros del desierto (The Searchers, 1956, John Ford). Ni siquiera nosotros mismos veremos dos veces la misma película aunque veamos Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948, Vittorio De Sica) en repetidas ocasiones. Hay muchas circunstancias que nos harán cambiar de opinión o apreciar cosas diferentes cada vez que veamos El año pasado en Marienbad (L’année dernier à Marienbad, 1961, Alain Resnais) o cualquier otra. Nuestra edad, el lugar, la copia, el cansancio, la hora, el público… Habrá un enorme cúmulo de circunstancias que modificarán nuestras primeras impresiones, aunque finalmente acabemos teniendo una opinión muy parecida a la que ya teníamos. Eso, en parte, es lo que impide que nuestras consideraciones estéticas puedan ser universales o eternas.
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Como me sucede con los novelistas, entre los críticos cinematográficos distingo ante todo a quienes tienen unas actitudes y un lenguaje específicos, propios. Me interesan menos las voces sin un contexto claro, capaces de imitar desde Barcelona el deje de la gente de Chicago o Buenos Aires. Tampoco soy muy partidario de unificar los discursos y que se hable sobre las mismas cosas en Madrid o en Yakarta. Entiendo, no obstante, que alguien como Jonathan Rosenbaum, antes de emitir su opinión sobre Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2007, Clint Eastwood), quisiera saber cuál ha sido la recibimiento de la película en Japón; lo que no entiendo con tanta facilidad es que alguien, para rectificar su actitud con respecto a la obra de Pedro Almodóvar, se conforme con explicarse diciendo que en Japón los críticos desprecian a Shoei Imamura. Digo esto porque continuamente me pregunto si, al ver cine extranjero, debemos abolir o mantener vivas sus características foráneas. Mi problema, en ese sentido, es que no sé si resulta más conveniente viajar lejos o cruzar la calle. Las nuevas generaciones de cinéfilos me da la sensación de que, en general, suelen cruzar la calle. A menudo insisten en que Internet ha puesto el mundo entero al alcance de todos; yo no lo creo. ¿Quién nos asegura que el mundo entero está conectado? ¿O que estar conectado significa que nos vayamos a dar cuenta unos de la presencia de los otros, y que lo hagamos a la misma hora y con los mismos fines? ¿O que quienes se conectan usan lenguas que nosotros conocemos perfectamente? Nadie puede asegurarlo. Por eso al final acabo pensando que Internet no es el mundo, sólo un barrio más.
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En los últimos años, la cinefilia no sólo ha cambiado de gustos sino también de hábitos. Ya no se conforma con cuestionar los cánones ajenos (algo que, al fin y al cabo, todos hemos hecho y seguimos haciendo a diario), además ha desertado en masa de las salas y prefiere ver cine en casa, a menudo en copias mutiladas, con el sonido no sincronizado o con una calidad de imagen bastante mala. Da la sensación de que la materialidad del medio hubiese dejado de importar o que fuese irrelevante. Pero no. Uno no puede pretender que es lo mismo ver una película en 35 mm. y en DVD, con público y sin público, en un cine comercial o en una filmoteca... Mi padre, que daba clases de arte, se pasó la vida viajando, para ver en directo las obras que luego mostraba a sus alumnos en diapositivas, insistiendo en que, si uno quiere entender y apreciar un cuadro, no debe analizar cómo le llegan sus imágenes, más bien tiene que analizar cómo llega él a esas imágenes.
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Si ahora mismo tuviese que decir algo con respecto al 2007, algo que resumiese los estrenos y nuestra forma de posicionarnos ante ellos, diría que «me declaro en estado de guerra total». ¿Por qué? Por algo preocupante: porque veo cómo muchos —demasiados— discursos cinéfilos (en papel o en la web) han acabado volviéndose más importantes que las películas que los originan, porque ya no parece existir la preocupación por invitar a los espectadores a participar en un diálogo sino a escuchar; porque de nuevo los franceses invaden nuestras fronteras, esta vez disfrazados de «unos de los nuestros», con la promesa de democratizarnos e ilustrarnos, causando estragos allí por donde pasan (arruinando el estilo de críticos muy prometedores) y creando elites intocables, haciéndose fuertes en las universidades, en los congresos y en libros institucionales donde siempre aparecen los mismos.
No puedo mentir al respecto: en mis últimos textos quizás hay varias lanzas que apuntan hacia algún lugar concreto aunque nunca dé su nombre. Lo que me parece significativo es que, sin dar ese nombre, sea tan fácil saber cuál es. Supongo que porque lo dicho no cabe asociarlo con nadie más, con ningún otro medio, con ninguna otra persona. Eso también me resulta preocupante. Cuando la crítica se reduce a un programa y su aplicación a escala global, cuando en la crítica desaparece el estilo o la personalidad y las sustituye el discurso o el adoctrinamiento, me encrespo. Me parece pernicioso que alguien diga cómo, cuándo, dónde o por qué se deben escribir los textos de los demás. Me preocupan las actitudes redentoristas tanto como las actitudes de superioridad intelectual. Me preocupa que de nuevo acudan a la palestra las posiciones que ya creíamos borradas del mapa. Y, mientras esas preocupaciones me rondan, procuro dejar clara mi postura ante la situación presente: sí, me declaro en estado de guerra total, contra mí el primero, contra los dogmas, contra las líneas, contra las paralelas, contra la pureza, contra los intelectuales de congreso o festival, contra todo aquello que aglutine, contra el borrado del individualismo, contra los monolitos (menos el de 2001), contra cualquier manera de zanjar cuestiones en lugar de proponer cuestiones, contra las ideas abstractas que desconocen el mundo real, contra el mundo real que se establece con fronteras aunque sean las supuestamente abiertas de Internet, contra todo aquello que no sepa adecuarse y convivir… Contra lo fijo, porque nada es estático; contra los embotellamientos, porque prefiero el tráfico fluido; contra los agoreros y el fin del mundo, porque llevan con la misma cantinela desde que nací (y van 44 años); contra el ruinoso estado del cine, porque —según alguna gente— no levanta cabeza desde Dreyer o desde la Nouvelle Vague...

Todos los meses, al leer ciertas cosas, me hago preguntas como: ¿somos tan tontos como para tener que seguir los modelos franceses para hacer crítica?, ¿es que no tener morandis o a Serge Daney nos priva de temas sobre los que hablar, un lenguaje con que hacerlo, una realidad propia por muy pobre que sea?, ¿hablan los palestinos sobre nosotros, como nosotros?, ¿les importamos a los uruguayos, a quienes con frecuencia confundimos con los argentinos o los chilenos?
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Una propuesta para el 2008: leer más a los críticos José Carlos Avellar (Brasil), Shigehiko Hasumi (Japón), Olaf Moller (Austria), Tag Gallagher (Estados Unidos), Louis Skorecki (Francia), Israel Paredes (España), Gustavo Noriega (Argentina) o João Bénard da Costa (Portugal).
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Dicho todo lo anterior, la lista que sigue sólo puede ser un ejercicio disidente (no sigo un orden de preferencia):
1. Banderas de nuestros padres / Cartas desde Iwo Jima. No creo que pueda prescindirse de las limitaciones de la primera para apreciar las virtudes de la segunda, del mismo modo que no puede enjuiciarse la guerra de Irak centrándose exclusivamente en el comportamiento de los soldados norteamericanos o británicos (como si fuesen ellos quienes de verdad ejemplifican el lado más pernicioso del asunto). Lo que menos me gusta de Banderas de nuestros padres es su facilidad para corroborar todo lo que mucha gente imagina o piensa sobre Estados Unidos; y lo que más me gusta de Cartas desde Iwo Jima es su descripción de la guerra como algo sucio y nocivo pero en lo que cabe cierto grado de comprensión y humanismo. A Clint Eastwood no le interesa en ningún momento aclarar los motivos de un conflicto bélico, sólo los comportamientos que provoca y su manipulación desde un punto de vista ideológico. Basta con ver el tratamiento visual de ambas películas, eso sí, para darse cuenta de que estamos ante un verdadero maestro, capaz de criticar aquello que más ama (la violencia) y de mostrar sus conflictivas relaciones con los políticos (quizás porque él mismo lo fue durante años).
2. Offside. El cine iraní que nos llega suele ser magnífico; el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, no es tan magnífico. La política exterior no es lo mismo que la política doméstica. Aunque un presidente representa a un país, siempre hay formas de disidencia que demuestran hasta qué punto incluso quienes le votan pueden estar en contra de él. Entre John Kerry y George W. Bush o entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, las opciones parecen claras. A mí, sin embargo, se me ocurre que a veces nuestras posibilidades de elección nos obligan a optar por lo menos malo pero no por algo o alguien en quien realmente confiemos.

3. 12:08 Al este de Bucarest. El presidente Nikolai Ceausescu no fue un santo precisamente y el pueblo rumano, de hecho, decidió fusilarlo después de un juicio sumarísimo que el gran Harun Farocki describió de forma estremecedora en Videogramme einer Revolution (1992). Ahora Corneliu Porumboiu nos cuenta lo poco que los rumanos recuerdan de todo aquello. ¿Pretenden olvidar el carácter expeditivo y brutal de las revoluciones? ¿O quieren decirnos que las revoluciones saben de sangre y matanzas pero muy poquito de economía y desarrollo? Mientras esperamos las respuestas de Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales, sigamos hablando de cine.
4. Takeshis. Soy adicto al programa Humor amarillo porque me divierte comprobar cómo a una cadena de televisión le importa poco confundir a chinos y japoneses (y, sin embargo, luego sólo defiende de forma interesada a las mujeres, a los homosexuales o a los chinos porque está de moda desconfiar de los hombres, de los heterosexuales o de los musulmanes). Conste que a Takeshi Kitano lo anterior le interesa poco, lo único que parece interesarle es él mismo. Y esta película es una crónica exacta de ese interés, rodada con tanto estilo como desinhibición, con una actitud tan narcisista como autoparódica.
5. Tristan Shandy. Leer podría hacernos mejores personas, pero hoy en día cada vez se lee menos aunque se compren más libros, cada vez se habla con más autoridad incluso sobre lo que no se sabe, cada vez hay más ruido de fondo… Bien, ¿y qué? ¿Quiénes deberían quejarse de todo esto? ¿Las voces autorizadas? ¿Los espectadores? Vivimos en el peor de los mundos posibles y debemos pedir una cerveza más antes de que todo se vaya al cuerno. Después de un rato, si recapacitamos, nos damos cuenta de que con suerte todavía nos queda un día más de vida y que posiblemente vale la pena ver cualquier versión de Tristan Shandy antes de que el inevitable telón final caiga sobre el escenario de nuestras vidas. No niego que esta película no mejorará nuestra percepción del mundo, pero al menos nos dará motivos suficientes para seguir deseando estar aquí un ratito más aunque sólo sea para reír.
6. La línea recta. El cine español no existe, lo sé, lo dije yo mismo no sé dónde. Gracias a Dios, siempre hay un mañana. En el suplemento cultural de La Vanguardia escribí: «El cine español siempre fue pobre en lo referente a la experiencia y a la sinceridad, por eso muchos de los documentales que se han ido haciendo en los últimos años han gozado de tanta aceptación y han despertado ciertas esperanzas con respecto al futuro. Nadie se ha fijado, no obstante, en cuántos tipos y situaciones costumbristas pueblan esas películas tan comentadas y aplaudidas, que recuerdan inequívocamente al cine español de siempre, sólo que con una inteligencia y una astucia bastante mayores (para algo son en muchos casos documentales de escuela). Su moderado éxito no hizo sospechar que en sus imágenes pudiese haber esos elementos tan propios de los mecanismos diseñados para establecer una conexión fácil. En ese sentido, puede decirse que La línea recta carece de trucos, y eso la hace distinta, necesaria. Hasta cierto punto, nos ayuda a lavar los ojos y a encontrar algo nuevo, esta vez de verdad. La película está cubierta por las huellas de una manera de entender el cine que no proviene de una tradición concreta, con un bagaje específico y unos objetivos claros. De ahí que sus resultados no admitan comparaciones firmes con Rosetta (ídem, 1999, Luc y Jean-Pierre Dardenne). Estamos ante una propuesta que tiene las ventajas y los inconvenientes de la libertad, convirtiéndose así en una película tan valiente y desesperada como abstracta e imperfecta.»

7. Lady Chatterley. Lo que hasta ahora se reducía a un juicio moral en el que debíamos posicionarnos a favor o en contra de los personajes de esta historia, se ha convertido en otra cosa. Para ello, no han hecho falta juegos ni provocaciones, como en las películas de Catherine Breillat, Gaspar Noé, Bruno Dumont, Patrick Chéreau o Michael Winterbottom.
8. Los Simpson. La película. De igual manera que entiendo la popularidad de algunas series televisivas, entiendo la popularidad de Woody Allen. Eso sí, no entiendo que alguien quiera ver la misma serie un año tras otro o que aplauda Match Point (ídem, 2005) cuando no pasa de ser un remake sin imaginación de Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Las series y los cineastas desaparecen si no se renuevan o si no se renueva el público que los apoya. Uno se hace mayor y pide cosas nuevas. Los Simpson (o 24, Los soprano, Prison Break, Perdidos, House…) tienen suerte de que en Europa su público de toda la vida haya decidido quedarse a su lado en lugar de crecer. Yo, desde luego, fui a ver esta película con mi hijo para que tenga un presente lo más pronto posible y que así su pasado no se convierta en su futuro.
9. Los climas. De igual forma que en Estambul nos sorprenden los contrastes que hay entre sus mezquitas, sus palacios otomanos y sus modernas torres de apartamentos, en las películas de Nuri Bilge Ceylan nos sorprenden muchos detalles que uno jamás asociaría con el cine turco. Él explica lo anterior diciendo que «no me considero turco ni política, ni cultural, ni socialmente; sólo vivo en Turquía». Siente, de hecho, que podría estar en cualquier otro país e incluso allí seguiría haciendo el mismo tipo de películas que hace en estos momentos. Quizás por eso su obra ha sido mejor aceptada en el extranjero que en su propio país. Los climas es una película anómala en el cine turco, que pone de manifiesto las profundas diferencias que existen entre quienes se dedican a alguna actividad intelectual o cultural en Turquía y buena parte de la población, que se siente traicionada cada vez que alguien se expresa con excesiva libertad y toma un rumbo demasiado personal. A los turcos, según parece, les gusta el cine de género, como el que se hacía en las décadas de los cincuenta y los sesenta, cuando su industria cinematográfica producía setecientas películas al año y era la segunda más grande del mundo, después de la India. Nuri Bilge Ceylan, sin embargo, odia el cine turco, tanto el que se hacía en el pasado como el que se hace ahora. Para él, la creatividad comienza precisamente cuando uno se libera de cualquier atadura con los géneros, tanto da si es el melodrama como la comedia, y con una industria cinematográfica concreta.

10. En el hoyo. Juan Carlos Rulfo, el director deesta película, tenía muy claro que no quería centrar su atención en la construcción del segundo nivel del Periférico, uno de los nudos viarios más importantes de la capital mexicana, acudiendo a hechos constatados o encuadrando a expertos para que proporcionasen información higiénica y responsable; tampoco deseaba jugar con tesis o ideas. En principio, no sabía muy bien qué podía salir de las tomas que comenzó a hacer mientras varios trabajadores de la obra atendían sus responsabilidades diarias. Pero muy pronto se dio cuenta de que aquel lugar lleno de socavones y pilares daba forma a quienes se movían a su alrededor. Un grupo de operarios comenzó entonces a cobrar protagonismo, a la vez que las imágenes se impregnaban con el ritmo del tiempo y el concierto producido por el ruido de fondo. En el hoyo, como muchos de los documentales que ahora se hacen en Latinoamérica, no se puede considerar un producto de la política de la liberación que acompañó al cine que se realizó allí desde los años sesenta en adelante; más bien lo que propone es una estética existencial, semejante a la de algunos trabajos de Jem Cohen, Hrant Hakobyan, Donia Mili, Pierre-Marie Goulet o Georgi Lazarevski, que ponen de relieve cómo cada vez resulta más difícil precisar la nacionalidad de ciertas películas, porque en lugar de responder a la realidad de una manera concreta y objetiva, responden a partir de una postura libre y subjetiva, que tiene menos relación con lo que alguna gente considera «narcisismo consumista» que con la «globalización cultural», que ha contribuido a que poco a poco se hayan abolido todas las fronteras documentales.
Espero que haya quienes hablen de El bosque del luto, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Lío embarazoso, En la ciudad de Sylvia, Redacted, El romance de Astrea y Celadón, The Host, Inland Empire, 300, Last Days, La soledad, La influencia, Yo, Concursante, Keane, Zodiac, Babel, [REC], Promesas del Este, Election 2, Belle toujours, Death Proof, Más extraño que la ficción, The History Boys, El libro negro, Juegos secretos, La ciencia del sueño, Half Nelson, Hana, Fast Food Nation, Naturaleza muerta, Lejos de ella, Un corazón invencible o Invasión, que son las otras películas estrenadas este año que me han gustado.