La perspectiva que proporciona el tiempo ha hecho que, dos años más tarde de su estreno en Corea del Sur, brillen todavía con mayor intensidad las numerosas virtudes que ofrece el último vértice de la trilogía de la venganza de Park Chan-wook, en su día despreciada por el excesivo respeto que determinados sectores orientófilos sentían (y siguen sintiendo) hacia el recuerdo de la magnífica Old Boy (Oldboy, 2003). En realidad, no es de extrañar que la distribuidora de la película en nuestro país no supiera muy bien qué hacer con ella —de ahí que se estrenara en verano, casi de tapadillo—, porque a diferencia de otras obras de su filmografía, en esta ocasión el director lleva a cabo una de sus películas más densas y complejas, tanto a nivel emocional y filosófico como en cuanto al planteamiento de su puesta en escena. Visionar Sympathy for Lady Vengeance (Chinjeolhan geumjassi, 2005) exige una atención y una capacidad de reflexión en el espectador que puede resultar abrumadora si uno se espera una cinta más ligera, más fácil de digerir.

Como en otras de las películas de Park, la trama bascula entorno a un personaje de capacidades demiúrgicas, en este caso la protagonista, Lee Geum-ja (Lee Yeong-ae), cuyo talento para la manipulación de los demás con el objetivo de lograr su venganza la emparenta con el Lee Woo-jin (Yu Ji-tae) de Old Boy. En base a ese detalle se plantea el inicio no lineal del film, que reconstruye con avances y retrocesos continuos el paso de la (anti)heroína por la cárcel, y que en realidad le sirve al director para mostrarnos visualmente la idea idealizada, irreal, que tienen de ella los que han sido víctimas de sus maquinaciones, en la que además tiene un peso determinante el cínico y surrealista sentido del humor del autor, lo que también descolocó a muchos que esperaban a un drama puro y duro: el mejor ejemplo es esa ensoñación de raíz buñueliana en que vemos de forma física, tangible, como sería la venganza ideal del personaje principal. Por cierto, que la mencionada fauna carcelaria, definida con cuatro certeras pinceladas y que despliega un formidable abanico de comportamientos humanos, parece un apunte al natural de los enfermos mentales del sanatorio de la simpática I’m A Cyborg, But That’s OK (Saibogujiman Kwenchana, 2006).
Sin embargo, la historia de Sympathy for Lady Vengeance no es la de una venganza, sino la de una redención, narrada de forma paralela a dos niveles distintos. El primero se basa en realizar una inteligente reflexión, apoyada en las reacciones de la misma protagonista, sobre cómo las buenas acciones, incluso las realizadas de forma interesada, siguen aun así siendo positivas, y cómo la sed de venganza no se calma tanto mediante la consecución de ésta como por el perdón interior, la aceptación del dolor. El segundo nivel utiliza la puesta en escena para narrar el proceso a través de la progresiva transformación de los colores que dominan la imagen —algo que los títulos de crédito ya anuncian, con sus imágenes blancas que se van manchando de rojo, como el rostro pálido de Geum-ja se endurece por la sombra (roja) de sus ojos—: mientras la necesidad de venganza de la protagonista sigue siendo intensa, tanto escenarios como vestuario están llenos de colores vivos, llamativos; en cambio, a medida que va acercándose a la redención y a la autoaceptación, los tonos van apagándose hasta hacerse prácticamente bitonales, algo remarcado por las continuas nevadas y por la reaparición del pastel de tofu que la heroína había rechazado al principio.

Pero, gusten o no gusten los juegos narrativos de Park, lo que nadie puede negar es la rotundidad dramática de la escena de la venganza colectiva sobre Mr. Baek (Choi Min-sik). Asumiendo de nuevo su capacidad demiúrgica, la protagonista plantea un dilema casi filosófico a los padres de los niños asesinados por el hombre que la traicionó. ¿Vale la pena vengarse después de los años pasados? ¿Qué satisfacción puede sacarse de destrozar físicamente a un ser humano? Toda imagen de tortura está elidida, pero la imagen del plástico combándose por la sangre acumulada del secuestrador, antes de caer a un cubo que la recogerá, transmite toda la brutalidad que podría haber sido necesaria. Es en este segmento del film donde brilla más que nunca la capacidad del director de basar su eficacia dramática en los planos estáticos, la mayoría de veces abiertos —pero, eso sí, con un equilibrio compositivo exquisito, una de las marcas de fábrica de Park Chan-wook—, en los que juega con la dialéctica del movimiento y el estatismo. En esos planos paralizados, diríase que pictóricos, la más pequeña sacudidad adquiere una fuerza asombrosa, que esconde el gran secreto de la intensidad narrativa de este magnífico film.