1En una ocasión, cuenta Jorge Luis Borges una anécdota que le sucedió mientras visitaba la casa de un amigo en Suiza. Una vez allí, tal amigo hizo sonar una canción argentina en el tocadiscos, y Borges, se vio a sí mismo sorprendido mientras una lágrima le recorría su rostro como resultado de una imprevista emoción. El escritor latinoamericano intentó ahondar en la génesis de tal sentimiento para cerciorarse que, en muchas ocasiones, resulta imposible intelectualizarlo o relativizarlo todo, pese a nuestro galopante cinismo, lo cual no restaba méritos al deseo de explorar qué es aquello que se esconde tras la difusión del sentimiento, no para luchar contra ello sino para comprenderlo. Algo parecido le sucedió a quien suscribe estas líneas durante el visionado de la flamante ganadora de la Palma de Oro en Cannes '07, el film rumano 4 meses, 3 semanas y 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile. Cristian Mungiu, 2007), que puede convertirse en una experiencia desasosegante debido al buen trabajo de su realizador. Durante gran parte de su metraje se estableció una lucha entre la sensación de agobio y tensión que el film provocaba, y el escepticismo con el que me enfrentaba a su mensaje. Así pues, terminé por darme cuenta que en una película supuestamente de personajes que sufren, de personas enclaustradas en una realidad represiva, aquello que me estimulaba tenía su origen no tanto en las peripecias de dichos seres, sino en la partitura técnica, en la pericia de la puesta en escena. Por un momento, los personajes parecían desaparecer, y solo quedaba el plano. Y mi decepción fue mayor cuando pude comprobar cómo un material tan delicado, inflamable y controvertido podía terminar siendo carne fácil de un bello "plano-secuencia"; y cómo los personajes acababan convertidos en unos maniquíes a los que golpear sin piedad para impactar al espectador. Se trataba de borrar de un plumazo la emoción empática, y trabajar la emoción estética, algo que solo está a la altura de genios como Brian de Palma o Darío Argento, capaces de establecer unas reglas sencillas desde el comienzo de la partida.

En cierto modo Mungiu se revela como un talentoso prestidigitador, capaz de pergeñar una aterradora pieza de suspense -alguien comentaba acertadamente que se trataba de un "survival horror" en plena era comunista- mediante un ritmo moroso, aunque su propuesta no tenga nada de innovadora. Más bien se trata de una nueva muestra de ese neovirtuosismo (Ángel Quintana dixit) pero que quiere hacerse pasar por cine pobre (Quintana again), con texturas brillantemente roídas y un look cutre perfectamente cultivado. Ni siquiera su planteamiento narrativo a estas alturas sorprende, porque ya Henry King trazaba un trayecto similar en ese film-epílogo que es El pistolero (The Gunfighter, 1950). Aquí la cámara al hombro no es más que un falso señuelo para desvelar una cotidianeidad que no es tal, ya que en el fondo el trabajo con el encuadre es tan apreciable como en ese plano sostenido de la comida familiar, y los personajes se orientan como si el suelo guiara sus movimientos con tiza. Su influencia ha de rastrearse entonces desde el neorrealismo italiano -esas heroínas sacrificadas- hasta el "melo" clásico de Hollywood -vista la calculadísima puesta en escena-.
De ahí que 4 meses, 3 semanas y 2 días sólo se parezca al cine de los Dardenne más que en un aspecto: la elaboración de un mc-guffin que pone en funcionamiento la trama. Por lo demás, no hay nada del naturalismo de los Dardenne en la propuesta rumana, ni de su poética de lo trivial; en definitiva, donde los Dardenne dan libertad para que sean sus protagonistas quienes modulen y cambien el encuadre, aquí se trata de unos personajes tan asfixiados por la planificación que terminan siendo monigotes atrapados en una representación. Podría decirse que en el film de Mungiu, los actos son metáforas que quieren aparentar ser actos; en largometrajes como Rosetta (1999), los actos son actos que pueden ser interpretados como metáforas.
2Puesto en práctica por la crítica norteamericana, el término "gorno" mezcla con poca imaginación dos vocablos, el "gore" y el "porno", en una acepción que hace referencia a la nueva oleada de películas de horror que giran en torno a la tortura explícita y al regocijo en lo truculento, con la infravalorada saga Saw a la cabeza. Se trata de un modelo estilizado de dolor, que juega al límite con una cierta estética de lo abyecto.
Decir que 4 meses, 3 semanas y 2 días no anda muy lejos de dicha clasificación, y que al igual que Babel (Alejandro Gónzalez Iñárritu, 2006), se evidencia en algunas decisiones formales la degradación y el escarnio físico y psicológico hacia unos personajes que pasan a ser víctimas de su demiurgo torturador -llámese Cristian Mungiu o Darren Lynn Bousman-. E incluso su desolador paisaje no es muy diferente a la Europa del Este post-comunista que nos enseña Eli Roth en Hostel (2006), con personajes intercambiables como el infame médico o las groseras recepcionistas. Si hay planos que destrozan la homeostasis ética de una película a riesgo de buscar el impacto fácil, el film de Mungiu los tiene a pares, y uno termina acordándose de lo listo y cabrón que puede ser Takashi Miike en Imprint (2005), cuando dinamita la moral para que sea la audiencia quien deba reconstruirla.
Añadir por tanto que los circuitos de "cine de autor" también tienen sus buenas dosis de "gorno", de dolor enlatado y facturado para el deleite inconsciente de nuestra psique, aunque se disfrace de temas tan polémicos como el aborto, o provengan de sitios tan exóticos como Rumanía. Asimismo, 4 meses, 3 semanas y 2 días ha pasado a formar parte de la Historia tras convertirse en el primer "gorno" en ganar una Palma de Oro. Anteriormente Rompiendo las olas ( Breaking the Waves . Lars Von Trier, 1996) se quedó a las puertas de conseguirlo.