En los últimos tiempos, coincidiendo con el 60 aniversario de la liberación de Auschwitz, parece haber surgido toda una moda concentracionista. Innumerables libros y películas se han dedicado con mayor o menor fortuna a recrear la que posiblemente sea la mayor ignominia del siglo XX; así, entre los numerosos libros de historia más propios de escolares de bachiller o dramatizaciones mas o menos conseguidas, hemos podido recuperar o descubrir a autores fundamentales del pasado siglo que por supuesto eran todos unos desconocidos entre nosotros: Jean Amery, Primo Levi y su prosa cargada de sencillez, Tadeusz Borowicz y sobre todo Imre Kertész, quien posiblemente a través de su literatura ha esbozado la obra definitiva sobre la memoria europea de los últimos sesenta años. El cine por supuesto no se ha quedado atrás y sumándose a las ya lejanas La vida es bella (La vita ès bella, Roberto Benigni, 1997) y la manierista Lista de Schlinder (Schindler´s list, Steven Spielberg, 1993) , nos ha ofrecido films de diverso interés como La zona gris (The grey zone, Tim Blake Nelson, 2001), El pianista (The pianist, Roman Polanski, 2002), El noveno día (Der neunte tag, Volker Schlöndorff, 2004) o Sin destino (Sorstalanság, Lajos Koltai, 2005) adaptación precisamente de la primera novela de Kertész. Dentro de la vasta producción literaria que ha generado el mal llamado Holocausto, me resultaría casi imposible escoger una o dos obras definitivas, por supuesto deberían estar los libros de Kertész, Maus de Spiegelman, la trilogía de Levi, desde luego la poesía de Paul Celan. pensando en cine, sin embargo, esta labor me resultaría mucho más sencilla, no dudaría en afirmar que las dos obras mas importantes que se han filmado son Noche y niebla (Nuit et brouillard, Alain Resnais, 1955) y Shoah (Claude Lanzmann, 1985). Así, ante dos obras tan definitivas, me viene a la memoria, la celebre frase de Adorno "La poesía es imposible después de Auschwitz", afirmación que la producción de Celan, indiscutiblemente se encargó de matizar; es imposible, después de Auschwitz, volver a sentir, expresarse como en el pasado. Después de dos obras tan definitivas como las de Resnais y Lanzmann, deberíamos quizá señalar un antes y un después, y hablar de una mirada contemporánea y una mirada del pasado; todo aquello que se construye a partir de una visión genérica, de una puesta en escena literaria pertenece al antes de Auschwitz.

El último tren a Auschwitz (Der letzte zug, 2006) nueva película de Joseph Vilsmaier, del que apenas sabíamos nada después de aquel trabajo tan irregular que fue Stalingrado (Stalingrad, 1993), pertenece sin lugar a dudas a los films del pasado. Nos encontramos frente a un perfecto ejemplo de gran producción europea, una película de brillante factura, buen acabado, solventes intérpretes y una historia lo suficientemente interesante, y banalizada, como para poder atrapar a todo tipo de espectadores; a estos niveles por tanto no es difícil pensar que nos encontramos frente a un Sosias europeo de las numerosas producciones estadounidenses mas o menos comprometidas que surgen de cuando en cuando de los grandes estudios; esto es la puesta en imágenes de un tema de actualidad o al menos lo suficientemente comprometido, que cuenta con el apoyo de una gran estrella, en el caso europeo este punto resulta mas complicado dada la ausencia de verdaderas estrellas que con su mera presencia puedan levantar un proyecto, y una realización tan efectiva como despersonalizada que aseguren que todo tipo de personas, sin importar por ejemplo en demasía la ideología, puedan convertirse en espectadores potenciales del film resultante.
A la hora de poner en imágenes el viaje a Auschwitz de 688 judios, encerrados en unos vagones de ganado, Vilsmaier, con la ayuda de la cineasta y actriz Dana Vávrová, parece seguir a rajatabla estas teóricas normas que he improvisado unas líneas mas arriba. Su película no deja de ser en todo momento una máscara que trata de ocultar su verdadera naturaleza, el melodrama más rancio, aderezado con unas gotas de la peor sensiblería cinematográfica. A lo largo de todo el metraje asistimos estupefactos a la terrible peripecia de un grupo de personajes de cartón piedra entre los que no faltan los jóvenes heroicos cargados de romanticismo, la supuestamente entrañable pareja de viejos artistas, una impasible familia de cuento de hadas, y un malvado teniente (que deja en ovejita perdida al sádico oficial de las SS que interpretaba Malcolm McDowell en la discreta película de aventuras El pasaje (The pasaje, JL Thompson, 1979) sin que realmente en ningún momento el desarrollo dramático o las diversas relaciones que se crean superen a cualquier telefilm de sobremesa. Con todo sería injusto no reconocer ciertas virtudes de la película, que pese a todo en mi opinión acaban resultando extra-cinematográficas, empezando por la propuesta, en principio tan arriesgada, de situar prácticamente toda la acción en un único espacio (si bien en diferentes momentos supuestamente como espectadores podemos respirar gracias a unos absolutamente innecesarios flash backs que se centran en los personajes más importantes), sin embargo, la realización, ya sea por timidez o incapacidad, en ningún momento consigue realmente transmitir la angustia de estos personajes y convertirnos a los espectadores en un viajero mas de este tren de la muerte. La producción, por su parte, es brillante, industrialmente la película es un trabajo más que conseguido que nada tiene en realidad que envidiar a su modelo hollywoodiense. A nivel de construcción es todo un prodigio de equilibrio, casi como una perfecta receta culinaria, una pizquita de llanto, una sonrisa que pueda aliviar los momentos más duros, que por supuesto abundan por todo el metraje, si bien meticulosamente seleccionados para no perder en el trayecto a visitantes demasiado sensibles que tan sólo busquen echar unas lágrimas en el cine, y un poquito de historia por eso de contentar a todo tipo de audiencias que no se va a conformar por supuesto con algo tan nimio como una peli de buenos y malos. Su condición de film-homenaje al Día oficial de la memoria del Holocausto y la prevención contra los crímenes de la humanidad parece asestar el golpe definitivo a un trabajo que dentro de tanta oficialidad parece buscar desesperadamente a un director que necesite arriesgarse más, que deje atrás la necesidad de plasmar en imágenes mas o menos bonitas un guión, que no se conforme con una puesta en escena simplemente correcta, por no decir invisible, y que por supuesto si todo esto no le interesa lo más mínimo, o no se lo han permitido por cuestiones de producción, al menos no recurra a subrayados como los flash backs o la machacona utilización de la banda sonora.

Vilsmaier ha realizado la película perfecta para ver en un multisalas o un domingo por la tarde, una visión absolutamente banalizada y sensiblona del que posiblemente sea el hecho definitivo del siglo XX. Ahora mismo me viene a la memoria El largo viaje, la espléndida primera novela de Jorge Semprún, que precisamente narraba en paralelo dos viajes, el del protagonista como prisionero de un tren que viaja a Buchenwald y el del escritor a su memoria; y que nos ofrecía una visión nada acomodaticia, cargada de lucidez, para un libro que encontraba precisamente en la memoria su sintaxis y que si bien no era una obra del futuro, si era contemporánea.