Estamos ante una de las películas más anárquicas y que más polémica va a suscitar porque auguro que no va a dejar indiferente a nadie. Admito que no es una obra maestra, ya que adolece de varios errores de montaje pero, personalmente, es una de las historias que más me ha entusiasmado en mucho tiempo. Ya que es un cine puro de emociones, de pasión, visceral. Y cuando el cine (el arte en general) traspasa, ¡que más da la imperfección de su forma! Sé que mi cometido es analizar de forma objetiva una obra y olvidar mis gustos personales, pero muchas veces es imposible separar lo subjetivo de la objetividad. Intentaré, pues, aunar ambas perspectivas.
Este retrato, a medio camino entre el budismo, la anarquía política y la teoría rousseaniana del buen salvaje, nos dibuja la posibilidad de ser felices con nosotros mismos, ejercicio que todos deberíamos (por lo menos) aspirar. Muchos la tacharan de mera apología liberal, pero ¿que manifestación artística no es ideológica? Y es precisamente en el mensaje donde está lo interesante de este filme: pues plantea la posibilidad de la autorrealización, de no acatar las normas establecidas per se por la familia, el Estado y las instituciones.
Y es que este debate entre Civis vs. Natura ha sido debatido por filósofos de todas las épocas, teniendo defensores en los dos extremos. En el lado de la civilización se inscribe el mundo griego (Aristóteles, Platón.). En el lado de la Naturaleza encabezarían Nietzsche, D.H. Lawrence y, por supuesto, el admirado por el protagonista: Thoureau. Ya desde el principio están aclaradas las intenciones de este personaje (en boca de Lord Byron, el poeta romántico por excelencia), que se hace llamar Alexander Supertramp, que no es sino la vuelta a nuestros orígenes y el riesgo de desligarnos de todo lo superfluo con lo que nos hemos educado y depender únicamente de la naturaleza y de nosotros mismos. E muló a Thoureau y a Jack London, pero donde Thoureau sobrevivió, él naufragó, probablemente por falta de conocimientos y por la impaciencia propia de la juventud. Thoureau fue un ácrata que llevó hasta sus máximas consecuencias su pensamiento y, de hecho, desarrolló la desobediencia civil negándose a pagar impuestos en protesta por la esclavitud todavía vigente a principios del siglo XIX. Pero, a pesar de vivir épocas dispares, los ideales que les unen a ambos son los mismos, al igual que sus vindicaciones (el capitalismo incipiente y el avanzado coinciden en la alienación de la persona y en convertir a los ciudadanos en eternos insatisfechos en busca de nuevos y continuos placeres que mitiguen el vacío existencial de sus vidas). Contra esto ambos proponen la búsqueda del yo, como fórmula contra la enajenación. Alex es un ser libre y ejerce esta libertad también hasta sus máximas consecuencias y para ello se despoja de todo lo que le hace infeliz. L ucha, en definitiva, contra toda la mentira que conforma la civilización y va en busca de la peligrosa verdad (siguiendo la estela de sus maestros Nietzsche y Thoureau). Es un personaje especial, todos los que le conocen le adoran, ya que les despierta el ansia de libertad y la pasión por la vida.

Por supuesto, los demás elementos que componen esta atípica road movie están también muy cuidados (como siempre en el cine de Sean Penn ): las imágenes, la música (es excelente la banda sonora), el casting es inmejorable, rodeado de sus amigos actores: William Hurt; Marcia Gay Harden, Hal Holbruk, Catherine Keener y Vince Vaugn. Pero, a diferencia de sus otras películas -Extraño vínculo de sangre (1991), Cruzando la oscuridad (1995), El juramento (2001), y un corto en 11'09"01 (2002)-, ésta es menos dramática, pues, pese al final, compone un verdadero canto a la vida. Sean Penn , firme defensor de los Derechos Humanos y luchador incesante contra el nepotismo de George Bush Jr. aquí aboga por el principal derecho de todos los humanos, la libertad. Y su cine penetra en los orígenes y las consecuencias del lado oscuro del ser humano (la culpa, el perdón, la envidia).
Lo único achacable, entonces, es el montaje (entre el pasado y el presente) ya que esta historia requería una visión lineal y clásica. Sin embargo consigue adelantarnos el final mucho antes de que llegue y por lo tanto logra desmitificarnos el falso ideal de héroe, aparentemente inscrito al personaje. De hecho, guarda similitudes con el antihéroe de Grizzly Man (Werner Herzog, 2005) , en cuanto a terquedad y valor, pero mientras que en Grizzly Man se habla del peligro de la pasión no controlada, Hacia rutas salvajes realiza un análisis más ambiguo y complejo, pues no estamos ni ante un superhombre, ni ante un misógino (la fase de anacoreta es planteada como temporal), sino sólo ante un chaval que sólo quiere encontrar el sentido de su vida y su lugar en el mundo. Estructurado en edades naturales (que componen el ciclo de la vida), estructura por otro lado prescindible, pero salpicadas por una voz en off necesaria (porque está contada por la persona que siempre creyó en él y que le entendía a la perfección: la hermana del personaje real) que da mayor intensidad a la trama. Aliada ésta fundamental para poder llevar a la pantalla esta historia real que le obsesiono a Sean Penn desde que leyó el libro Jon Krakauer "Into the Wild" (1996).
En definitiva, es un cine que no conecta con el gran público, porque es arriesgado y crítico. Tendremos que esperar mucho tiempo para que sea considerado, como mínimo, como uno de los artistas más arriesgados y que explora la esencia menos atractiva del ser humano. Es un cine profundo, moral y nada complaciente, y ahí radica su genio.