La estrella ausente (Gianni Amelio, 2006)

Por Celina López Seco

La estrella ausente es una película profundamente italiana fuera de Italia. Es el tipo de filme que se mira a sí mismo sin casi notarlo. Se mira a sí mismo mirando a otro. Se detiene en los gestos, en los movimientos naturales de las personas y de los objetos. Gianni Amelio contempla otra cultura, en principio totalmente opuesta a la suya, como es la cultura china, y así se acerca al espejo más espontáneo de su propio origen. Y el otro al que observa deviene yo con la lengua, el lenguaje y la palabra. El otro es comunicación y por lo tanto muta de cuerpo y de voz.

La estrella ausente cuenta, entre otras, la historia de Vincenso Buonavolontà, interpretado por Sergio Castellitto, que trabaja como hombre de mantenimiento de una fábrica. Esta fábrica vende a los chinos una máquina defectuosa, y a la consecución de su arreglo destina Vincenso un recorrido por la China. Podríamos pensar que dicho cometido es un muc guffin del que se sirve Amelio para contar otras cosas. O, también podríamos considerar que dicha excusa define a nuestro personaje que se lanza a una especie de vacío como es el de un viaje del que se desconoce el destino. Lo cierto es que la sutileza de La estrella ausente radica en que el argumento es las dos premisas a la vez, una excusa para contar muchas otras cosas pero, siempre y cuando esas otras cosas remitan a aquella que dio origen al relato. Y así, sin pretenciosidad vuelve sobre su pequeño leit motiv una y otra vez abriendo infinitas puertas a la mirada y a la reflexión.

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Una vez en China el protagonista se acerca a la traductora que éstos habían llevado para hacer el negocio en Italia. Y la mirada se detiene allí, en la relación que irán creando dentro del paisaje a veces desolador, a veces incomprensible, pero siempre distinto, de China. Vincenso observa una cultura para enfrentarse a sí mismo, a su impaciencia, a su carácter a su ser occidental y europeo, europeo e italiano. «Es que la China. no me la imaginaba así.»

Después de Las llaves de casa (Le Chiavi di casa, 2004) Gianni Amelio también presenta una película intimista aunque esta vez el anclaje social es más fuerte y determinante, como si fuera indisociable, valga la redundancia, el hombre de su entorno. Sin embargo Amelio sacó al protagonista de su hábitat, lo llevó nada menos que hasta oriente, y esto no para hacer una película mística, si no más bien porque fuera, desprovistos de protección, los hombres somos más vulnerables, más sensibles a descubrirnos. Quizás sea en este punto donde el director recaló para hacer detener y reflexionar al protagonista. ¿Y qué es aquello que Vincenso observa, descubre? Que el mundo es más grande de lo que sus ojos pueden abarcar, que hay otro fuera de sí mismo y que ese otro asume diferentes maneras, depende de quien lo mire, depende de quien lo ponga en cuestión. Porque ese otro es una construcción, es comunicación, es ida y vuelta. Un italiano en China, además de gracioso, es una persona fuera de sus pertenencias, es alguien que, según Amelio, se plantea la verdadera naturaleza de las cosas o al menos se pregunta si las cosas realmente tienen una naturaleza verdadera, fija inmutable. Parece ser que no, que las capas de la vida se deshojan como una margarita y a veces nos sale bien y a veces nos quedamos con ella en la mano. Lo importante no es sólo lo que no queda sino el trayecto, lo que sucede sin que podamos aprehenderlo porque de alguna manera ya nos ha quedado grabado mientras estaba sucediendo.

Y. sí, es cierto, no diré nada del nombre del protagonista.