Savage Grace (Tom Kalin, 2007)

Por Miguel Calero

Ilustración de la decadencia de la aristocracia, biopic familiar que recrea la trágica historia de la dinastía Baekeland, Savage grace nos ofrece tres posibles aproximaciones a sus imágenes, tres formas de situarla en el tiempo y el espacio.

Podemos, en primer lugar, centrarnos en la polémica generada por su acercamiento al tema del incesto y las complejas relaciones afectivas entre sus personajes. Es éste el motivo por el que sus creadores se han visto obligados a emigrar a Europa para su financiación (de ahí la presencia de actores españoles en papeles anodinos), y es ésta la gran baza comercial de sus distribuidores (se empieza a leer ya el manido reclamo publicitario: "No dejará a nadie indiferente"). Voluntarioso retrato de la amoralidad, del peso de las apariencias sociales, de la desaparición de los límites sexuales en una familia adinerada de mitad de siglo, Savage grace culmina efectivamente con una escena de sexo entre una mujer y su propio hijo. Curiosa coincidencia temática y temporal: en 2004 Christophe Honoré estrenó la fallida Ma mère, relato de esencia blasfema que se perdía en su acercamiento directo a lo sadiano. Con más de un punto en común con el film de Honoré (incluida la sombra del Marqués, que aquí se materializa con un guiño a su Justine), este segundo largometraje de Tom Kalin adolece de aquello que le sobraba a la película francesa, esto es, de espíritu propio, de personalidad, y de valentía. Todo lo que Kalin empieza ganando cuando no juzga el comportamiento de sus personajes lo acaba perdiendo cuando se deja arrastrar por una estética vacía, redundante, y por un discurso a la postre cobarde y conservador (al fin y al cabo es la moral correcta la que mata —literalmente— a la perversión). Una vez más, su supuesto atrevimiento no es tal. En contra de lo que se nos dice, la puritana obscenidad de Savage grace deja bastante indiferente.

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Podemos, por otro lado, esbozar un comentario sociológico contextualizando la película desde la raíz, tomando el "New Queer Cinema" de los primeros años noventa como la corriente conceptual que la nutre. Protagonista de esta tendencia gracias a su opera prima (Swoon, 1992), Kalin desvía ahora su mirada hacia otros terrenos en los que establece un curioso paralelismo con Todd Haynes: ambos debutaron con obras arriesgadas (Swoon y Veneno, 1991) para decantarse después por un (melo)drama familiar progresivamente acomodaticio protagonizado por la misma actriz (Julianne Moore en Safe , 1995, Lejos del cielo , 2002, y ahora Savage grace). El "New Queer Cinema" renace en estos días de la mano de John Cameron Mitchell, Jonathan Caouette o Jammie Babbit. De aquellos primeros protagonistas pocos continúan en la militancia de sus comienzos (Gregg Araki), y entre los que han ampliado su discurso sólo Gus Van Sant (Mala noche, 1985) parece haber sabido reciclarse retomando la personalidad de aquellos años. El riesgo formal del joven Kalin ha desaparecido, y su carácter provocador se diluye en cuanto hurgamos un poco más allá de las apariencias. Podríamos, por tanto, tomar Savage grace como el penúltimo ejemplo de un triste proceso de amaestramiento, no ya el del "New Queer Cinema" sino el de gran parte del cine indie norteamericano.

Finalmente, la peculiar trayectoria de Kalin nos ofrece un tercer camino para llegar a desentrañar su película. Trazando un retrato del realizador a partir de los dos largometrajes que ha rodado en quince años (cortometrajes y trabajos en vídeo completan el vacío temporal), llama la atención cómo en Swoon se advierte ya el mismo exceso de ornamentación palpable en este segundo film (la enfática banda musical, la recurrente voz en off). Ambas basadas en sucesos históricos, ambas adaptadas a partir de una novela ajena, las dos cintas muestran la clara predilección de su autor por las relaciones turbulentas y los personajes oscuros, predilección que se ahoga bajo el exceso de barniz con el que llega a la pantalla. Ahora bien, lo que en Swoon era barroquismo fallido (pero todavía personal y ambicioso) en Savage grace es fotogenia plana y contraproducente, con todos los vicios del último Visconti (laten intermitentemente La caída de los dioses y Muerte en Venecia) y ninguna de sus virtudes.

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Apuntadas las tres formas de afrontar la película, llegamos a la conclusión lógica que explica la estructura de este texto: la miremos desde una perspectiva u otra, Savage grace nunca nos convence, porque pretende epatarnos más que emocionarnos (sin éxito, además), y porque desaparece bajo una enorme capa de maquillaje visual. Sólo en algunos encuadres pausados encontramos una cierta tensión, una verdadera atmósfera de decadencia (familiar, personal, moral), mientras la mayor parte del metraje se deshace en iluminaciones perfectas, rostros pretendidamente misteriosos, subrayados musicales irritantes... En su gusto por el detalle Kalin pierde de vista su historia. Decía Ángel Fernández-Santos en "La mirada encendida": «La capacidad de captura emocional de algunos filmes proviene de la musicalidad oculta en la cadencia (su conversión del tiempo en tempo) de su imagen». Y concluía: «el melodrama es el film que, al fundir 'melo' y 'drama', hace visible la música callada de su secuencia». No son estas citas meros ejercicios de retórica, sino la expresión precisa de aquello que falla en Savage grace: sutileza y profundidad.