Es inevitable no dejarse llevar por la curiosidad cuando se percibe la acogida tan favorable que ha recibido la ópera prima de Lucía Puenzo: ganadora del Gran Premio de la Semana de la Crítica y el premio de la Juventud en Cannes, nominada como mejor película extranjera en los premios Goya.La escasa andadura de este aparentemente pequeño filme argentino parece prometer el nacimiento de una de esas obras que se van haciendo conocidas poco a poco, ayudadas por el boca a boca y avaladas por la emoción de espectadores que se topan con una obra que no esperaban ver. Sin embargo, el reconocimiento y los premios también pueden arrastrar al cine a un público que, normalmente, no apostaría por una película como ésta, y que prueba suerte, esperando una sorpresa, para encontrarse con una obra bastante peor de lo que esperaba. Y probablemente este sea el caso de muchos espectadores que confían en el criterio de los galardones o en las posibilidades que guardan realizadores amateurs. Porque a XXY le hace falta mucho más que premios para mejorarse y llegar a convertirse en la obra emocional y atrevida que quiere ser y no es.

Cuando un símbolo se introduce de manera forzada en una historia (y además aparece visualmente en la película), transmite una sensación de indeterminación en el argumento, haciéndolo patinar sin encontrar una razón de ser, provoca la existencia de los personajes que no se sostienen por sí mismos y da lugar, además, a un resultado estético excesivamente pomposo si lo insertamos en un filme con el tono que quiere mantener éste. Porque el hecho de que el padre de Alex, una muchacha hermafrodita, sea biólogo marino no resulta creíble por sí mismo, sino que se configura como una concesión del guión, una circunstancia perfectamente elegida que le permite a la realizadora bucear en el universo oceánico para comparar constantemente y de manera poética a su protagonista con las criaturas que lo pueblan, pretendiendo hacer hermosa su película y evitando que ésta lo sea por sí misma. Y no es que el filme, a nivel argumental, no tenga posibilidades: mucho puede contarse con ese personaje tan especial sin necesidad de recurrir al universo de la metáfora. Mucho transmite Álex, por sí sola, con su mirada perdida y su actitud rebelde. Sin embargo, pocos son los momentos en los que Lucía Puenzo confía en el poder de sus personajes. Quizá temiendo la escasez de acciones, la trama se desliza por recovecos que, la mayoría de las veces, no consiguen interesar al espectador lo más mínimo, desviando la atención de lo que realmente importa y lo que, desde luego, se configura como el mayor acierto del filme: el perfil del personaje de la joven protagonista y su valentía fuera de lo común al defender la validez del terreno indeterminado entre ambos sexos. Esta idea, auténtico tema de la película, es lo suficientemente poderosa como para sostener el filme y su profundización en ella, a través de Álex, hubiera dado lugar a una película diferente.
Sin embargo, Puenzo no termina de confiar en su tesis y en la manera en que puede defenderla la joven actriz que encarna a la joven intersexual. Se pierde por ello en planos interminablemente largos, que aspiran a transmitir con el silencio las ideas que los diálogos y actos de los personajes comunican con comodidad y sutileza. No se necesitan secuencias enteras sin palabras, que lo único que consiguen es acabar con el ritmo de la película y provocar hastío en el espectador. El filme pide a gritos más presencia de sus protagonistas, más metraje que nos cuente la espontánea historia de amor y respeto mutuo que se establece entre Álex y el hijo de los invitados de la familia, porque guarda mucha fuerza que explotar a nivel argumental. Se echa de menos más historia, para conocer a personajes que parecen perdidos, contando sólo una mínima parte de lo que podrían si hubieran sido hábilmente desarrollados. También se extraña una mayor naturalidad en las relaciones que establecen los caracteres adultos, que no resultan creíbles, resultando anecdótica su presencia y muy pequeña su aportación en la historia: el ejemplo de la normalidad como represión de la naturaleza individual de la protagonista.

Y sobre todo, falta coherencia. Coherencia entre lo que quiere contar la realizadora y cómo hacerlo. Lo arriesgado de su mensaje, en una emotiva defensa de la individualidad y la peculiaridad de cada ser, no se corresponde con lo sutil de sus planos. La valentía de tratar un tema como ha querido hacerlo exige atrevimiento para mostrar a la joven protagonista tal y como es, tal y como quiere mostrarse ante el mundo. Demasiados tabús visuales para una película que quiere ir más allá pero que se pierde en indeterminaciones simbólicas tan fáciles que no aportan riqueza alguna a la historia, dándole un tono pretencioso que no encaja con el hiperrealismo de los personajes y actitudes. Buscando un nuevo camino para defender la diferencia, Puenzo se ha perdido, seducida por la intención poética, preocupada por la importancia del argumento y desvinculándose de sus poderosísimos personajes y, sobre todo, de lo innovador de su mirada sobre una historia hermosa, que, en la sencillez hubiera encontrado su mejor arma para realizarse. Desgraciadamente, un exquisito punto de partida malogrado por la búsqueda de una dimensión fílmica totalmente innecesaria.