Juegos mortales. Katanas, mentiras y cintas de video [Jesús Palacios] Espasa Calpe (Madrid, 2007). Formato: 272 págs., rústica, 22x15 cm. Precio: 20 €. ISBN: 978-84-670-2634-4
Jesús Palacios lleva bastante tiempo desentrañando, como crítico cinematográfico y literario, y sobretodo como escritor de no-ficción, las características y profundidades de lo que gusta en denominar el Lado Oscuro de la cultura, ese espacio de acción y disfrute en el que aparecen diversas (y fascinantes, al menos para gente sin escrúpulos) manifestaciones de los aspectos menos amables del mundo en el que vivimos. Palacios es un erudito del fenómeno de los asesinos en serie (a los cuales ha dedicado uno de sus libros más apasionantes u horrendos, según se mire: Psychokillers, Temas de Hoy, 1998), un terco aficionado al cine de terror y al subgénero gore (célebres son sus dos volúmenes sobre el tema, Goremania y Goremania 2, ambas publicadas por Alberto Santos), un devoto (perdón por el sacrilegio) seguidor de las artes esotéricas (su biografía indica que está iniciado en santería, lo cual a muchos les debe sonar bastante mal; en el lado “bueno” ha firmado un libro alrededor del mago de Hitler, Eric Jan Hanuseen, Oberón, 2005), un lector ávido de emociones perversas (entre sus escritores favoritos están Sade, Apollinaire, Easton Ellis), un confeso seguidor de su “satánica majestad” Marilyn Manson… En definitiva, que este tipo no puede ser de fiar pensaran algunos. Es más, seguro que anda metido en asuntos turbios, puede incluso que se dedique al crimen o sea un psicópata parecido a los que tanta fascinación le despiertan… A lo mejor no, pero ante la duda debería hacerse una campaña preventiva, detenerlo, encerrarlo y tirar la llave, no vaya a ser que en uno de esos festivales que no son sobre cosas terroríficas o “malvadas” (es decir los contrarios a, por ejemplo, Sitges o la Semana Negra) termine por asesinar al jurado tras su (seguramente) desafortunado fallo… es claro, en todo caso, que evitaremos una masacre fuera de antena en el programa de televisión en los que suele colaborar: estos individuos nunca se sabe como van a actuar (y además no parece que sea del perfil que facilite las cosas para mostrar en directo sus tendencias y servir de ejemplo de lo que origina vivir para el Mal). Palacios es un peligro, pero aún estamos a tiempo.
Aunque sea una práctica que nació mucho tiempo antes, fue durante el siglo XX cuando más se expandió, mutando convenientemente para convertirse en una poderosa forma de censura o control. Me refiero naturalmente a la persecución, mejor dicho criminalización, mediática en primera instancia… y tal vez en última, de determinadas actividades o conductas que no siguen una determinada “normalidad” y se enfrentan a determinado pensamiento, por lo general tradicionalista y cristiano (aunque tiene una curiosa forma de manifestarse en todo tipo de lugares e ideas). Fuera de bromas e ironías, lo cierto es cualquiera que encaje en ese perfil, como el bueno de Jesús Palacios, puede ser objetivo de esta criminalización. No obstante, en esta contemporaneidad, que se parece bastante a aquella visionada por el dueño de la cadena de televisión donde trabajan los personajes de Network (íd. Sidney Lumet, 1975), no se tienen demasiados miramientos: lo que importa es llamar la atención, impactar, para sacar el mayor rédito posible a una situación dada, y poco importa las implicaciones o tan siquiera como acaba. Las cadenas de televisión son todo un paradigma de cómo estos planteamientos alcanzan el hedor de una cloaca, aunque no son las únicas que hacen un uso de ellos discutible (siendo suaves). En todo caso, la verdad que aquellos adalides que procuran sermonearnos (y este término desde su punto de vista no tiene nada de denigrante) acerca de los malísimos que son el hard rock, los cómics o las novelas de terror, resultan poco creíbles porque se les nota demasiado que nacen desde intereses, he aquí la paradoja, bastante oscuros (y mundanos); y aunque es posible que los habrá auténticos, convencidos que realizan un buena labor para el bien de la sociedad, a mí, francamente, tienden a sonarme más falsos que un moneda de tres euros. Siempre me viene a la memoria al olvidado Frank Zappa (otro rockero indeseable… aunque los lituanos no estarían muy de acuerdo), que tiene un repertorio irrepetible de canciones dedicadas a predicadores, políticos y demás fauna de su tierra, Estados Unidos. También el cine de Rob Zombie, del que se han llegado a decir verdaderas barbaridades y sandeces, cuya mirada descreída hacia el ser humano sitúa la “normalidad”, en una ironía digna del Marqués de Sade, en la culpable de que nos fascine tanto las representaciones del Mal.
Juegos mortales es un acercamiento a este fenómeno artificioso que tanto daño ha hecho (y hace) a la cultura, al espectáculo, al periodismo… al cual tan poco le importan las personas, generando malentendidos y mentiras alrededor de temas que no solo desconoce sino que encima transforma a su conveniencia. Palacios escoge cuatro episodios de asesinato, bien conocidos, ocurridos en España en la última década (aproximadamente), que se relacionaron de una manera u otra (siempre en el sentido más negativo) con los juegos de rol (primer capítulo: “El rol del asesino”), los videojuegos (segundo: “Katanas, videojuegos y mentiras”), el rock satánico (tercero: “Simpatía por el Diablo”) y las supuestas snuff movies (cuarto: “Morir rodando”). El autor de Alegrame el día cuenta en cada capítulo cómo ocurrieron los hechos para a continuación exponer (y desmentir) las informaciones de los distintos medios alrededor de los supuestos causantes (el rol, los videojuegos, el rock y el cine de terror) de tan atroces crímenes; pero como en otras ocasiones precedentes (vid. Los ricos también matan, Temas de Hoy, 2000) no se limita del todo a esos casos y traza un dibujo general del escenario, sobretodo mirando a Norteamérica donde el tema ha cobrado en ocasiones cotas difícilmente superables. No hay nada que sobre en el recorrido y en ocasiones la brillantez expositiva de Palacios multiplica los enfoques, amplifica los sentidos: el repaso (en todos los sentidos) a la nauseabunda utilización de los crímenes de Alcasser en el programa de Pepe Navarro; la lúcida lectura sobre Elephant, el film de Gus Van Sant, sobre el que mantengo mis dudas acerca precisamente de si se trata de una mirada ingenua, tonta, simple o lírica, de los asesinos de Columbine; el extraordinario análisis de los orígenes del Black Metal y todo lo sucedido en su país de origen, Noruega; el primer capítulo entero… un lunar justo aquí: hay cierta descompensación entre capítulos sobretodo respecto al primero, el más escueto de todos, probablemente porque es el tema que menos reverbera en la actualidad, y también porque ya fue tratado en Psychokillers (lectura complementaria en este sentido para el lector interesado).
Como casi toda la obra literaria de Jesús Palacios (al que vengo redescubriendo desde hace unos años en su faceta de escritor, después que fuera durante mis tiempos de aficionado rookie al cine una referencia indispensable en aquella notable Fotogramas donde escribía también el entonces buen crítico Daniel Monzón, ahora discreto director de cine), es un libro tremendamente entretenido en términos globales, donde el autor, fiel a su estilo, utiliza la ironía inyectada con notable habilidad en la equilibrada narrativa, que vuelve a ensamblarse sobre una rigurosa base documental, una personalidad inquebrantable y una justa densidad. Y no es necesario conocer los videojuegos, ser jugador de rol o escuchar música rock o heavy, para entender, compartir o tal vez discrepar sobre el objeto de estudio. Tampoco, desde luego, para disfrutar de este excelente libro. En todo caso, es preciso tener una mente abierta para no temer de antemano aquello que se desconoce. Hago mías las palabras finales de Palacios (atención a su última conclusión en el capítulo final, muy elocuente): dejarnos ser… solo eso.