Pozos de ambición (There Will Be Blood. P.T. Anderson, 2007)

Por Ismael Marinero

La fiebre

Paul Thomas Anderson es un cineasta singular. Su trayectoria, corta pero intensa, ha dejado sobradas pruebas de su talento, pero también de su grandilocuencia y su ambición desmedida como cineasta. Cuatro años después de su última cinta, Punch-drunk love (tan personal y simbólica que llega a ser incomprensible), presenta su mayor proyecto hasta la fecha, There will be blood, una película que remite a la Biblia desde su mismo título y que busca en la épica americana del self made man la posibilidad de retratar los pilares de la sociedad capitalista: la avaricia, la competitividad sin límites y la misantropía a las que conduce el sistema. Y lo hace por medio de un personaje, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), tan excesivo, despiadado y violento que en sus ojos se resume buena parte de la Historia de los EEUU.

La película responde, a su manera, a la tradicional división en tres actos, marcada por los años en que se desarrolla la acción: 1889, 1911 y, por último, 1927. Primero deslumbra con un prólogo magistral y casi mudo, medido milimétricamente para dar una primera pincelada del personaje y para dejar boquiabierto al espectador. Describe su origen como minero solitario y con escasos medios, su personal escala de valores (tumbado exhausto con la pierna destrozada sólo puede alegrarse por haber descubierto un filón de plata en la mina, lo que tendrá su eco en otra de las grandes secuencias del filme) y los peligros constantes del trabajo bajo tierra. Plainview también es capaz de sentir ternura (¿o no?), en esta primera etapa que se nos narra, haciéndose cargo del hijo de un compañero fallecido en un accidente.

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Tomando los primeros capítulos y el epílogo de la novela de Upton Sinclair “Petróleo” (“Oil!”, 1927), Anderson se centra en la construcción del personaje central y su inevitable naufragio en mitad de un océano de crudo. El viaje en tren marca una poderosa transición hacia una nueva etapa, en la que el niño ha crecido y Plainview se ha lanzado al arrendamiento de tierras para la construcción de pozos petrolíferos. A partir de ahí, Anderson y Day-Lewis se esfuerzan en construir el rostro impenetrable del personaje, su codicia sin límites, su incapacidad para sentir empatía (“odio a todo el mundo, sólo quiero conseguir el máximo dinero posible y alejarme de todos”) y su doble enfrentamiento con los únicos personajes que le hacen sombra: H.W., su hijo adoptado, y Eli Sunday (Paul Dano), el joven predicador fundamentalista de la Iglesia de la Tercera Revelación que desafía su poder y su influencia. De esta manera, Anderson une el dinero, la familia y la religión, los tres pilares fundamentales de la sociedad americana (y por extensión, occidental), en un duelo a tres bandas que se prolonga hasta el mismo final de la película. El cineasta vuelve a exponer el núcleo temático de toda su filmografía: el eterno fracaso paterno a la hora de criar, cuidar y entender a un hijo, y la decepción del padre cuando su vástago es incapaz de dar lo que espera de él. Este leit motiv que tanto se repite en la estructura de Magnolia, aquí está presente no sólo en la relación Daniel-H.W., sino también en la de Eli Sunday y su progenitor.

There will be blood alterna momentos que remiten al mejor cine clásico con otros puramente andersonianos. Las referencias a Greed (Erich von Stroheim, 1924), The Treasure of the Sierra Madre (John Huston, 1948), Giant (George Stevens, 1956) y Citizen Kane (Orson Welles, 1941) son ineludibles, pero si algo tiene este chico es estilo propio. Profusión de travellings de avance y retroceso, algunos laterales de acompañamiento, picados y contrapicados desde ángulos imposibles… Anderson reclama: “aquí estoy yo, mira lo que hago con la cámara”. Es una lástima que, muchas veces, estos continuos movimientos de cámara carezcan de cualquier justificación posible, enfatizando la puesta en escena hasta un punto estomagante. El director de Boggie Nights tiene un poderío visual asombroso (el pozo petrolífero ardiendo, la cara ennegrecida de Plainview…) pero, por momentos, le pierde su ambición, tan enorme como la del magnate del oro negro que aquí presenta. Se mueve en la cuerda floja, al borde de caer en el abismo en cada plano, ideando una estructura acumulativa que conduce al histriónico desenlace. La película es como un arco que empieza a tensarse en la primera secuencia y al final, en lugar de lanzar una flecha certera, se rompe por exceso de tensión. Los últimos 20 minutos de la película, enmarcados dentro de la mansión de Plainview, trasunto del Xanadú de Kane, llaman al debate y al estudio pormenorizado. Siguiendo la lógica del argumento, parece necesario que Plainview acabe enloquecido y solo, pero la catarsis de Day-Lewis y Paul Dano resulta excesiva, casi ridícula. Plainview ajusta cuentas con Eli (Anderson rompe el plano-contraplano en el momento de mayor excitación), obligándole a humillarse como hizo él en la excelente secuencia del bautismo, y finalmente, “corre la sangre”. El propio Plainview, a pesar de su estado alterado, sabe exactamente lo que esto significa: “i’m finished”, dice desde el centro del encuadre, y un fundido a negro lo abandona definitivamente, destruido y desamparado, en la bolera de su lujosa mansión.

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Todos los apartados técnicos son impecables, pero es necesario detenerse a estudiar la banda sonora compuesta por Jonny Greenwood, guitarrista y colíder de Radiohead. Desde sus primeros acordes, presentando las montañas y el desierto de Texas con un aire inquietante, la partitura contrapuntea las imágenes, aportando aún mayor énfasis a determinadas secuencias. Escenas marcadas por una percusión constante o por los agudos de los violines parecen influidas por el compositor polaco Krzysztof Penderecki, autor de la música que suena en Inland Empire o El resplandor. La elocuencia de determinados pasajes, su perturbadora presencia en la mayoría de los 158 minutos que dura la película es, indudablemente, uno de sus grandes pilares y supone una arriesgada apuesta digna de ser continuada.

Eli y Daniel, cada uno a su manera, son predicadores herederos del gran Elmer Gantry, gente capaz de convencer con la fuerza de sus palabras, con lo profundo de sus voces, con la pasión de sus miradas. Por eso son rivales: ambos son falsos profetas. Su poder se manifiesta, más que de ninguna otra manera, sobre las personas que les rodean. Y ese poder logra traspasar la pantalla y alcanzar al espectador, algo nada sencillo, por otra parte. La riqueza de lecturas que puede propiciar este duelo, la enfebrecida pasión que transmiten los actores y el propio director en cada plano y la insólita banda sonora de Greenwood, invitan a pensar que, pese a su irregularidad, nos encontramos ante el primer gran clásico del cine americano del siglo XXI.