Pozos de ambición (There Will Be Blood. P.T. Anderson, 2007)

Por Enrique Pérez Romero

Egos en el infierno

El principal problema que tengo con Paul Thomas Anderson, quizá el único, es que es uno de esos cineastas que intenta matar moscas a cañonazos; lo que ocurre es que esa desconexión entre pretensiones y logros, entre procedimientos y objetivos, afecta por completo a todo su andamiaje narrativo, escenográfico y conceptual. La consecuencia es que casi todas sus películas —exceptuando la fascinante, notable y en cierto modo extravagante Magnolia (1999)— ofrecen un espectáculo enfático, poco carnoso y, la mayoría de las veces, contundentemente contradictorio. Desde él mismo hasta sus últimos y enardecidos admiradores, citan a Orson Welles y Robert Altman para contextualizar algunas de las características de su obra pero lo cierto es que, de entre todas las posibles semejanzas, las más claras se encuentran en lo peor de los dos maestros: la grandilocuencia en ocasiones extemporánea del primero y el manierismo a veces irritante del segundo.

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Dicho esto, convengamos que Pozos de ambición es un filme notoriamente irregular. Por un lado, posee algunos valores indiscutibles, como la fotografía magnífica de Robert Elswit (Buenas noches y buena suerte, Syriana, Michael Clayton), que contiene gran parte de la definición atmosférica del filme en lo que es, sin duda, una de sus virtudes principales, gracias sobre todo al magnífico trabajo con lo telúrico de las texturas y con los juegos de contraluz. Por otra parte, contiene elementos discutibles pero eficaces como la excesiva interpretación de Daniel Day-Lewis que, como siempre, trata de estar por encima de la película para la que trabaja en vez de convertirse en una pieza más del puzzle orgánico que es todo filme equilibrado; de hecho, no estoy seguro de que dos egos tan inmensos como el de Paul y el de Daniel quepan en la misma película, a no ser que surtan efectos como los que se encuentran en Pozos de ambición. Y, en tercer lugar, si andamos a la búsqueda de ese filme utópico en el que nada sobra ni falta, nos quedaremos muy lejos: a los planos les sobran siempre segundos y hasta minutos, pero les falta precisión narrativa; a los personajes les sobran gestos y les faltan matices; al montaje le sobra énfasis y le falta rigor; a la música le sobra protagonismo; al cineasta le falta coherencia.

La película está plagada de detalles con los que ejemplificar todo esto, pero concretaré sólo algunos en aras de la síntesis. Sin juzgar motivaciones ideológicas —que las hay, muchas, y casi todas en la misma dirección—, parece al menos curioso, por no decir incoherente —o tendencioso, si entramos en el ámbito ideológico—, que Anderson emplee primeros planos para el Daniel Plainview/Daniel Day-Lewis luchador y sufriente (al principio, durmiendo en la mina; después, extrayendo petróleo en compañía, donde parece que sólo a él le cuesta respirar trabajando en el pozo), mientras que prefiere el clásico plano americano, el medio o incluso el general para mostrarnos al Plainview miserable, ruin y despreciable (primera entrevista con el señor Banks, en la que manipula para hacerse con un buen pozo; la conversación en que compra por unos pocos dólares al pequeño de los Sunday para adquirir derechos sobre el rancho familiar; la kubrickiana escena final).

Esa misma falta de rigor se produce con las elecciones que realiza tanto en la puesta en escena como en el montaje. Resulta del todo paradójico que, por una parte, filme la llegada de Plainview con su hijo al rancho de los Sunday con una larga panorámica de nada menos que un minuto, en la que solo nos muestra la llegada en coche, y que aporta poco más que la información sobre la extensión de la propiedad o la dureza del estilo de vida de Plainview (ambos asuntos ya tratados en el filme y, por tanto, reiterados). Ese plano, como tantos otros de la larguísima llegada a la finca —algunos rodados con cámara en mano (¿!)—, podría durar la mitad o incluso desaparecer del montaje; mientras, por la otra parte de la paradoja, algo tan relevante como el proceso que convierte a un luchador por la supervivencia en un ser mezquino y sórdido, no merece ni un solo plano, ni un solo matiz, ni una sola referencia. Ese desequilibrio evidenciado en las elecciones de Paul Thomas Anderson, en el ejemplo concreto, puede querer decir que cualquiera que consiga salir adelante tras una época de sufrimiento se convertirá necesariamente en un malnacido; pero, por lo peregrino del supuesto mensaje, más bien creo que se trata de impericia, ausencia de rigor narrativo y escaso sentido global del relato.

Como lo evidencian algunas de las declaraciones que ha venido haciendo durante estos años, a Paul Thomas Anderson le interesan mucho más las partes que el todo, el efecto que el trasfondo, el artificio que la verdad. Él mismo ha dicho que «Siempre que no afecte a la historia ni acabe resultando pretencioso, puede ser divertido que un director farde con la cámara» (elpais.com); también ha expresado su “consciente” voluntad de innovación, al decir, a propósito de la música y Kubrick, que «[…] No importa cuánto te esfuerces en hacer algo nuevo, porque siempre vas a estar detrás de él»  (EW.com). Lo que ocurre es que, diría yo, no se trata de “esforzarse” en hacer algo nuevo; y que “fardar” suele resultar pretencioso y afectar a la historia. Simplemente.

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Pero este joven cineasta californiano es un elegido, sin duda. Es perfecto para que los académicos de Hollywood puedan demostrar que no tienen que recurrir a filmes fuera del sistema (como el año pasado) para dar lustre a sus premios; también es adecuado para que una cierta corriente crítica, nostálgica de la política de los autores, pueda reverdecer su discurso forzadamente aplicado al cine de la tierra prometida; y, por supuesto, es útil también para que el gran público se reconcilie parcialmente —habrá muchas decepciones— con el “buen cine americano”. Teniendo en cuenta que su último filme, además, trata un “gran tema” (el origen del sueño americano y la ¿génesis del capitalismo?), todos los ingredientes están preparados para cocinar la película del año. Pozos de ambición es interesante, a ratos sugestiva, en los más de sus minutos desasosegante y, sobre todo, arrolladoramente física; pero también resulta desequilibrada, en muchos momentos tediosamente epidérmica, y mucho más vacía de lo que se pretende. No llego, como otros que la han criticado duramente estos días, a enfadarme con ella, y no lo hago porque soy leal al lema de que el tiempo lo pone todo en su lugar y, por suerte o por desgracia, el infierno de las películas olvidadas está empedrado de obras maestras de temporada.