Pozos de ambición (There Will Be Blood. P.T. Anderson, 2007)

Por Salvador Raggio

Concentración narrativa

Si hay algo que anotar acerca de la filmografía de Paul Thomas Anderson, que se pasea entre el maquillaje corrido de Gwyneth Paltrow en Hard Eight (1996) y el mostacho de Daniel Day-Lewis en la nueva There Will Be Blood, es que en ella nunca hay resquicios a los que aludir. Hacer el intento de clavar un alfiler en las grietas de sus filmes será siempre tanto una utopía como una mofa, pues las fisuras en Paul Thomas Anderson no llegan a ser otra cosa que irrealidades en la mente de un crítico muy amigo del pesimismo. Ya sea con la narrativa quebrada de sus primeros largometrajes, sus momentos de mayor experimentación, o siguiendo un camino lineal como el que presenta en su más reciente filme, Anderson no deja de ratificar su lugar entre los nuevos cineastas estadounidenses; lucido y seguro, este nativo de California ha inaugurado con There Will Be Blood una segunda etapa cinematográfica en su carrera, un ciclo que sin duda está encaminado a ser el que le depare el mayor logro.

Con toda la franqueza de su título There Will Be Blood es un retrato de la ambición y la bestialidad del ser humano, ambientado durante la fiebre del petróleo que invadió el oeste de los Estados Unidos hacia fines del siglo XIX y principios del XX; temáticamente la película se inserta en la misma tradición de filmes como Greed (Von Stroheim, 1924) y Wallstreet (Stone, 1987), con un antihéroe conquistado por la codicia y el individualismo. Day-Lewis interpreta al deplorable Daniel Plainview, un hombre tan tosco como las tierras áridas donde excava, quien además es un artista del petróleo, un oil-man, como le gusta describirse cuando se apropia de un nuevo suelo. Las grandes virtudes de Plainview son tener un espíritu porfiado y el rostro duro, sin vacilaciones ni quebrantos, tan sólo reciedumbre, la misma reciedumbre que lo llevará a sembrar semillas de muerte y perversidad en cada planicie donde haga una zanja. A Plainview, como al Gordon Gekko de Oliver Stone, le importa solamente apoderarse de todo aquello que los títeres que le rodean nunca podrán poseer. Más que el oro negro, la energía que empuja a Daniel Plainview es la avidez que lleva en su fondo.

foto

El paralelismo entre este personaje y el arquetípico Charles Foster Kane es bastante notorio. Tanto el clásico protagonista de Orson Welles como el inventado por Anderson avanzan a través del mismo sendero de descomposición, tiranía y abandono. Sin embargo Plainview es un ser atroz, capaz de cometer algunos agravios que Kane nunca alcanzó a practicar, formas que acercan a Plainview a una serie de actantes del cine de Martin Scorsese, como son el Jimmy de Goodfellas (1990) o el “carnicero” Bill de Gangs of New York (2002). Aunque los diálogos con Welles y Scorsese son más que obvios, es cierto también que surgen de la empatía y no del plagio, y en un momento en el que Anderson se adhiere ya sin disimulos a la tradición cinematográfica de su país, convencido de su papel protagónico dentro de una colección de cineastas donde destacan autores como los hermanos Cohen y Quentin Tarantino.

There Will Be Blood, igualmente, rompe lo que hasta Punch-Drunk Love (2002) Anderson había institucionalizado como su estética, presentando una narración de corte lineal que se aleja por completo de la morfología de sus guiones anteriores y que al mismo tiempo entrega un final a todo trance contrahegemónico. En There Will Be Blood nos encontramos ante un Paul Thomas Anderson más tradicionalista, sin juegos cronológicos ni saltos, que opta por la forma clásica hollywoodense, a la John Ford, pero que a la misma vez no niega su personalidad, que se puede señalar en la elaboración de personajes abarcadores como Plainview, y en la utilización repetida de movimientos con dolly, una marca ya asumida como andersoniana. En este film no existen entonces sorpresas estructurales ni innovaciones cinematográficas gratuitas, lo que hallamos técnicamente en There Will Be Blood ya ha sido tratado por otros, pero la importancia del largo, sobre todo en la carrera de P. T. Anderson, es la concentración narrativa. There Will Be Blood hace un uso perfecto del drama, tanto con esa codiciada interpretación por parte de Daniel Day-Lewis, que literalmente nos succiona, como con los otros dos ejes de la historia: Paul Dano, como Eli Sunday, el falso profeta de la Iglesia de la Tercera Revolución, a quien aprenderemos a aborrecer con la misma pasión de Plainview, y Dillon Freasier, en el papel de H. W., hijo adoptivo del petrolero, sordo y tan ajeno al instinto animal de su padre, ese instinto que pide sangre y que, siguiendo la sentencia del título, la encontrará.