Coinciden en cartelera tres cintas muy distintas que, no obstante, comparten un análisis social de los actuales Estados Unidos de America. Curiosamente las tres son producidas por la supuesta filial independiente de una major y las tres compiten por Oscar. Es posible que en un análisis social e industrial de Hollywood también quepa valorar esta suerte de usurpación de la independencia. Aunque éste sería otro tema, claro.
Into the wild de Sean Penn contempla la odisea de un desarraigado que, tras una infancia infeliz, decide alejarse de todo a finales de los 80 y buscarse a si mismo recorriendo las arterias interiores del país. Su recorrido le lleva a los confines del Imperio, confines interiores, habitados de marginales (hippies errantes, combatientes del sistema, veteranos del Vietnam) con los que trazará una guía de supervivencia que, como a su país, le llega tarde. No country for old men el fantasmagórico noir de los Coen tiene como trasfondo una alegoría de la decadencia de una sociedad engullida por el Mal ya durante la década de los 80. There will be blood (que podría traducirse como Correrá la sangre pero que ha sido versionada como Pozos de ambición) se sumerge en las raíces de los Estados Unidos para reflexionar sobre el presente.

Después de analizar la sociedad actual americana a través de su pasión por el juego (Sydney o Hard eight), el sexo (Boogie nights) y la fama (Magnolia), Paul Thomas Anderson, PTA, vuelve la mirada atrás en el tiempo para contemplar el itinerario moral de un “self made man”. No se halla lejos de los clásicos, puesto que There will be blood, en su mirada sobre un petrolero que trepa a la riqueza desde una clase inferior, tiene referentes inmediatos en Cimarrón de Anthony Mann, Al este del Eden de Kazan y Gigante de Stevens, historias de hombres que se crecen en historias “bigger than life” ambientadas en zonas petrolíferas y/o de conflictos generacionales. Anderson, aun con un pie en el clasicismo, construye la cinta de modo cronológico, en base a grandes elipsis entre una serie de secuencias que, una vez contempladas, dejan un poso de duda. La duda oculta de un ambicioso Daniel Plainview que, pese a toda su riqueza y poder, necesita continuamente alardear de los mismos. ¿Es un triunfador? ¿Hay paz en su gloria? A tenor de la relación con su hijo, más fría cuanto más avanza la historia, o de la secuencia en la que profiere su desprecio por sus competidores, de modo vulgar y torpe, PTA deja claro que vemos otro gigante con pies de barro,
La película se inicia con un Plainview sumergido en las profundidades de la tierra, confundido con ella en las imágenes oscuras y débilmente iluminado por las chispas que brotan al golpear su pico con la roca. Una suerte de fuerza feérica que brotará, débil, maltrecho, pero, en definitiva, superviviente, triunfante, para elevarse a un eslabón superior. Tras una elipsis brutal, Plainview deja de ser un minero para devenir “bussinessman”. Un empresario capitalista que capta inversores para un negocio que se pretende provechoso en ausencia de intermediarios. A partir de aquí, en vísperas del inicio de su carrera triunfal en el rancho Sunday, Anderson se centra en las dos únicas relaciones que Plainview puede mantener, con su hijo por un lado y con un adversario religioso por otro. No es en absoluto ajeno a ello el planteamiento de aislar a Daniel de toda relación. No sabemos nada de su familia. Dice que su mujer murió en el parto pero, viéndose contrariado por su hijo, le repudia diciéndole que no es tal. Aparece un supuesto hermano que tampoco será y con el que el petrolero cortará radicalmente pese a una simpatía incipiente. Plainview es un ser ajeno a lo humano que, no obstante, encarna la ambición, la capacidad de triunfo y la notoriedad que tenían otros personajes de cintas previas de Anderson (muy especialmente los de Jason Robards y Phillip Baker Hall en Magnolia) y que en los USA se identifica como positivo.. Frente a él la falsedad, el idolatrismo y la hipocresía encarnados en Eli Sunday, el predicador que le desafía y con el que mantendrá un prolongado duelo. Dinero y religión, los dos pilares sobre los que se asienta, simultánea o alternativamente, una sociedad que, pese a su riqueza y sus oropeles, no deja de ser primitiva. La brusquedad de Plainview encaja por derecho propio en una sociedad aun salvaje dónde medran las alimañas más fuertes. Anderson lo deja claro en la escena inicial de un malherido Plainview renaciendo de la mina, en aquella en que abandona a su hijo para atender el pozo en llamas o en otra en la que Eli, furioso por la humillación sufrida, atribuye su derrota a la apatía paterna y se lanza sobre él por encima de la mesa.
Al final, habiendo conseguido sus objetivos económicos pero aislado en su fortuna (y en su particular Xanadú, puesto que Kane sería otro referente de esta cinta), carente de estímulos sentimentales, intelectuales o morales, a Daniel Plainview sólo le queda una última acción que realizar. Una acción puramente animal tras la cual Anderson cierra, secamente, coherentemente, la historia con una última declaración: «I’m finished». He acabado, estoy acabado.

PTA cierra así esta epopeya sin causar cansancio alguno en el espectador pese a su duración. Hay que señalar que al excelente resultado no son ajenos el duelo de histriones entre Daniel Day–Lewis en la línea de Gangs of New York (otra sangrienta epopeya fundacional) y un espléndido Paul Dano (al que viéramos en su mudez en Little Miss Sunshine) ni tampoco una de las bandas sonoras más estimulantes de los últimos años, creada por el guitarra de Radiohead, Johnny Greenwood, a caballo entre la música sinfónica, los sonidos diegéticos y los apuntes rockeros.
Finalmente, un muy merecido comentario. La obra se basa en la novela Oil (1927) de Upton Sinclair, autor prolífico, entre cuyas obras se cuentan numerosas denuncias del capitalismo y de los fascismos (en una de sus obras, Los dientes del dragón, narraba el ascenso del nazismo en Alemania), premiado con un Pulitzer, acusado de socialismo (y por ello derrotado y marginado) por la derecha yanqui. Por si no fuera suficiente, fue uno de los productores de ¡Qué viva México! de Sergei Eisenstein, la aventura americana del cineasta ruso. Sinclair es, posiblemente, uno de aquellos personajes olvidados cuya vida personal tiene tanto o más interés que su obra y sobre el que merecería la pena leer algo más. Algo como mínimo justificado por su relación con el genio soviético, aunque también por su sentido del humor que luce en una de sus frases célebres y que podría ser perfectamente compartida por Anderson: «Yo apunté al corazón del público, y por accidente les dí en el estómago»
© Publicado originalmente en Maumau Under GROUND.