Cormac McCarth

Por Ismael Marinero

Salvaje Oeste

1. Una vida en la carretera

Cinco carros humeaban en el lecho del desierto y los jinetes echaron pie a tierra y pasaron en silencio entre los cadáveres de los argonautas, aquellos buenos peregrinos anónimos entre las piedras con sus terribles heridas, las vísceras saliéndoles de los costados y sus torsos desnudos erizados de flechas.
(“Meridiano de sangre”, Cormac McCarthy, 2001, Ed. Debate)

La adaptación cinematográfica de “No country for old men”, a manos de los hermanos Coen, vuelve a poner sobre la palestra la figura, huidiza y esquiva, del escritor norteamericano Cormac McCarthy, autor de diez novelas, un par de obras de teatro y un guión para un telefilm (y algún guión más que aún está por descubrir). McCarthy, de ancestros irlandeses pero nacido en Rhode Island, Providence, en 1933, gracias a la película de los Coen y al premio Pullitzer que ha recibido por su último libro, “La carretera”, ha triunfado definitivamente dentro y fuera de las fronteras yanquis, donde es considerado como uno de los mejores narradores del último siglo por su peculiar estilo, deudor, según Harold Bloom (erudito amante de las listas, clasificaciones y demás zarandajas) de Herman Melville y William Faulkner, situándolo como uno de los cuatro mejores escritores americanos de su generación junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Phillip Roth.

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Vagabundo, mecánico de coches, soldado… McCarthy abrazó la lectura a los 21 años, después de haber crecido en una respetable familia de abogados en Knoxville, Tennessee. Tras alistarse en las Fuerzas Aéreas fue destinado a Alaska, y allí comenzó a labrarse su futuro como escritor, leyendo compulsivamente “Moby Dick” y cualquier libro que cayera en sus manos, además de dirigir un programa de radio. Ha habitado graneros y moteles inmundos durante largas temporadas de su vida, se niega a conceder entrevistas (excepto una reciente a Oprah Winfrey) y hablar sobre sus obras, odia la literatura de Henry James y se ha casado hasta en tres ocasiones. Tras recibir varias becas por sus aptitudes literarias viajó a Europa, e incluso se estableció durante una temporada en Ibiza. Desde 1965, año de publicación de su primera novela, “The Orchard Keeper”, en la que todavía se nota una fuerte influencia faulkneriana, McCarthy ha ido desgranando en sus libros, con la fuerza narrativa que caracteriza su estilo, la brutalidad atávica aún presente en el suroeste de Estados Unidos y en ambas orillas del Río Grande. Uno se lo imagina como uno de los personajes primitivos de su propia obra, capaz de sobrevivir con una lata de alubias durante un mes, vagando por los pedregosos caminos de Texas con la escopeta en la mano, pergeñando historias escritas en la arena. Si le dieran a elegir entre una mujer y un caballo, se lo pensaría dos veces.

2. Bajo la superficie

Montañas a lo lejos y en la media distancia. Nada más. Espejismo de calor. Se metió la pistola en el cinturón y luego puso rumbo al este. Langtry, Texas, estaba a unos cincuenta kilómetros en línea recta. Tal vez menos. Diez horas. Doce. Los pies ya le dolían. Le dolía la pierna. El pecho. El brazo. El río se alejaba a sus espaldas. Ni siquiera había bebido un poco.
(“No es país para viejos”, Cormac McCarthy, 2008, Ed. DeBolsillo)

La prosa de McCarthy, vigorosa y árida, a veces desconcertante, se basa en frases de apenas un par de líneas (en su última etapa, sobre todo). Recuerda a los relatos cortos de Raymond Carver transformados en contundentes estallidos de violencia, pero posee una voz propia, única. Los diálogos no tienen elementos distintivos, ni guiones, ni cursivas. Casi nunca se indica quién es el que habla. La riqueza del lenguaje que utiliza (malograda frecuentemente en las traducciones al español), y el ritmo entrecortado de la narración son otras características fundamentales de su estilo, tanto como la descripción de paisajes y de las acciones de los personajes, en las que se repiten hasta cinco conjunciones consecutivas. Se diría que su forma de narrar es cercana a la cinematográfica y, como en el cine clásico americano, el escritor parece querer borrar sus huellas, utilizar los “planos” más descriptivos para la comprensión total de lo que está sucediendo e ir dejando, en pequeñas pinceladas, rasgos del verdadero y profundo sentido de la trama. Porque bajo la aparente simpleza de la sucesión de acontecimientos, McCarthy expone ideas filósoficas, plantea reflexiones sobre la vida y la muerte, aborda a Nietzche y Wittgenstein y la relación padre-hijo, sin que el lector descabalgue de la narración ni la abandone presa del aburrimiento.

Siete años después del fiasco de Todos los caballos bellos (All the pretty horses, 2000, Billy Bob Thornton), versión edulcorada, torpe y fallida de la novela original (primer volumen de la trilogía de “La frontera”), incapaz de reproducir la atomósfera mccarthyana, llega a la gran pantalla No country for old men. Los hermanos Coen han optado por una adaptación absolutamente fiel al libro, tanto en la forma como en el espíritu. La figura del sheriff Bell aparece, quizá, un poco desdibujada, pero el desarrollo de la acción permanece casi intacto, con algunos cambios meramente funcionales. Los Coen se reconocen en el humor negro presente en toda la obra de McCarthy, y en la violencia desmedida de Anton Chigurh, el asesino psicópata con menos escrúpulos del salvaje Nuevo Oeste americano. El ritmo, tan importante en el libro, está salvaguardado por un montaje ejemplar, y por la eficaz planificación de los directores. El mcguffin es, evidentemente, el dinero, y los Coen han comprendido que no se trata de una historia de codicia, sino de la lucha entre el Bien y el Mal, con un personaje entre medias, Moss, aquel que origina toda la acción. También está presente, como el propio título indica, una reflexión sobre el paso del tiempo, ejemplificada por el propio sheriff Bell, incapaz de comprender la brutalidad del mundo actual. Hace tiempo que desaparecieron del Oeste los héroes de leyenda, ahora sólo quedan el mudo desierto y un modo de vida en extinción.

3. Apocalipsis y Moby Dick

Oscuridad de la luna invisible. Las noches ahora solo un poco menos negras. De día el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara.
(“La carretera”, Cormac McCarthy, 2007, Ed. Mondadori)

La última novela de McCarthy, “La carretera”, además de hacerle valedor del Premio Pullitzer, significa una nueva depuración en su estilo. Una historia postapocalíptica, en la que el origen de la devastación del planeta queda inexplicado y la narración se centra en un hombre y su hijo pequeño, que viajan hacia el sur huyendo de los demás supervivientes y tratando de conseguir comida y cobijo en un paisaje frío y desolado, cubierto por cenizas. Es un regreso al primitivismo, a la supervivencia como único refugio, una novela durísima que se aleja de la ciencia ficción tradicional. Su adaptación cinematográfica ya está en marcha, comienza a rodarse el 11 de febrero bajo la dirección de John Hillcoat, cineasta australiano procedente del videoclip (amigo de Nick Cave, autor del guión de su única película hasta la fecha, The Proposition) que ya ha confirmado a Viggo Mortensen como el protagonista, y a Guy Pearce y Charlize Theron como secundarios, y contará con el español Javier Aguirresarobe como director de fotografía. El guión corre a cargo de Joe Penhall (Enduring Love, Roger Michell, 2004), lo que arruina parte de nuestras expectativas de ver una adaptación digna del libro original.

El otro proyecto que hay en marcha basado en una novela de McCarthy es “Blood Meridien”, la obra maestra del escritor de Rhode Island, en la que, a mediados del siglo XIX, una banda de mercenarios traspasa la frontera con Méjico, arrasando los poblados indios que encuentran a su paso. Aquí, McCarthy se acerca a Dostoyevsky y a Melville, creando a un personaje que deja en pañales al mismísimo Chigurh: el juez Holden, albino y enorme (una auténtica ballena blanca), es el líder de este grupo salvaje, mucho más cruel y despiadado que el de la película de Pekinpah. Ridley Scott se ha hecho con los derechos para la adaptación, que, presumiblemente, se estrenará en 2009, y está escrita por William Monaghan (autor del guión de The Departed, Martin Scorsese, 2006).

Esperamos que este sea solo el comienzo de una fructífera relación entre la obra de McCarthy y el cine, pero, para que se den esas condiciones, Scott, Hillcoat y sus guionistas han de repasar, una y otra vez, el minucioso trabajo de adaptación llevado a cabo por Joel y Ethan Coen en No country for old men. No se trata de reproducir literalmente las novelas, sino de dar vida al universo de McCarthy, aprovechar la fuerza de sus imágenes y descripciones, y reflejar el trasfondo, sarcástico, violento y filosófico del último maldito de la literatura norteamericana.