No Country For Old Men (Ethan y Joel Coen, 2007)

Por Alejandro Diaz

Hombres armados: Cuatro enfoques sobre la nueva película de los hermanos Coen

1. Enfoque sincrónico

La carrera de los cineastas Joel y Ethan Coen parecía haber tomado rumbos inciertos teniendo en cuenta que The Ladykillers (2004), su anterior película —si descontamos su divertido episodio para el film colectivo Paris, je t'aime (2006)—, suponía un leve retroceso en su(s) carrera(s) en tanto subrayaba algunas de sus temáticas y elementos formales más característicos sin profundizar demasiado en ellos, deviniendo un tanto blanda y, lo que era peor, complaciente. La espera ha merecido la pena, pues sin duda nos hallamos ante un trabajo destacable en la filmografía de unos cineastas que han entregado obras del interés de Sangre Fácil, El hombre que nunca estuvo allí, Crueldad intolerable o la que, para mi muy subjetivo gusto, es su película más satisfactoria: El gran Lebowski. Estamos ante la adaptación (escrita por los hermanos, también directores y co-productores) de una novela de Cormac McCarthy que supone una reincidencia en temáticas criminales, tratadas aquí con un tono mucho más sombrío que en otras ocasiones, ya que el sentido del humor (que suele ser una de las mejores bazas del cine de los Coen) asoma levemente y sólo en contadísimas ocasiones a través de personajes secundarios. La película cuenta, de nuevo, con una excelente dirección de actores, entre los que sobresale el trío de protagonistas formado por Tommy Lee Jones, Javier Bardem y Josh Brolin, junto a no menos magníficos secundarios como Kelly Macdonald o Woody Harrelson. Asimismo, el diseño de producción de Jess Gonchor y la intachable labor fotográfica de Roger Deakins, junto a la cuidada estructuración de las secuencias y la composición de los planos por parte de los realizadores, dotan al film de una innegable solidez, lo que nos hace pensar ya, de manera definitiva, en que un neo-clasicismo narrativo se ha instalado ya en no pocos productos cinematográficos y televisivos procedentes de Norteamérica. Sin embargo, el indudable empaque de la propuesta también tiene su reverso negativo, ya que en algunos instantes el corsé formal, con inevitables herencias de la estética indie de los 90 (o, si se prefiere llamarla así, de la “estética Sundance”) trabaja en contra de un argumento que destaca por su carácter abierto.

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2. Enfoque comparativo (I)

Si hay una película en la filmografía coeniana que tenga relación con No es país para viejos ésa es, sin lugar a dudas, su aclamada Fargo. Ambos son films que retratan una América deprimida y deprimente, y sin duda son las películas menos humorísticas de la pareja. Con todo, hay diferencias importantes entre ambas propuestas. En primer lugar, la película de 1996 cuenta con una única figura relevante a la que el espectador puede tranquilamente aferrarse —pese a la desesperante parsimonia que exhibe la agente de policía interpretada por Frances McDormand—, mientras que en No es país para viejos dicha identificación resulta más problemática, pues se encuentra desdoblada en dos personajes, y además uno de ellos (el encarnado por Brolin) resulta demasiado impredecible como para constituir una figura inequívocamente “positiva”, mientras que el interpretado por Lee Jones tiene menos incidencia en la trama de lo que se podría esperar, y para colmo dicho personaje se ahoga en la impotencia y paulatinamente se diluye mientras se aleja más y más de sus objetivos a medida que el metraje avanza. Otra diferencia estriba en que el retablo pincelado en Fargo es el de una comunidad pequeña que esconde la putrefacción bajo sus apariencias plácidas, mientras que en No es país… el recorrido geográfico del film se amplía considerablemente y la enfermedad que anida en la sociedad se extiende por territorios más diversos como una mancha de aceite. Por último, y no menos importante, encontramos en Fargo un relato deliberadamente sórdido que, sin embargo, termina clausurándose, cediendo tal vez al peso atávico de una cierta tradición del cine americano que impone la visualización de elementos que prometan la eliminación o detención de quienes han cometido actos delictivos. No es país…, por su parte, cuenta con una parte final anticlimática que busca distensión en lugar de tensión (algo que chocaría con las normas del thriller al uso), de modo que el film en ningún caso llega a cerrarse. Como ya pudimos apreciar en la también irresuelta narración de Zodiac, de David Fincher, parece que en el cine americano aparecen películas que ya no se plantean seguir a rajatabla los esquemas genéricos y prefieren permanecer fieles a la opacidad de una realidad en la que no es posible establecer juicios unívocos o certezas sobre los acontecimientos.

3. Enfoque comparativo (II)

No parece casual que una película como No es país… nos llegue casi de manera simultánea a una obra de las características de Halloween. El origen, dirigida por Rob Zombie. Aunque se trata de dos propuestas de origen bien distinto (un relato criminal de vocación “independiente” la primera; un remake de un reputado film de terror “con psicópata” la segunda), hay algunos aspectos comunes a ambos trabajos que puede ser interesante reseñar. El film de Zombie se vertebra en un personaje afectado por una introversión radical cuya integración social es nula, casi igual que el asesino al que da vida Bardem en No es país…, quien sólo se relaciona con los demás de modo estrictamente funcional, para la consecución de sus personales intereses. Ambos se postulan como dos máquinas de matar sin ningún escrúpulo o conflicto moral, dos seres que de un modo u otro han sido repelidos por la sociedad y a través de sus brutales acciones parecen revelar un hartazgo frente al entorno deshumanizado e inhóspito en el que les ha tocado vivir. Además, ninguno de ellos parece seguir plannings excesivamente elaborados y llevan a cabo sus crímenes de un modo extremadamente directo y certero (por lo que resultan doblemente perturbadores), y para ello se valen de objetos y artilugios a menudo no demasiado complejos (cf. una rama de árbol, una bombona de aire comprimido…). Ambas figuras se presentan como antagonistas de cualquier imagen tópica del “villano sofisticado” y nos devuelven un cine en contacto con la inmediatez de objetos sencillos que forman parte de un paisaje en el que apenas comparece la vertiente híper-tecnológica del mundo contemporáneo. La mayor diferencia estribaría en el hecho de que Zombie nos presenta un prólogo de nos orienta (de forma, no obstante, ambigua) sobre el pasado del personaje y sus circunstancias antes de que borre (casi) todo rastro de humanidad en su ser, mientras que los Coen no nos ofrecen dato alguno sobre el origen del personaje, por lo que sus motivos resultan completamente impenetrables.

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4. Enfoque diacrónico

Una de las secuencias más memorables de No es país… comienza con la caza nocturna a la que es sometido uno de los personajes, la cual se prolonga hasta el amanecer, y culminará con la insólita persecución de un perro en pos del mencionado personaje. Dichas escenas se encuentran en los instantes que encabezan la película, tal vez los más conseguidos y sin duda los más refrescantes de toda ella, y en ellos tiene una gran relevancia el paisaje desértico por el que se mueven las escasas figuras humanas que lo transitan. Ese primer segmento del film de los Coen puede fácilmente relacionarse con algunas propuestas cinematográficas recientes que se situaban en parte o en su totalidad en parajes desolados que parecen estar a años luz de toda civilización. Algunos films en esta línea que podrían mencionarse sin mucho esfuerzo serían Gerry, de Gus Van Sant, protagonizada por dos jóvenes que deambulan por el desierto sin ningún objetivo evidente; Daft Punk’s Electroma, en la que una pareja de androides caminan un largo trecho rumbo a territorios deshabitados; o The Brown Bunny, de Vincent Gallo, en la que el protagonista lleva a cabo unos ensayos con su motocicleta en similares latitudes. No es país…, pese a tratarse, claro está, de una propuesta menos extrema que las mencionadas, guarda puntos de conexión con este “cine desértico”, en el que las figuras antropomorfas gravitan sobre un vacío que, aunque pueda fácilmente provocar un vértigo o desazón iniciales, termina resultando, en cierto modo, tranquilizador, al tiempo que opera un cambio en la mirada del espectador, que comienza a apreciar de un modo más pleno los pequeños cambios del paisaje, la situación de los cuerpos en ese entorno, los sonidos, o cada una de las acciones —por mínimas que éstas sean— de los personajes. Algo hay de semejante minimalismo narrativo en los compases iniciales de No es país…, que transmiten una particular serenidad liberadora y constituyen la prueba de que sus responsables aún son capaces de entregar películas que tal vez sean imperfectas, pero que resultan notablemente vigentes en la situación audiovisual del momento en el que han sido engendradas.