No Country For Old Men (Ethan y Joel Coen, 2007)

Por Roberto Alcover Oti

La noria de Coney Island

En una secuencia de No es país para viejos, uno de sus personajes —el imprevisible Llewelyn Moss— huye malherido hacia México para escapar del acecho del inhumano Anton Chigurh. Atravesando la frontera se tropieza con tres jóvenes norteamericanos que recorren el camino inverso: la huida hacia un nuevo lugar choca con el regreso a la seguridad patria. Pero tal encuentro funciona más allá de lo evidente, es decir, de la codicia como único principio ético en un universo amoral. El refuerzo estético del plano frontal con que se cierra la secuencia denota la perplejidad de una colisión entre dos discursos fílmicos, entre dos maneras de entender el mundo, o entre dos arquetipos del cinematógrafo que se mueven en sentidos dispares. Podría hablarse de un Coen vs Mottola, o de un No es país para viejos vs Supersalidos (2007), de unos personajes que carecen de lugar, que se hayan perdidos en el nuevo magma de la representación (moral y estética) frente a los protagonistas de un relato en plena efervescencia artística: en definitiva, la huida hacia ninguna parte y la vuelta al territorio de las certezas. La incertidumbre de Llewelyn Moss, del sheriff Bell o incluso de Anton Chigurh —la representación de una integridad demoníaca en un presente sin integridad— ante los acontecimientos que hacen avanzar al relato supone su propia deslocalización, un titubeo existencial que los Coen trabajan desde una de sus constantes que más conectan con los nuevos discursos: el azar. No es país para viejos ni es cine para personajes que sólo buscan respuestas.

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Los Coen han tenido que acudir a la prosa de McCarthy para reiventarse, o al menos para reintegrarse en el ámbito contemporáneo, visto que sus últimas digresiones han sido totalmente ninguneadas. Pero no han sido tontos, porque no solo han puesto en imágenes la ficción de uno de los grandes de la literatura actual, sino que han tomado uno de sus escritos más “cinematográficos”. Para ello han utilizado a sus arquetipos de siempre y los han colocado en un relato abierto. De hecho la crónica de “unos personajes en un mundo que ya no los reconoce” presente en el libro bascula hacia la crónica de “unos personajes en un cine que ya no tiene lugar para ellos”. Las páginas de McCarthy, ya depuradas, provistas de un ritmo extrañamente avasallador, son dilatadas por los realizadores norteamericanos hasta encontrar un tono post-elegíaco salpicado por contundentes estallidos de violencia. Una vez más se demuestra que el cine intelectualizado de los Coen triunfa cuando parten de un material fogoso, visceral, es decir cuando prefieren recuperar a Hammett antes que a Capra, o a Cain antes que a la Ealing.

No es país para viejos termina compartiendo con largometrajes como Los crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia, 2007) o Zodiac (David Fincher, 2007) la imposibilidad de aprehender la realidad, de comprender una verdad que se nos desliza constantemente entre los dedos. En el fondo, se trata de una gama cadenciosa de acontecimientos azarosos que solo adquieren sentido dentro de nuestra propia subjetividad, pero que fuera de ella, es simplemente eso, un conglomerado de metralla que explota hacia todas partes. De ahí la impotencia del sheriff Bell, que en un largometraje de Michael Curtiz habría atrapado al criminal y se habría retirado junto a su esposa a las costas de Florida, o que en uno de Sam Peckinpah habría al menos muerto atropellado por un camión. Pero ya nada tiene sentido, así que solo queda resguardase al abrigo de los nuestros y evocar el sueño de un padre que nunca existió. Como el Ermanno Olmi de Cien clavos (Centochiodi, 2007). O al igual que en Monstruoso (Cloverfield. Matt Reeves, 2008): cuando no entendemos nada, cuando no sabemos qué demonios ocurre y vemos cómo el mundo comienza a derrumbarse a nuestro alrededor; al final de los tiempos, siempre nos quedará la noria de Coney Island.