No Country For Old Men (Ethan y Joel Coen, 2007)

Por Ángel Santos

Anotaciones apresuradas en torno a…

En la buena acogida que está recibiendo No country for old men se están señalando de manera casi invariable dos factores que, si bien no son falsos o del todo erróneos, al menos sí se han esgrimido, en algunas ocasiones, un tanto a la ligera. Uno de estos factores es el relativo al supuesto cambio de rumbo que esta nueva entrega podría suponer en la ya extensa filmografía de la pareja de autores; el otro, hace referencia estricta a los “modos” planteados por la película y busca señalar la gravedad y concisión de su tono, para muchos diametralmente opuesto al habitual registro de los cineastas. Estas afirmaciones, más que tratar de celebrar abiertamente el buen filme realizado por los hermanos Coen después de unos años erráticos, ofrecen la impresión de querer anteponer, revestidos por el barniz que puedan ofrecer unos cuantos adjetivos de peso, ciertas dosis de cautela ante la nueva entrega de unos autores que habían ido disipando paulatinamente su crédito. Hace unos años, cuando el cine de Joel y Ethan Coen era celebrado por propios y extraños, este mismo filme hubiese sido recibido sin tantas cortapisas.

Por otra parte, uno se pregunta si en la inmediata aceptación y unanimidad crítica hacia determinadas películas no se encuentra inscrito el culto por la novedad y la inmediatez de nuestra sociedad, deseosa de recibir mes a mes su necesaria “obra maestra” (y que permita, además, rentabilizar económicamente tanto a unos como a otros sus inversiones). Basta con echar un vistazo a los tops de las distintas revistas sobre cine para comprobar con estupor el, al parecer, estupendo estado de salud en el que se encuentra el cine actual. Si ayer elogiábamos el último film de Ang Lee, hoy le toca el turno a los Coen y mañana (ya lo sabemos) a Paul Thomas Anderson y sus Pozos de ambición. El cine, como toda manifestación artística, necesita, desde un punto de vista crítico, tanto a los estudiosos de su historia como a los defensores de la modernidad, pero en ocasiones reclama cierta mesura y distancia para poder valorar en su justa medida lo que nos pueden ofrecer las obras más recientes.

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Continuidad / Renovación

Retomando el primer punto —y haciendo un poco de abogado del diablo—, los vientos de cambio que muchos intuyen en No country… parecen un tanto desproporcionados. En primer lugar deberíamos, volviendo brevemente la vista atrás, reconocer a los Coen lo evidente de su heterodoxo gusto cinematográfico que, a partir de sus muchas (cine)filias reconocidas y otras por reconocer, les han llevado a realizar un buen puñado de películas dentro de los más variados géneros cinematográficos, poniendo un especial énfasis en la relectura de los estereotipos de la época dorada del cine de Hollywood. Sus películas parten y aceptan estos códigos pero a un tiempo los subvierten, mostrando en ocasiones su reverso: la imposible revisitación del cartoon y el slapstick en Arizona baby, o la utopía de regresar a Capra o al cine negro en El gran salto y El hombre que nunca estuvo allí, respectivamente. Los Coen junto a otros cineastas norteamericanos como Scorsese, De Palma, etc., situados paradójicamente (o lógicamente) en los  márgenes de Hollywood, representan a un tiempo la afirmación y la negación de aquella posibilidad soñada del regreso a la época de los cineastas al servicio de un estudio. Es a partir del conflicto entre ese sentimiento y la certeza de su imposibilidad, de donde emergen muchas de las características de su cine. La asunción de un determinado género o línea en este momento por parte de la pareja de hermanos cineastas no puede suponer, conociendo su trayectoria, confirmación alguna de que éste sea el nuevo camino que seguirán fielmente a partir de ahora.

En No country… los Coen adaptan a Cormac McCarthy y, si creemos en sus palabras, tratando de ser lo más fieles posible a su novela. Pero pese a ello es imposible no reconocer en su plasmación en imágenes múltiples puntos de contacto con su obra precedente —en especial con Fargo como ya se ha señalado en otras partes, pero también con muchas otras de  sus películas—. El gusto por inscribir sus relatos en un paisaje concreto y que en cierto sentido, consigue apoderarse de sus personajes, es evidente en prácticamente todas ellas. La presencia del desierto y la frontera aquí es equivalente a la desolación de los paisajes nevados que poblaban Fargo, del mismo modo que la pareja de sheriffs que encabeza Tommy Lee Jones guarda un evidente parecido con la incredulidad de la Frances McDormand de aquella película (otra cosa es que ambos personajes sean, como es lógico, distintos). Pero tampoco el reguero de sangre que dejan los numerosos cadáveres de No country… es muy diferente de los de aquella tragedia negra llamada Muerte entre las flores y en la que sus personajes se guiaban, como en ésta ocasión, impulsados con determinación por dudosos principios morales. El alocado viaje de Llewelyn Moss y su maletín repleto de dólares no se encuentra tan alejado de aquel que realizara Nicholas Cage acompañado de un bebé, y éste mismo personaje, desbordado por un mundo al que no pertenece, podría ser el reverso trágico del Jeff Bridges de El Gran Lebowski.  No reconocer en la desesperación ante un mundo extraño, abiertamente  hostil y violentado que esgrime No country…, en el que el coste de una vida humana se decide lanzando una moneda al aire, en películas como Arizona Baby, Barton Fink,  El Gran Lebowski o Crueldad intolerable, aún camufladas bajo un prisma de comedia, sería menospreciar la capacidad reflexiva de aquellas películas.

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Tiempo / tono / mirada

Ante No country… no tengo la sensación de que sean los hermanos Coen quienes hayan cambiado sustancialmente su discurso, lo que sucede es que, quizás, poco a poco, los tiempos (y el cine) han ido cambiando y nosotros (y los Coen) con ellos, modificando como es lógico nuestra percepción y mirada sobre el mundo que nos rodea.

Si bien es cierto que en esta ocasión los Coen han optado por dejar a un lado sus habituales digresiones de regusto surrealista (algo que, por otra parte, ya habían echo en otras ocasiones de ser necesario), no lo es menos que ahora parten de un material ajeno que propone la gravedad, concisión y sequedad del enfoque que impregna la película.

Es en esta imposición de un determinado tono donde se podrían plantear los mayores peros a No country… y es que ante muchos momentos del film se tiene la impresión de que la pareja de cineastas se quede a medio camino, sin acabar de  aceptar plenamente su propia proposición, tratando de captar la esencia del relato pero sin atreverse a correr abiertamente tras ella. Esto se puede observar en las interpretaciones de algunos de sus personajes (a lo que ayuda más bien poco la tendencia cómica impregnada por el doblaje), en ciertos diálogos (cf. Las primeras escenas de Llewelyn Moss con su mujer; o los de personajes como la suegra de Moss o el interpretado por Woody Harrelson), o en algunos pequeños momentos de distensión (cf. Los mariachis despertando a Moss tras su entrada en Mexico) en los que se les escapa de entre las manos aquello que habían ido construyendo poco a poco.

No recuerdo quién —Chaplin quizá—, explicaba que una película se hace colocando una pequeña escena sin importancia tras otra, pero que si alguna de éstas “pequeñas escenas” falla, el conjunto puede desmoronarse sin remedio.

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Tres y final

La mayor virtud (y no es poca cosa) que acaba por imponer No Country… es la de tratarse de una obra cinematográfica “pura”. Una película que en su desarrollo tiende a la abstracción y la reflexión sobre la propia imagen cinematográfica antes que a la narración, y que se suma a las líneas trazadas recientemente desde el centro del cine norteamericano por cineastas como Fincher y Tarantino. La fisicidad del relato, la impotencia de la narración que se sabe insuficiente y que termina por revelar el sinsentido de sus propios métodos, es lo que Joel y Ethan Coen ponen en juego. El despiadado asesino a sueldo interpretado por Bardem llega y desaparece como un fantasma. No tiene motivaciones, ni debilidades. No posee una verdadera corporeidad o existencia. Es tan sólo un ente (cinematográfico) abstracto. Ante esto, no debe extrañar la confusión de un viejo sheriff humanista sobrepasado por el peso de los tiempos.