Se abre el telón. Los personajes aparecen en escena. Comienzan a representar. Todo parece artificial y al mismo tiempo cercano.
Supongo que introducirse en una película de Alain Resnais, después de todos estos años de andadura, proporciona calma y seguridad, como si nos sintiéramos protegidos y supiéramos que dentro de ella vamos a encontrar lo que esperamos, lo que necesitamos. Tenemos a su troupe de actores incondicionales (a los que hemos visto envejecer progresivamente), reconocemos sus tramas (sus aparentemente enrevesados conflictos que se hilan alrededor de las inquietudes de sus protagonistas), su ambientación decorativa (la mayor parte en interiores o exteriores artificiales) y su atmósfera sofisticada, esa que no hace sino ocultar las miserias de una sociedad caprichosa, hipócrita y permanentemente insatisfecha.

Resulta curioso observar cómo Resnais comenzó su carrera impulsado por el retrato documental (Noche y niebla (Nuit et brouillard, 1955), Toda la memoria del mundo (Toute la mémoire du monde, 1956), ambas en formato cortometraje), derivó hacia el terreno de la ficción abstracta a través de los mecanismos de la ciencia-ficción y de los procesos que rigen el subconsciente y se revelan por medio de un universo tenso, irreal y pesadillesco (El año pasado en Marienbad (L'Ánnée dèrnier à Marienbad, 1961), Providence (1977)), apeándose momentáneamente en el cine reivindicativo con contenido de denuncia política (La guerra ha terminado (La guerre est fini, 1966) y Stavisky (1974)) para volver a su esencia onírica donde poder hibridar lo real y lo imaginario (La vie est un roman (1983), L´amour a mort (1984)) y terminar configurando un universo perfectamente reconocible donde las reglas de la dramaturgia cinematográfica se alían con diferentes formas de representación formal o ficcional para canalizar el elemento escenográfico a través de otro medio expresivo y consiguiendo hibridar así el arte y cine, el teatro, la literatura y el cómic, la música… (Mélo (1986), Smoking/No Smoking (1993), On connaît la chanson (1997), Pas sur la bouche (2003)). Pero más allá de los juegos de artificio y de su capacidad de experimentación con la estructura argumental y su puesta en escena la obra de Resnais tiene una significación más profunda, aquella que proviene del desvelamiento de muchas de las mentiras y engaños que se ocultan tras la máscara de las apariencias. Los personajes nos enseñan un rostro, el que a ellos más les conviene, mientras el verdadero permanece velado, lo que no es óbice para que, a pesar de ello, terminemos reconociendo en las incoherencias de sus comportamientos una parte de nosotros mismos. Y es que en algún momento u otro, los seres que pueblan las ficciones del director miran a su interior para darse cuenta de que no son felices. Se trata de una insatisfacción que parece no tener fin, que nunca termina. Un vacío inmenso imposible de saciar. Su fragilidad en cierto modo es también la nuestra y su humanidad les redime de parecer meras marionetas al servicio de la historia.
Eso no quiere decir que en todo momento percibamos la mano de un ser superior encargado de mover a su antojo los hilos de la narración, de forma que los destinos de los personajes se encuentran siempre supeditados a los designios del demiurgo-director. Así pues no son dueños de su vida, aunque si lo pensamos bien… ¿alguno de nosotros lo es? Los movimientos azarosos rigen nuestra existencia. En Smoking/No Smoking se trazaba a la perfección todas las posibles opciones, todos los caminos ante los que nos podríamos enfrentar en una determinada situación. ¿Cómo saber cuál es el correcto, el que nos proporcionará aquello que deseamos? Puede que ninguno lo sea, o que todo dependa de la forma en la que canalicemos aquello que nos sucede, tanto para bien como para mal. Sin embargo los argumentos de Resnais están llenos de callejones sin salida, de puertas que se abren con esperanza y que no conducen a ninguna parte. Supongo que ese es el punto que siempre me ha fascinado de Alain Resnais, la forma en la que a partir de ficciones totalmente inventadas y artificiales éstas terminan cobrando un peso específico dentro de la tragedia cotidiana de la vida. Más allá del vodevil, de la inteligencia verbal de los parlamentos, del desparpajo gestual y del ingenio tramoyístico, eso es lo que lo hace irreductiblemente cercano y doloroso.
Se abre el telón. Una espesa bruma lo cubre todo. A través de una panorámica aérea traspasamos una cortina de copos de nieve (que se utilizarán a partir de este momento para servir de bisagra separativa entre las diferentes escenas que integran cada acto) y sobrevolamos París hasta penetrar por una de las ventanas de un céntrico edificio.
Asuntos privados en lugares públicos procede de un libreto de Alan Ayckbourn. El director ya adaptó al dramaturgo en su probabilística “Intimate Exchanges” de la que salió Smoking/ No Smoking. En realidad en todas las obras de Resnais se encuentra implicado en la escritura del guión algún novelista o autor de teatro. En Hiroshima mon amour (1959), Margueritte Duras, en El año pasado en Marienbad, Alain Robbe- Grillet, en La guerra ha terminado, Jorge Semprún, en Providence, David Mercer, en La vie est un roman y L´amour a mort, Jean Gruault… así sucesivamente hasta aliarse con la pareja Agnès Jaoui y Jean- Pierre Bacri en su resurgimiento a finales de los noventa con On connaît la chanson. A pesar de la variedad de firmas resulta curioso observar cómo el director consigue que todo su corpus fílmico esté dotado de una extremada cohesión interna, dejando clara su capacidad para llevar a su terreno las obras que adapta para dejar constancia en ellas de sus particulares señas de identidad. En ese sentido, Asuntos privados en lugares públicos seguiría en cierto modo la senda argumental de On connait la chanson en su intento de unir pequeñas historias a través de personajes que se cruzan formando íntimos mosaicos de relaciones superpuestas. Sin embargo en esta ocasión, encontramos a un Resnais más melancólico y desesperanzado que nunca. No es que no estuviera presente esa pesadumbre contenida en On connaît la chanson o en Mélo, pero por la presencia en la primera de canciones que ayudaban a descongestionar el tejido narrativo y por la condición de artefacto inserto dentro de las leyes del melodrama en el segundo, la impresión de pesimismo se veía atenuada.

Aquí cada uno de los personajes vive prácticamente desconectado del resto, aislados en sus particulares cápsulas vitales en las que hay poco espacio para otras cosas que no sean los propios desvelos cotidianos. Por pereza, por incapacidad para reaccionar se limitan a consumirse en sus existencias estancadas. Nicole (Laura Morante) intenta mantener a flote su relación con Dan (Lambert Wilson) a pesar de que dejaron de amarse desde hace tiempo. Thierry (André Dussolier) es agente inmobiliario y desea secretamente a su compañera de trabajo Charlotte (Sabine Azéma); vive acompañado de su hermana Gaelle (Isabelle Carré) quien escribe diariamente anuncios en el periódico en la sección de contactos con la esperanza de encontrar al hombre de su vida. Lionel (Pierre Arditi) debe hacerse cargo de su padre enfermo mientras trabaja noche y día como barman en un hotel de lujo donde Dan va a ahogar sus penas en alcohol; Charlotte lee la Biblia y es consumada creyente, lo que no impide que de vez en cuando grabe videos caseros eróticos que excitan la imaginación de Thierre…
Es curioso cómo a pesar de la conexión que se intenta establecer entre los personajes estos se encuentren tan lejos los unos de los otros. Resnais elabora sus encuentros por parejas y permite que las frustraciones que cada uno de ellos lleva en su interior salgan a flote a modo de exorcismo. Pero no les deja ir más allá, porque no posibilita que ese exorcismo sea sinónimo de cura pues la comunicación nunca se establece con la persona que es fuente de cada uno de los desvelos de los personajes. De esta forma da la sensación de que finalmente todos continúan de una u otra forma con la espina clavada en su interior, con una herida de soledad que puede que no tenga remedio. Por eso Asuntos privados en lugares públicos es quizás la ficción más apegada a la realidad de todas las que ha realizado Resnais, porque si en Smoking /No Smoking se podía jugar con las posibilidades, teniendo cada opción sus ventajas y desventajas, en la vida real no se puede manipular el destino a nuestra conveniencia, por lo que cualquier acto o decisión será de carácter definitivo e inamovible y traerá sus consiguientes consecuencias.
Todos los personajes de Asuntos privados en lugares públicos se encuentran en un momento delicado, víctimas de los engaños de la representación diaria. Intentan romper esa barrera pero no pueden. Quizás es que tengan demasiado miedo a deshacerse de su caparazón, pero el caso es que Charlotte jamás reconocerá sus impulsos sexuales, Thierre jamás se atreverá a preguntarle a Charlotte el significado de las cintas que le da, Gaelle por no revelar su verdadera identidad perderá para siempre a Dan después de un malentendido y Nicole, a pesar de aparentar fortaleza tras su ruptura, revelará que se encuentra rota por dentro.
El desenlace está trazado. Las contradicciones que alberga el alma humana han vuelto a ganar la partida. Somos cobardes y no asumimos nuestros fracasos. Los miedos e inseguridades están ahí, en el amor y en la vida. Ya no hay canciones para adornarlo. El mensaje es seco y contundente.

Alain Resnais demuestra a sus 86 años que sigue siendo uno de los mejores directores europeos que operan en la actualidad. Con Asuntos privados en lugares públicos consiguió el León de Plata en el Festival de Venecia de 2006 y se encuentra preparando en estos momentos su siguiente film, Les Herbes Folles, junto a los ya míticos André Dussolier y Sabine Azéma y la incorporación de dos de los rostros más interesantes del panorama galo actual, Emmanuelle Devos y Mahieu Almaric.
Está claro que la vieja armada francesa, capitaneada por Resnais y sus compañeros de generación Eric Rohmer (cuyo Romance de Astrea y Celadón (Les amours d´Astrée et Céladon, 2007) fue sin duda uno de los más gratificantes acontecimientos cinematográficos de la pasada temporada), Jacques Rivette (con la estupenda La condesa de Langeais (Ne touchez pas la hache, 2007)) y Claude Chabrol (más en activo que nunca), continúa en plena forma y dispuesta a dejar constancia hasta el final que sigue siendo la representante profética de la modernidad cinematográfica.