Sweeney Todd, el barbero... (Sweeney Todd. Tim Burton)

Por Alicia Albares

Depp Manosnavajas

«Yo no me veía como alguien extraño. Era un tipo tranquilo, un poco antisocial, al que le gustaban las películas con monstruos».

Quizá estas palabras de Tim Burton (1958, Burbank, California) sean las que mejor reflejan la verdad de su filmografía: una trayectoria que ha sido tan bien recibida como sobrevalorada en ocasiones, que ha dejado algunos personajes capaces de permanecer en el imaginario colectivo de toda una generación, pero que también ha demostrado que camina en la fina línea que separa el mantenimiento de un estilo propio del riesgo de agotamiento por repetición de una fórmula eficaz. Mejor o peor logradas sus películas, lo que es indudable es que Burton ha conseguido que nos sintamos como él: el universo de sus personajes nos atrapa, nos hace olvidar que se trata de freaks. Somos, con él, seres monstruosos, alejados de lo social, pero coherentes con nuestra naturaleza particular. En la lógica de sus mundos malsanos, marginales, la mirada sobre lo extraño se convierte en una reflexión sobre el concepto de belleza. Ya nada será como creímos que sería y el acierto de su apuesta es que consigue que deje de parecernos una novedad. Lo raro, en Burton, siempre acaba siendo natural.

Fundiéndose con sus personajes, Burton se autoretrataba justificando su extravagancia desde la genética: el pingüino de Batman, nacido con aletas en lugar de manos o las afiladas tijeras con las que terminaban las extremidades de Eduardo no eran sino crueles bromas con las que el destino obsequia desde el nacimiento a sus desdichados portadores. Como él, sus alter egos en la ficción no podían evitar ser diferentes. Su maldición se convertirá también en la razón de su existencia, en torno a la que girarán sus acciones. También Burton, en el apego a su timidez y siendo consciente de lo poco habitual de sus ideas, siente que debe dar forma a lo que lo convierte en especial. Y, hasta ahora, la jugada le ha salido muy bien: puede considerarse padre de toda una estética siniestra, de un estilo “gótico-patético” que, no sólo ha marcado la atmósfera de cineastas recientes  [1], sino que se ha multiplicado y extendido en ámbitos tan dispares como la moda o el ocio: mochilas, ropa, juguetes…Toda una franquicia juvenil que no ha caído en el olvido aún en nuestros días y que él se encarga de reavivar cada cierto tiempo.

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Sin embargo, durante bastante tiempo, el éxito del entorno con el que Burton rodeó a sus personajes no le sirvió como excusa para descuidar su construcción: sus monstruos maltratados aunaban el fracaso y la contradicción [2], erigiéndose en antihéroes de apariencia triste que despertaron la compasión del público y lo llevaron al colmo de la empatía [3]. No había descuido en la narración de sus historias, todavía el mito no empezaba a devorar la espontaneidad y frescura de su autor. Empleando las mismas armas película tras película, Burton fue virando el rumbo de su nave, realizando incursiones en derivaciones del género, como la excelente Sleepy Hollow(1999) [4].

Tampoco ha dejado de lado las constantes de su universo creativo el Burton más desenfadado y cómico: la irreverencia y surrealismo de sus imágenes torcidas ya se manifiestó en Bitelchús (1988), una comedia colorista y negra, sádica e irónica pero hábil y eficaz, en un experimento sobre el género que supo aunar forma y fondo, logrando uno de sus resultados más personales y dando a luz a uno de sus personajes emblemáticos. Su visión desvergonzada de la ciencia ficción clásica en Mars Attacks! (1996) tampoco se libró de sus referentes visuales, construyendo una película bastante incomprendida pero inteligente, configurando el clímax de su habilidad crítica y paródica.

La razón de que podamos comentar sin seguir un orden cronológico la época dorada del universo burtoniano (y que esto no suponga un problema a la hora de perfilar un acercamiento a su figura), se debe a que la calidad de las películas que realizó el director entre 1985 y 1999 se mantiene constante: más o menos comerciales [5], con sus altibajos, las obras que componen este período de la carrera del cineasta norteamericano han contribuido a crear la imagen de un artista coherente, seguro de si mismo en su unicidad pero capaz de entusiasmar al gran público.

Sin embargo, con El planeta de los simios (2000) empezó el declive. Esta película, remake impersonal de absurdo desarrollo, estableció un alejamiento, no sólo con su público, sino también con las constantes creativas que hilvanaban el contenido de sus películas con el entorno en el que estaban ambientadas. Anhelante de taquilla, películas como Charlie y la fábrica de chocolate (2005) o La novia cadáver (2005) retomaron los recurrentes símbolos que marcan su atmósfera, pero ya vacíos de las historias conmovedoras que habían convertido sus demonios en columna vertebral de la calidad de su cine: se perdieron ya los personajes surgidos de él mismo, sus disfraces histriónicos pero tiernos, sus reflejos autobiográficos. Nos dejaba con estas películas intentos de prolongar la estela de carcasas vacías, de muñecos estirados y de grandes ojos, pero que carecían ya de significado. De esta época, hay que rescatar la excepción, una de las puntas climáticas de toda su filmografía, la extraordinaria Big Fish (2003), un filme que, sin alejarse de su autor, supo construir un tándem perfecto entre fantasía y realidad, en un bellísimo homenaje a sus freaks, que son los que realmente dan sentido a la película. Un sublime y poético estudio sobre la trascendencia de la imaginación y la sed que la realidad tiene de ella.

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Más bajos que altos en la última etapa de su filmografía han hecho que Burton se replantee los cimientos de la estructura de su obra. De ahí el origen de su última película y verdadero objeto de estudio, Sweeney Todd. Ahondando de nuevo en las raíces de sus propuestas externas, podemos decir que el filme se asemeja bastante al cuento de terror que ya mezcló con suspense en Sleepy Hollow: la muerte vuelve a ser la protagonista, aunque ésta vez no gira entre recovecos argumentales para buscar un desenlace inesperado. La historia, sencilla, se propone ser bastante fiel al musical que le dio origen [6]. Los personajes, arquetípicos, algunos más poderosos que otros, beben con ansia del talento de los actores que les encarnan para sostener una trama que confía en ellos para no decepcionar al público. No obstante, este objetivo no se consigue durante todo el metraje: sin duda, el filme puede presumir de algunos momentos memorables [7], pero también debe avergonzarse de resultar tediosa en ocasiones. Ciertas secuencias (que sin duda tienen sentido en el intento de respetar la obra original) no resultan coherentes en el conjunto de la trama, provocando en el espectador una sensación extraña, una falta de implicación en la historia que acaba por provocar desinterés (la presencia del personaje de Adolfo Pirelli, un curioso Sacha Baron Cohen, no tiene más lugar en el argumento que actuar como presentación de los crímenes que empezará a cometer Todd). Este alejamiento con los sucesos que cuenta Sweeney Todd proviene de la distancia que existe entre los protagonistas y el espectador: una frialdad flota alrededor de ellos, los escuetos flashbacks que profundizan en su pasado no sirven para que nos impliquemos en su drama. No conocemos al barbero de la calle Fleet en realidad, ni tampoco al carismático villano (un soberbio Alan Rickman), que se convierte en su némesis. La motivación, radical, que mueve su mano; el camino sangriento que recorre para lograr su objetivo no mueve al espectador, tan sólo lo altera en su expresionismo formal.

Y no podemos más que lamentar esta circunstancia, pues el barbero diabólico reúne todos los requisitos para que Burton lo convierta en un nuevo defensor de su particular psicología, pero además posee cualidades que lo erigen en representante de un tipo de monstruo diferente, más consciente de sí mismo y mortífero. El realizador, fascinado con el musical desde su estreno, podía haber explorado con mano hábil el novedoso origen de la tara mental de su protagonista: mientras que sus anteriores personajes malditos lo fueron desde la cuna, inocentes e indefensos, Sweeney Todd representa ahora la evolución de esta idea, al haber sido conducido a su locura por la sociedad, encarnada en este caso por el cruel juez Turpin. Sigue sin ser culpable de aquello que lo convierte en marginado, pero tuvo un pasado a rescatar, una felicidad perdida que le conduce irremediablemente a la venganza. Como un resentido Eduardo Manostijeras, configurándose como su reverso tenebroso, Sweeney Todd se alza como el vengador de todos los extraños y rechazados hijos de Burton. Sus manos humanas vuelven a terminar en afiladas cuchillas, como ya ocurría en el filme dirigido en el año 1990 [8]. Mientras que sus anteriores y conmovedoras criaturas no tenían una historia que extrañar, Sweeney sabe lo que ha perdido, lo que le han arrebatado y actuará en consecuencia, convirtiéndose en la encarnación del mal…ese mismo mal que le quitó lo que más amaba.

La riqueza técnica, el cuidado exquisito de los planos de Sweeney Todd, son otro de los motivos por los que hay que lamentar las lacras en su desarrollo argumental: la dirección artística, barroca; el vestuario, perfectamente adecuado a la decadencia de los personajes y el entorno; la luz, explotada en claroscuros, compuesta al servicio del pasado y presente de los protagonistas (los flashbacks brillantes contrastan con el tono general de la historia, envuelta en nubes, nieblas y apagados contornos)…todo construye un conjunto soberbio, bien conducido y siempre fiel al mundo tétrico de Burton, con sus edificios desconchados y ladeados llenos de pálidos habitantes. Pero, además, esa estética se permite evolucionar en su extremismo: seducido por lo excesivo, Burton convierte la sangre en orgía de color y textura, eliminando todo realismo, caricaturizando el asesinato hasta convertirlo en un soberbio ritual donde todo fondo deja de importar frente al impacto de la terrible imagen. En una borrachera de artificio formal, el realizador norteamericano olvida lo importante que es acompañar a todo ese universo de un significado que lo vincule a su profusa y fascinante fuente de creatividad. Careciendo de ello, Sweeney Todd se convierte en una performance delirante, un cuento gore de excelente envoltorio pero raquítico fondo.

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En ese desvío del camino, Depp defiende con valentía a su personaje, tomando posesión de cada fibra de su torturada e insana existencia, y logrando credibilidad en la interpretación vocal. Helena Bonham Carter se erige como lo mejor del filme, formando con su partenaire un dúo extraordinario. Ambos se ven avalados por la música de Sondheim, que les ayuda a otorgar fuerza a sus trabajos y a reducir, discretamente, la impersonalidad que provoca la película en sí misma.

Resulta difícil valorar un filme como éste: es contradictorio en sí mismo. El trabajo perfecto de sus distintos departamentos es innegable, pero no logra que olvidemos la ausencia del alma de su autor en la obra, la chispa que hacía de las películas de Burton cuentos reflexivos, tragedias soberbias y dulces que nos arrastraban de las lágrimas a la alegría con sólo un cambio en la expresión del rostro de sus engendros. Pero, más allá de esta circunstancia, el realizador sigue estando ahí: agazapado, mitigado, casi despreocupado de sí mismo, pero aún defendiendo su propio ser.

 Un buen amigo me dijo que un monstruo lo es porque sólo queda él, porque es el último ser de su especie. Siguiendo esta definición, Tim Burton es un monstruo perfecto: ansioso por compartir su esencia individual, busca adeptos que le sigan en su particular locura. Sus películas son anzuelos artísticos con los que quiere conducirnos a una inmersión en su psicología, con las que se da a conocer un poco mejor, desde lo bello y lo macabro que hay en él. Así ha sido hasta ahora. Esperemos que Burton no se “desconecte”, que vuelva a prestar atención a esa realidad de seguidores que anhelan seguir soñando con los seres tristes de su fantasía desbordante.

[1] Indudable es su influencia en Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket (2004), por ejemplo, una película de Brad Silberling deudora de muchos aspectos formales burtonianos.

[2]  En este sentido, una de las criaturas que mejor aúna los contrarios es el protagonista de una película que, aunque no fue dirigida por Burton, quizá sea la que mejor configuró su estética: Pesadilla antes de Navidad (1993). Jack, rey del país de Halloween, con calavera por rostro, abanderado del miedo, se siente fascinado por la Navidad y lo que su alter ego positivo (Santa Claus) representan: felicidad, alegría, color. Analizando el mundo opuesto, Jack se hace consciente su propia mezquindad, de lo oscuro del mundo que le rodea, como un Burton ansioso de conquistar el ámbito del exterior al que no se siente vinculado, del que parece estar tan alejado. Un mundo que le produce repulsión, pero que al mismo tiempo le seduce.

[3] Encarnada ésta sin duda por la ingenuidad de su monstruo más conocido en una de sus obras clave, Eduardo Manostijeras (1990), un ser carente de toda maldad pero que resulta de nuevo marcado por la contradicción de su naturaleza: no puede rozar al prójimo sin dañarle con sus manos en forma de afiladas cuchillas. Toda una metáfora sobre la maldición del ser humano, siempre capaz de hacer daño sin quererlo a aquellos a quienes más ama.

[4] No cambió su estética, de hecho, el director se vinculó aún más a ella, profundizando en lo terrorífico de su representación de la muerte: ya no era motivo de parodia o estilización, ahora se condensaba en el símbolo de un jinete oscuro sin cabeza, dando forma a una leyenda desde la seriedad de un filme de terror y misterio.

[5]  Batman (1989) y Batman Vuelve (1992), adaptaciones del cómic que despertaron entusiasmo en su momento (y aún siguen haciéndolo hoy), son consideradas dos de las obras más características de su autor, sin dejar de ser por ello éxitos históricos de taquilla.

[6] A pesar de que se han eliminado algunos de los números musicales  más populares del espectáculo de Broadway de Stephen Sondheim, como “The ballad of Sweeney Todd”, por miedo a pecar de reiteración en la trama.

[7] Exquisita es la secuencia que monta a Hope cantando “Johanna” mientras Todd degolla a sus clientes.

[8] Burton no tiene reparos en homenajear al que sin duda es su personaje más popular, poniendo en boca de Depp (el mismo actor que lo encarnó) una oscura declaración de intenciones: “Mis manos vuelven a estar completas”. Vuelve Eduardo, pero ésta vez no se contentará con permanecer aislado en su castillo, tallando figuras en hielo, sino que querrá una recompensa de sangre por tantos años de sufrimiento.