Sorprendente —para bien— el quinteto finalista que competirá el próximo día 24 por la estatuilla a mejor banda sonora original. Acostumbrados a la discutible selección y reparto de premios de los dos años anteriores, en los que Gustavo Santaolalla triunfó con Brockeback Mountain y Babel, dos recopilatorios de canciones, esta edición los académicos han afilado los oídos seleccionando cinco composiciones originales de indudable calidad, tanto por su variedad estilística como genérica. Un thriller (Michael Clayton), un western (3:10 to Yuma), un drama romántico (Expiación), una aventura animada (Ratatouille) y un drama social (The Kite Runner) componen una magnífica lista de aspirantes de la que, gane quien gane, por fin, saldrá un justo vencedor.
Prolífico año el pasado 2007 para James Newton Howard, que parió nada menos que seis trabajos cinamatográficos: Charlie Wilson’s War, I am Legend, The Lookout, The Great Debaters, The Water Horse: Legend of the Deep y Michael Clayton, sin duda, la más arriesgada y heterodoxa de todas. Sobre una base electrónica atonal, el compositor arma una partitura atmosférica que capta modélicamente la ansiedad y desasosiego del abogado que interpreta George Clooney. Opresiva, gélida y sombría, la obra brilla por su tono oscuro, siniestro, implicando al espectador en la telaraña de traiciones y corruptelas de la trama. No es un trabajo fácil de escuchar: enerva, estresa y violenta, pero la música también es eso: un paseo por las esquinas más sucias del corazón humano.
A favor: las siete candidaturas sin premio que arrastra Howard.
En contra: la escasa repercusión del filme en la taquilla USA.

Las series de televisión Alias y Perdidos y la franquicia de videojuegos Medal of Honor colocaron a Michael Giacchino en la órbita de Hollywood. Ratatouille es su mejor trabajo hasta la fecha; una desenfrenada orgía de melodías y estilos en la que mezcla jazz, música popular francesa y sinfonismo a todo trapo. El espíritu fresco y juguetón de la propuesta de Disney/Pixar calza de maravilla con su mayor virtud: la revelación del lado lúdico de cualquier historia a través de la fusión sonora. Lo demostró en Los Increíbles, y aquí amplía y enriquece la fórmula con una selección de temas que transitan con pasmosa facilidad del drama al humor, de la tragedia a la aventura, de la soledad al romance. Es el Alan Menken de la animación digital, pero sin el azucarillo extra.
A favor: el ritmo pegadizo de sus temas, ideal en una votación “de memoria”.
En contra: que vean la película “sólo” como una cinta animada.
Desde la imponente Los hermanos Grimm, la carrera de Darío Marianelli es una espiral de éxitos que le ha reportado dos merecidas nominaciones: Orgullo y prejuicio y ahora Expiación, ambas a las órdenes de Joe Wright. El italiano aborda el drama de Ian McEwan con un tono calculadamente contenido, como la pasión de los amantes, que evoca el romance, la tragedia y la desolación de la historia mediante una serie de exquisitas piezas para cuerda que recuerdan al Nyman más melódico. Siempre elegante, la obra evoluciona alrededor de uno de los mejores temas principales del año, Briony, que introduce el tableteo de una máquina de escribir para subrayar la sombra de este personaje sobre el conjunto de la historia. Una de las partituras más bellas del pasado curso.
A favor: ganó el Globo de Oro y tiene un poso clásico que gusta a los académicos más veteranos (la mayoría).
En contra: la relativa bisoñez de Marianelli en los tejemanejes pre-Oscar.

La odisea de un hombre de origen afgano que regresa a su país para ayudar al hijo de su mejor amigo a escapar de los talibanes le ha brindado a Alberto Iglesias su segunda nominación tras la delicada El jardinero fiel. Como en ésta, el compositor explora la música folclórica del país donde se desarrolla la acción para establecer una conexión emocional entre drama y espectador, fuente y destino de sensaciones. Iglesias confronta esperanza y horror con su habitual estilo discordante, que no incoherente, en torno a un admirable temario que, si bien puede resultar algo disperso en su escucha separada de las imágenes, encaja lúcidamente con la desorientación vital de la pareja protagonista. Una obra arriesgada, sutil, penetrante, tan poderosa como frágil.
A favor: su poder evocador, capaz de trascender la historia y sus personajes.
En contra: es la única nominación de una película ha pasado de puntillas por EE.UU.

Es el topo del año. Marco Beltrami se ha colado sin hacer ruido en la recta final por la preciada estatuilla con una rotunda composición que bebe de la marca de agua del maestro Morricone (trompetas desquiciadas y guitarras acústicas esquizoides). El discípulo de Goldsmith ya pisó terrenos similares en Los tres entierros de Melquíades Estrada, aunque ahora dota al conjunto de un tono más épico y legendario, en la línea del western clásico norteamericano. El tema principal es de los que secuestran el subconsciente durante días hasta dejarlo exhausto, sin defensas, abriendo la puerta al disfrute del resto de cortes, sobre todo los que apoyan las escenas de acción. Beltrami, por fin, y esa es la mejor noticia, se despega de sus mentores y consolida un estilo propio.
A favor: Hollywood nació sobre una montura y puede premiar la nostalgia.
En contra: nadie se ha enterado del estreno de la película.