Ahora o nunca (Rob Reiner, 2007)

Por Enrique Pérez Romero

Emociones y reflexiones

Hay dos elementos de los que cada vez se prescinde más y, creo, más deliberadamente, en cierto tipo de análisis cinematográfico: el trabajo de los actores y la emoción. En el caso del primero, me temo que la razón está en una cierta nostalgia de la ya enterrada política de los autores, que se quiere reverdecer ahora con un afán elitista, si cabe, más pronunciado; un buen síntoma al respecto, y de reciente actualidad, es el caso del modo en que abordan al cineasta Jaime Rosales tras su éxito en los Premios Goya, preguntándole por las íntimas razones de su proceso creativo; él -en un ejemplo de coherencia moral y estética intachable- se ha desgañitado respondiendo contumazmente que el cine es un trabajo colectivo y que algunas de las ideas fundamentales de La soledad no son suyas, pero la pregunta surge una y otra vez. En cuanto a la indiferencia, y hasta el desprecio, hacia la emoción, creo que los razonamientos son bastante más complejos y no tenemos espacio aquí para analizarlos, aunque merecería la pena; pero me conformo con afirmar que la base tiene que ver con el miedo a la subjetividad, que paradójicamente se encuentra en la raíz de eso que llamamos arte; además, si la observación atenta de nuestra contemporaneidad no se deja velar por los prejuicios, no temo equivocarme al afirmar que existe una corriente generalizada, en el ámbito mundial, que consiste en permitir y potenciar que la emoción afecte a parcelas que hasta ahora parecían vetadas a tan rechazable debilidad humana, como es el caso de la política o la economía, con ejemplos que podemos tener todos en la cabeza.

Esas dos razones -olvido de los intérpretes y desprecio por la emoción- pueden ser las fundamentales a la hora de decidir despachar con unas pocas líneas facilonas y prefabricadas una película como Ahora o nunca , un filme que no llega en ningún momento a ser notable pero que tampoco merece un absoluto desdén. Reflexionaba estos días a propósito de la interpretación como uno de los valores seguros del cine de Hollywood, y me preguntaba dónde podrían estar las razones. La reflexión provenía de haber visto en un corto lapso de tiempo dos películas como la que nos ocupa y la excelente American gangster (Ridley Scott, 2007) donde el brillante trabajo de Crowe y la magnética eficacia de Washington impulsan la película a cada minuto que pasa. Una pareja como la formada por Jack Nicholson y Morgan Freeman, aun en uno de sus trabajos menos memorables para los dos, se convierte también en un elemento de solidez que es capaz de sostener, durante todo su metraje, un filme modesto. Nicholson conjuga su histrionismo de siempre con esa rara sensibilidad de hombre dolorido por el paso del tiempo, que traspasa la pantalla y que transmite una inevitable sensación mixta de ternura y rechazo; Freeman, con ese aspecto mesiánico de contener en sí mismo las respuestas a todas las preguntas -explotado argumentalmente en la obra de Reiner- se convierte en un perfecto contrapunto de prudencia y extraña espiritualidad. Ambos poseen una pregnancia icónica, mezcla de fotogenia y carisma personal, que llena por completo la pantalla y la traspasa, logrando canalizar la conmoción hacia el espectador con una eficacia deslumbrante; si además interpretan un guión habilísimo, a medio camino entre la trampa sentimental y la inteligencia emocional, el resultado no cabe duda de que es capaz de eso tan raro y tan valioso que llamamos comunicación eficaz.

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En estos tiempos en los que, como decía, la emoción sube enteros en la bolsa de los principios de la cultura global, renace con fuerza en algunos sectores una especie de espíritu neobrechtiano, según el cual nada hay mejor para comunicar honestamente que la carencia de identificación por parte del espectador, que la distancia más fría, que la reflexión más cartesiana, que la disección más científica. Se trata, seguramente, de una corriente ideológica necesaria y puede que hasta vital, en un momento histórico en que la turbación puede conducir fácilmente al error, pero no puede imponerse nunca como interpretación de la motivación artística y cultural, porque la objetividad plena es la muerte del feedback creativo; por otra parte, no es seguramente casual que haya manifestaciones artísticas que emocionan a casi todos y otras a casi nadie; en cierto modo, se trata de una objetividad estadística que no vendría mal observar.

Todo esto viene al caso porque la mayor virtud de un filme vivo, agradable y sensitivo como Ahora o nunca, es que logra transmitir una poderosa mezcolanza de emociones gracias a la habilidad narrativa que se mencionaba y a la pareja Nicholson-Freeman, apoyado todo ello por algún destello brillante de un Rob Reiner que, no lo olvidemos, ha realizado algunas películas tan interesantes como Algunos hombres buenos (A few good men, 1992). Las particularidades gestuales y vocales de Morgan Freeman, así como muy diversos matices de la narración -destacando muy especialmente un final excesivo e innecesario- conducen esas sensaciones hacia una espiritualidad que no abrazo personalmente, pero que sugiere algunas ideas interesantes para repensar cierto tipo de vidas urbanas en nuestra nueva/vieja sociedad.

Se trata de la historia de dos hombres que coinciden en la unidad oncológica de enfermos terminales de un hospital estadounidense; uno de ellos, Edward/Nicholson, es el adinerado dueño del complejo hospitalario mientras que el otro, Carter/Freeman, es un mecánico con una vida como tantas otras que se encuentra en un complicado proceso emocional con su familia. Cuando ambos descubren que van a morir tienen actitudes muy diferentes, y Edward descubre que Carter está elaborando una "lista de deseos" (The bucket list, el título original del filme) que se convierte en un listado de "cosas que hacer antes de morir"; con la idea de Carter y todo el dinero que ha acumulado Edward («tengo tanto que no sé qué hacer con él»), deciden emprender un viaje a lo largo del mundo.

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Si el cine, desde siempre, es un modo de presenciar acontecimientos imposibles o de viajar a lugares -físicos o emocionales-, ignotos o inaccesibles, la primera emoción de Ahora o nunca consiste en acompañar a dos enfermos terminales, con su certeza de la muerte cercana, a las últimas semanas de una vida que dedicarán a visitar unos cuantos lugares que, para muchos espectadores, sólo son reales en la gran pantalla: India, China, Egipto. Pero ese viaje meramente físico adquiere su importancia por la transferencia que se produce hacia el espectador de una seguridad insoslayable, como es la del propio fallecimiento. Viendo el filme, resulta inevitable preguntarse cómo reaccionaría uno ante la inminencia de su desaparición, y qué prioridades establecería para los últimos momentos de su vida. Si vivir instantes que uno no ha vivido y puede que nunca experimente, es una de las pasiones del arte cinematográfico, aquí podemos entregarnos a ella.

El resto de fuerzas emotivas se distribuyen entre un sentimentalismo casi obsceno (el del final en la montaña), un euforizante efecto pendular entre el drama y la comedia engarzado con astucia (la escena en que, estando Carter ya en cama cerca de la muerte, estallan en carcajadas Edward y él) o una angustia y desesperación soterradas bajo las máscaras de dos actores excepcionales que ofrecen unos cuantos planos de profunda y discreta agitación moral (las mudas reflexiones de Edward sobre sus errores familiares).

Se podrían añadir obviedades como que Ahora o nunca no pasará a la historia, o que se trata de un producto técnicamente insuficiente, o que Reiner recurre contumazmente a un no-estilo ramplón, o que presenta algunas ideas tópicas y poco matizadas (el dinero no hace la felicidad), o que se regodea en exceso al buscar la lágrima del espectador. Todos ellos, tópicos por cierto de la crítica cinematográfica (es curioso cómo a veces se denuncian los estereotipos con más estereotipos), podrían conformar por sí solos un análisis de esta película; un análisis innecesario y prescindible. Sin embargo, la mayoría de las veces merece la pena perforar la superficie y adentrarnos por algunos pasos subterráneos que conectan filmes aparentemente banales con cuestiones radicalmente humanas, alusivamente modernas. Creo que el arte, no necesariamente abstruso y hermético, consiste en eso; y la pasión por él nos debe impulsar a investigar en lo aparentemente vacío, tanto o más que en lo pretendidamente filosófico.