En el punto de mira (Pete Travis, 2007)

Por Carles Matamoros

Nuevo terrorismo, viejas fórmulas

En Omagh, el rotundo debut en cine de Pete Travis, Michael Gallagher (un ser anónimo interpretado por Gerard McSorley) se encontraba, repentinamente, ante el horror. Un atentado en plena calle, un coche incendiado, una capa de humo, un concierto de gritos y sirenas. Nada tenía aparente explicación a su alrededor. El I.R.A., eso lo sabría después, había dado uno de sus golpes más sangrientos. Y él estaba allí, rodeado de caos y desconcierto. Aunque sólo le preocupaba una cosa, su hijo. Él, eso lo intuiría pronto, era una de las víctimas de la masacre. Una de esas muertes sin solución. Pero Michael no estaba dispuesto a rendirse y, con sus escasos recursos, emprendería una lucha contra el sistema, contra los líderes ¿indirectamente? responsables de la tragedia. La narración del desigual enfrentamiento, que desafortunadamente acercaba Omagh con el cine más tremendista de Ken Loach, no cumplía las altas expectativas levantadas durante el primer tramo de la película (en el que, tras la meticulosa creación del suspense, la cámara de Travis deambulaba junto a un protagonista desorientado, cercano a un horror real e incomprensible), pero demostraba el alto compromiso del director irlandés con el ciudadano de a pie, con el que sufría las consecuencias de la irracionalidad política y terrorista.

Al poner rostro a la tragedia, Omagh conseguía trascender su localidad y reflejar un estado del miedo equiparable al de muchos habitantes de otros países. Un miedo que hoy, tras el atentado televisado contra las torres gemelas, es ya global, latente en casi todos los lugares del mundo. Por ello, ya no es posible acercarse a esta nueva realidad con discursos maniqueos, limitados en lo ideológico o en lo cinematográfico. El reciente estreno de Monstruoso (Cloverfield, 2007) es, en este sentido, una buena noticia. Porque abre -sin explotarla tanto como cabría esperar- una nueva vía para el cine de catástrofes (o de atentados) en el que el monstruo -perfectamente equiparable al terrorismo internacional- aparece de la nada, derrumbando los cimientos de una civilización en la que, al final, uno sólo puede valerse por sí mismo. La grabación de una pequeña cámara digital (manejada quizás con excesiva habilidad por uno de los protagonistas) se convierte en el testimonio más veraz de una masacre inabarcable para los medios de comunicación oficiales que, tal como sucedía en la interesante pero fallida Redacted, han perdido ya su capacidad de reflejar la realidad.

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En el punto de mira, la segunda película de Travis, arranca, precisamente, en la improvisada sala de operaciones de uno de estos mass media, una cadena televisiva norteamericana en la que nada es verdadero o mínimamente imparcial. Los presuntos periodistas no se dedican a informar, sino a manipular el inverosímil escenario -la plaza Mayor de Salamanca- en el que se firmará la paz entre Oriente y Occidente. Consiguen que sus espectadores no vean a los manifestantes antiamericanos, pero se quedan desconcertados ante un hecho que escapa a su control. Alguien ha disparado contra el presidente de los Estados Unidos y el atentado genera una confusión que afecta al propio medio audiovisual. La muerte, de nuevo, se ha retransmitido en directo. Pero el manipulado enfoque televisivo ya no puede ser certero. Y la película, consecuentemente, no acepta la mirada de las cámaras y nos plantea hasta siete puntos de vista alternativos sobre el mismo hecho.

El filme repite reiteradamente el atentado y los actos anteriores e inmediatamente posteriores a éste. De modo que, cada diez minutos, la acción se frena en su punto álgido, las imágenes van hacia atrás y un cronómetro marca nuevamente el momento en el que se empieza a fraguar el ataque. Cada fragmento está protagonizado por un implicado o un testimonio diferente del crimen, pero lo que vemos en la pantalla no interesa tanto como cabría esperar. No hay ni el ingenio de Atrapado en el tiempo ni la reflexión sobre la subjetividad de Rashomon. Y todo se transforma pronto en un gran puzzle posmoderno, en un juego de pistas en el que el terrorismo islamista es una mera excusa argumental y en el que la narración múltiple sólo sirve para mostrar una sola verdad. El verismo que Travis sí supo transmitir en Omagh queda, por tanto, muy difuminado. Y su nueva película se resiente de la ausencia de un discurso cinematográfico adecuado a un terror indescifrable y sin estado.

Aceptando estas limitaciones, no es En el punto de mira un filme del todo desdeñable. Nada hay de la reflexión sobre el presente y sobre el cine que sí se intuía en Monstruoso, pero lo que vemos en la pantalla es moderadamente entretenido, tan ágil y acelerado como un capitulo alargado de 24. Sobretodo cuando, en el tramo final de la película, el guionista se olvida del farragoso rigor estructural y se centra en la acción que envuelve a todos los personajes. Lástima que el pretendido nihilismo moral no sea tal. Porque, tras ver el filme, a uno le queda la sensación de que los únicos personajes positivos son los pro-americanos. No creo que esa fuera la intención de Travis, pero su impersonal trabajo confirma que en Hollywood no es fácil imponer una mirada crítica. Y demuestra que para retratar un nuevo terrorismo es necesario algo más que el reciclaje de fórmulas viejas. Para explotadores de las historias cruzadas ya tenemos suficiente con Haggis e Iñarritu.