En un mundo libre (Ken Loach, 2007)

Por José Francisco Montero

Uno tiene la sensación de que para muchos críticos e incluso aficionados resulta tentador menospreciar el cine más claramente comprometido, del que la obra de Ken Loach es actualmente uno de sus más persistentes representantes. Con frecuencia repudiar estas películas le permite al comentarista resaltar su pretendida pureza a la hora de valorar el cine: se suele decir en estos casos que la loable postura ideológica que mueve a su director no oculta la mediocridad de sus propuestas cinematográficas. Por otro lado, no se puede negar que las inclinaciones discursivas y la escasa profundidad de muchas de las películas del director británico, así como sus convencionalismos narrativos, justifican esa actitud crítica. Pero creo que las debilidades del cine de Ken Loach no deben buscarse ni en sus planteamientos argumentales ni en su puesta en escena considerada así, al margen de aquéllos, sino en la relación que establece su cine entre ambos. Ni el carácter combativo del cine de Loach lo hace mejor ni peor, es cierto, ni las limitaciones de sus elecciones estilísticas y narrativas se pueden examinar al margen de sus pretensiones de denuncia social y política.

Bajo esta perspectiva, la gran contradicción del cine de Ken Loach proviene de la confrontación entre sus aspectos ideológicos y los dispositivos formales que los acogen y les confieren su sentido último: como buena parte del cine social español, el del director británico es un cine combativo en lo ideológico pero en el fondo muy conservador en lo formal —por más que los métodos de trabajo de Loach distan de ser convencionales en algunos aspectos, tales como el trabajo realizado con los actores o el papel que desempeña el guión en sus películas—. De aquí proviene, probablemente, la impresión de obras híbridas e insuficientes que desprenden sus películas, situadas entre el free cinema y los postulados ideológicos que lo movieron, y la política de géneros promovida, casi desde sus inicios, por la industria del cine americana como mejor forma de clasificar sus productos y facilitar una fabricación en cadena parecida a la de otras industrias surgidas aproximadamente por esas mismas fechas, y cuyos fundamentos ideológicos están lejos, desde luego, de los de Ken Loach o los del guionista de casi todas sus últimas películas, Paul Laverty.

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En un mundo libre (It`s a free world. 2007) se ubica en las mismas coordenadas que casi toda su obra, y adolece de similares contradicciones. El film sigue la trayectoria de Angie, una joven que tras ser despedida por sus jefes decide trabajar por su cuenta, formando con una amiga una agencia de contratación, principalmente de inmigrantes, provenientes en su mayoría de los países del Este, cayendo poco a poco en los mismos comportamientos explotadores que manifiestan sus antiguos patronos. Y el tratamiento otorgado por Loach y Laverty a esta historia vuelve a hacer de la mixtura genérica su principal recurso dramático. En esta película los tintes melodramáticos son evidentes, por ejemplo, en la historia del hombre iraní que ha huido de su país debido a la represión política existente en Irán y al que Angie proporciona papeles falsos para que pueda trabajar, rozándose en algún momento, incluso, el sentimentalismo más barato, mientras que los elementos humorísticos tan habituales en Loach, aún presentes, están más diluidos en esta ocasión. Tampoco faltan los componentes provenientes del thriller, en la secuencia en que unos encapuchados entran en la casa de Angie y la amenazan con matar a su hijo si no les da el dinero que debe a sus empleados.

Posiblemente los motivos que explican el habitual —y, lamentablemente, rutinario— recurso a los géneros por parte de Ken Loach estén en la relación que el director pretende establecer con el público al que desea dirigirse, el mismo del que extrae a casi todos sus protagonistas, la clase trabajadora de su país —y a este hecho responde el que En un mundo libre , un film sobre la explotación de los inmigrantes, se centre en Angie, una joven inglesa de esta extracción social, en vez de en uno de estos trabajadores extranjeros, algo similar a lo que ocurría en Ladybird, Ladybird (1994), La canción de Carla (Carla`s Song. 1998), o Pan y rosas (Bread and Roses. 2000), películas en que el tema de la inmigración también tenía un papel importante. El cine de Ken Loach aspira a ser un cine popular, un cine que cumpla una función social que se sitúe en las antípodas de la que define a tanto cine llamado popular: la de despertar la conciencia del espectador en vez de adormecerla; la de orientar la mirada hacia la realidad que nos rodea, antes que la de desviarla de ella. En este sentido, encontramos un momento muy revelador en esta película y que incluso podemos entender como un comentario sobre el cine de Loach y sobre la relación con el público al que en principio va dirigido, sobre las contradicciones que anidan en su interior, en definitiva. Me refiero a aquélla en que Angie y su hijo, poco antes de que secuestren brevemente a éste, ven en la televisión lo que parece una rutinaria película de acción, probablemente proveniente del más adocenado cine americano. Así, este detalle podemos entenderlo tanto como una crítica de la alienación que subyace en estos productos —y Angie es, desde luego, uno de los personajes más alienados, tal vez junto al joven protagonista de Felices dieciséis (Sweet Sixteen. 2002), que ha retratado la obra de Loach— pero también como comentario —probablemente involuntario— de la enorme dificultad de su cine para llegar a ese público al que el director pretende dirigirse.

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No obstante, sus indudables limitaciones no deben motivar que pasemos por alto los méritos de Ken Loach como cineasta. El valor principal de la obra del autor de La cuadrilla está vinculado a aquellas situaciones en que sus personajes dejan de erigirse en portavoces de ciertas ideas —algo que, desgraciadamente, sucede habitualmente: en el caso de En un mundo libre un buen ejemplo sería el del padre de Angie, personaje que ejerce, infructuosamente, la función de ser la voz de la conciencia de Angie, y que recuerda a los que solía incluir, aún más forzadamente, Juan Antonio Bardem en algunas de sus películas— para transformarse simplemente en personajes, con sus contradicciones y sus ambigüedades. Es admirable, en este sentido, la capacidad de Loach para conferir intensidad emocional a muchas de sus secuencias o de sus intérpretes —cosa que consigue más en otros films que en éste, no obstante—. A través de estos métodos de trabajo, y a pesar de que se trate de un cine bastante didáctico, al menos Loach no intenta, en sus mejores momentos, imponer esa verdad sino que surja durante el rodaje, que ésta sea revelada más que proclamada.

En el centro dramático de casi todas las películas de Ken Loach el protagonista se verá obligado a tomar una decisión que determinará el curso de su vida. Esa decisión definirá y conferirá de gran densidad a muchos de sus personajes, de su auténtica vibración emotiva. Si hay un tema nuclear en su cine, más allá de certidumbres y de sus preocupaciones más evidentes, relacionadas con la denuncia de la explotación e injusticias sufridas por los más desfavorecidos, lo describiría con un interrogante "¿cómo mantener la dignidad en el mundo actual?". O en otras circunstancias históricas: con la excepción de Black Jack (1979), cuando una película de Loach se ha desarrollado en el pasado, ya sea durante la guerra civil española, el conflicto irlandés a principios de siglo XX, o la huelga general de 1926, sus preocupaciones e inquietudes han sido básicamente las mismas, lo que no deja de ser coherente, al menos a nivel argumental, con el materialismo histórico que forma parte de la opción ideológica de Loach —aquí, por cierto, encontramos, aún así, otra contradicción en su cine, situado entre estos argumentos que procuran poner de relieve la influencia de los modos de producción y las variables económicas sobre el destino de sus personajes y una puesta en escena que intenta, en la línea del clasicismo más canónico, borrar precisamente esas huellas que los modos de producción han impreso en la propia película, ocultar su carácter de construcción narrativa y de producto comercial—. En esta última película de Loach, y en función de las decisiones que va tomando, el camino de Angie, víctima y victimaria de la explotación laboral, llegará un momento en que ya no tenga vuelta atrás. En un mundo libre es la historia de una progresiva degradación, y no es mérito menor del film que siga este trayecto sin juzgarlo: sin condenarlo pero tampoco justificándolo.

Varios personajes de la última película de Loach afirman en un momento dado que los tiempos han cambiado. El mundo del cine, y en especial el del llamado cine de autor, también ha cambiado mucho en los últimos años. En un mundo libre intenta mirar a un mundo con perfiles aparentemente novedosos, más globalizado y, tal vez, más complejo, pero en el que en el fondo todo sigue siendo igual, de forma similar a como ocurre en esta película respecto al cine de su autor. Para bien y para mal.