John Rambo (Sylvester Stallone, 2007)

Por Raúl Álvarez

La última escena de John Rambo cierra el círculo que iniciara Acorralado: el guerrero, esta vez sí, vuelve a casa y encuentra la paz. Median cuatro películas sobre el desarraigo de la bestia cruel y sanguinaria, el malditismo del héroe políticamente incorrecto, la incomprensión del títere entrenado para matar que interpreta Stallone. O formulado en positivo: la redención del instinto bélico, la vuelta del hijo pródigo al hogar paterno, el hallazgo de su lugar en el mundo. Matices crepusculares de un personaje que sólo ahora, 26 años después de su primera aparición en pantalla, logra asumir con cierta credibilidad el actor neoyorquino, atrincherado tras un rostro cansado, deforme, grotesco, ruinoso; capaz, no obstante, de transmitir la fatiga espiritual de un hombre torturado por la tragedia de saberse buscado sólo para quitar vidas.

La misma naturaleza salvadora predicaba la reciente Rocky Balboa, donde Stallone pintaba con trazo grueso la enésima resurrección del potro italiano. No por casualidad ambos iconos, soldado y boxeador, son el trasunto en celuloide de una figura que ha forjado su carrera profesional con las mismas armas que sus personajes: tesón, músculo y empeño, sin rendirse jamás, paliando talento con constancia, abrazando la autoparodia si es preciso (Spy Kids 3, Alto o mi madre dispara, Demolition Man) en busca de una segunda, tercera, cuarta, quinta o sexta oportunidad. Stallone siempre renace de sus cenizas. Y como el ave Fénix, cada regreso deja a su paso un rastro de fuego y destrucción que riega los rings de sangre y las junglas de cadáveres.

El sentido circular del relato también se revela en la devolución al personaje de su conflicto sicológico original. Siguiendo la novela de David Morrell, Acorralado presentaba el drama de los veteranos de Vietnam que, de vuelta a casa, tenían que luchar en otra guerra: la de adaptarse a la vida civil bajo la mirada recelosa de sus paisanos y el desdén del ejército. Juguetes rotos a los que se aparta de una patada. La tesis de Taxi Driver o El regreso pero envuelta en un discurso más patriótico y revisionista (la película data de 1982, segundo año de la era Reagan, que convirtió la derrota militar en una victoria moral). La segunda y tercera entregas de la saga extirparon esta (ligera) crítica y convirtieron a Rambo en una picadora de carne que, primero, volvía al sudeste asiático para liquidar a los charlies, y, segundo, viajaba hasta Afganistán para borrar del mapa a los soviéticos con la ayuda de unos entonces simpáticos muyahidines (hoy malditos por cobijar a Bin Laden). La guerra fría también se libraba en el cine.

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El Stallone guionista y director de John Rambo restituye este trance en la sique del ex boina verde para devolver cierta dignidad al personaje y, además, justificar sus actos. No en vano el nuevo escenario bélico —la frontera entre Tailandia y Birmania— no guarda relación directa con la política exterior de EE.UU., y el libreto elude cualquier alusión a esa "guerra que no nos dejaron ganar", como se calificaba a Vietnam en los anteriores filmes. Tampoco hay rastro del ejército norteamericano, espías gubernamentales o cualquier otra clase de funcionario del miedo. Stallone está sólo en el infierno y trata de recuperar su alma salvando la vida de unos misioneros. La metáfora piadosa no puede ser más clara.

El problema de la película radica en la diferencia entre intenciones y recursos cinematográficos. Nadie le puede negar las ganas a Stallone, pero su calidad como realizador y guionista apenas raspa el suficiente. Los diálogos bordean el ridículo, el nivel interpretativo de todo el elenco huele a telefilm cuando no a amateurismo, las transiciones entre escenas se ejecutan a golpe de tijeretazo, y la puesta en escena es pobre, pueril y plana. Sobrevuela constantemente la sensación de que todo es una excusa para mostrar el festín final de vísceras, miembros amputados y cabezas seccionadas —el argumento es lo que pasa entre cadáver y cadáver—. Sólo entonces, como en las otras secuencias de acción del film (la incursión en el campamento, la huída por la jungla, el ataque al poblado de refugiados), el director hace gala de cierto pulso narrativo y monta una serie de escenas brillantemente rodadas, de tono hiperrealista, que enseñan la verdadera condición de la guerra: sucia, tétrica, salvaje, inclemente y primitiva.

John Rambo es un viaje al cine de acción de los ochenta, con todo lo bueno y malo que eso comporta. Arquetípica, previsible y ferozmente violenta, pero también entretenida, extrañamente adictiva y sin ambigüedades éticas; otra cuestión es que guste su defensa de las armas cuando no hay posibilidad de diálogo. ¿Fascista? Se me antoja un término gratuito y mal empleado para referirse a una película —y muchas veces a un tipo de cine, el de acción— donde los buenos y los malos no defienden ningún discurso político, sólo su propio código moral o su ambición. La ¿última? batalla de Rambo no es ideológica; el animal entrenado para arrancar corazones se reivindica como víctima de un aparato militar que produce máquinas de matar y luego las abandona. Como Stallone en Hollywood, no se resigna a llevar el cartel de "prescindible" y lucha por reconquistar su humanidad.