Luz silenciosa (Carlos Reygadas, 2007)

Por Antoni Peris

Luces primigenias

Ojala pudiéramos volver atrás y que todo volviese a ser como antes.» comenta hacia el final Johannes, el atribulado menonita protagonista de Luz silenciosa. Ojala pudiésemos volver atrás y contemplar el cine con la misma inocencia con la que lo vimos por primera vez, con los mismos ojos asombrados del espectador que ha contemplado pocas historias y no con la mirada prejuiciada, un tanto prepotente, de quien ha observado tantas veces situaciones, argumentos y personajes semejantes. Por que es precisamente de esa veteranía de cinéfilo encallecido de la que surge el conflicto entre la propuesta de Carlos Reygadas y la recepción que el espectador hace de la misma. Por que cuando contemplamos las últimas escenas de Luz silenciosa sufrimos el choque del deja vu, de lo ya conocido, de los ecos de un mundo ya centenario y venerado que parecen ser pronunciados en vano.

Claro que Reygadas es un habilidoso provocador. Tras la fascinante (y voluntariosamente escandalosa) Batalla en el cielo, no dudo que la iluminación de Luz silenciosa resulta, más que previsible, artificiosa. Me explico (y, atención, puesto que con ello explico el final de la historia). A un conocedor de la historia del cine no le puede pasar por alto las coincidencias de la trama de Luz silenciosa con cintas clásicas, como no le pasaron por alto a Von Trier cuando ratificó con pompa y solemnidad la herencia de Dreyer y La palabra en Rompiendo las olas. Por ello, hay que asumir que Reygadas era plenamente consciente de la mimesis entre el final de su historia y el de la citada obra maestra de Dreyer. ¿Cuál, pues, es su objetivo?

Carlos Reygadas abre y cierra Luz silenciosa con dos secuencias seductoras, simples y a la par tremendamente intensas. La fotografía de Alexis Zabe recoge de modo nítido, asombroso, seductor, la evidencia de la vida, el resurgir diario de la luz y la energía universal que cada veinticuatro horas nos acoge. Reygadas nos lleva desde el infinito espacial a los detalles cotidianos de una comunidad rural menonita en Méjico. En este ambiente bucólico, acompañado de cantos de pájaros, bramar de bravos y mariposas, viven un conjunto de personajes tranquilos en familias felices de niños rubios. Reygadas contempla con suavidad esta falsa Arcadia para desvelar unas pasiones que mortifican y derrotan al más casto de los creyentes. Como Terrence Malick, Reygadas contempla cómo el hombre es un misfit, un inadaptado, de la Naturaleza. Pese a la calmada conducción de una segadora, pese a un relajante baño comunitario en un estanque, hay siempre algo que aleja al ser humano de la perfección. Una tormenta captada con inusual fisicidad (una de las mejores escenas de la cinta) evidencia claramente la exclusión del hombre del paraíso como la eclosión de sus pasiones ilícitas y las dolorosas, escalofriantes, consecuencias que éstas tienen. Pero como en Batalla en el cielo, Reygadas se deja llevar por su afán exhibicionista y lleva la cinta a un punto límite en el citado final. De nuevo nos preguntamos, ¿cuál es su objetivo?

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Plantea Reygadas en sus declaraciones que su intención inicial era trabajar una historia de amor en un ambiente rural. Luego, al ambientar ésta en la rígida comunidad menonita sostiene que la referencia a Dreyer y la milagrosa resurrección de La palabra aparecieron de modo inevitable y con la intención de mostrar que los milagros aun son posibles en nuestra sociedad. En este sentido, cabe valorar Luz silenciosa como un curioso experimento, roto por la impostura de la referencia al maestro danés que aleja a Reygadas de su postulado. Los milagros ya no son posibles ni en nuestro mundo, ni en la sociedad menonita. Como en Psicosis de Van Sant (un caso de voluntariosa repetición), las imágenes replicadas sólo reflejan un curioso esfuerzo de taxidermia.

Pero puede que haya otra explicación. Quizás, tras tan bella historia de amor, entre el amanecer y el crepúsculo, tras las imágenes de los cultivos y la tormenta, de las miradas de dolor y las tiernas caricias de pasión, todas ellas recogidas por Reygadas con esmero y delicadeza en imágenes sutiles y certeras, parece que el director olvida su rumbo y llega al milagro, no por mimesis de la historia de Luz silenciosa con la de Ordet sino por error. Por que la historia, pese a las declaraciones de Reygadas, y también pese a sus detractores, no tiene para mí tanto que ver con un milagro místico como a una renuncia y a una redención por amor, tal y como sucedía en la bellísima e ignorada El final del romance de Neil Jordan y Graham Greene, dónde la amante cambia su vida por la de su amado.

Sea como fuere, pese a esta insuficiente escena, no puedo dejar de sentir, como sentí en Batalla en el cielo, un escalofrío por la belleza que Reygadas me permite ver, fugazmente. Una belleza que se muestra ante unos ojos que añoran las épocas en que el disfrute de las imágenes no estaba condicionado por otras historias, otras películas, ya vividas.