Dejando a un lado Chantaje en Broadway, son comedias tan famosas como El quinteto de la muerte o El hombre vestido de blanco las que han otorgado a Alexander Mackendrick cierto prestigio y notoriedad. Sin embargo, sigue siendo un desconocido, no sólo entre el gran público, sino entre ese ente difuso e impreciso que es la cinefilia. Etiquetado como director británico de comedias de la Ealing, no se acostumbra a tener en cuenta que en su escasa producción —tan sólo nueve películas en toda su carrera— el melodrama o el cine de aventuras conjugan los otros dos pilares fundamentales de su obra. Obvio el tema de la nacionalidad del director, aunque apunto que, en realidad, nació en Boston, donde sus padres escoceses vivían por motivos laborales.
Sospecho que una parte esencial del desconocimiento de la obra de Mackendrick viene motivada por una característica inconfundible y peculiar de su estilo. Si por algo se singularizan las películas del autor de No hagan olas es por la sencillez y corrección con las que describe las situaciones que lleva a la pantalla. Esta marca de la casa que, para algunos, puede transmutarse en una suerte de ausencia de estilo, seguramente, ha producido que el cinéfilo no haya reparado en la magnificencia de la filmografía de Mackendrick prestando más atención a directores en los que lo artístico de sus propuestas cinematográficas resulta más evidente.
Mandy, además de ser un notable melodrama, es la primera de las tres películas que realizó Alexander Mackendrick sobre personajes infantiles. Los otros dos títulos son Sammy, huída hacia el sur y Viento en las velas. Teniendo en cuenta que conforman el 33% de la totalidad de su obra, no parece una cuestión, en absoluto, baladí. Si bien todas ellas muestran el proceso de aprendizaje y conocimiento de sus protagonistas y juegan con el uso de la inocencia como material dramático, Mandy sitúa la acción en la esfera de los adultos y en las repercusiones que sus acciones tienen en la pequeña. Mandy nació sorda y, a causa de ello, no puede hablar. Sus padres afrontan de manera diferente la atención de su hija... y Mackendrick localiza, precisamente, ahí el meollo del filme. Ambos cónyuges buscan lo mejor para su hija, sin embargo, el exagerado cariño y la sobreprotección que el padre, Henry, le da ocasiona más problemas que ventajas, no sólo para la niña, sino para los propios progenitores. Mandy es el centro de atención tanto de los padres, como de los abuelos, generando en su entorno, todo un mundo de complacencia del que resulta difícil escapar. La madre, Christine, busca que su hija sea capaz de entender y de hablar, que pueda valerse por sí misma en un futuro; para ello no dudará en enfrentarse a su propio esposo y a la familia de éste. Una disyuntiva similar presenta el personaje del educador, Richard Searle, que representa una figura idealista que por el bien de los niños que viven en la institución en la que trabaja no duda en hacer frente a quienes desean obstaculizar su labor, en aras de un mayor beneficio económico o político.
Hablar de melodrama en Mackendrick no es sinónimo de sensiblería. Los melodramas de Mackendrick, y el caso de Mandy no es diferente al resto, no buscan la lágrima fácil sino la incitación a la reflexión. Es cierto que el contenido de la película se desenvuelve bajo un aspecto sentimental, pero en ningún momento cae en la cursilería o la compasión. Así, Mackendrick no realiza ningún tipo de subrayado cuando nos muestra los primeros balbuceos de Mandy; tampoco carga las tintas en la escena en la que Mandy juega con unos niños con la pelota en el parque o en el momento en que la niña está a punto de ser atropellada al tratar de salvar a su perro. En esta última escena, la mejor de la película, Mackendrick consigue trasladar al espectador la hostilidad que encuentra el personaje protagonista en lo que para nosotros es un entorno apacible. Retomando la cuestión de la sencillez y la corrección de Mackendrick en su estilo, el plano del camionero de esta escena, riñendo a Mandy por su acción, se convierte en un esbozo del terror, de la misma manera que un patio cerrado con un agujero en la tapia se torna en una alegoría del aislamiento social y en una ventana abierta a los sueños.