Alexander Mackendrick es a día de hoy otro de tantos cineastas parcialmente olvidado. Su nombre ha ido poco a poco desapareciendo como una suerte de científico empeñado en experimentar consigo mismo una revolucionaria fórmula de la invisibilidad, para acabar deambulando, por lo que podríamos denominar imaginería cinéfila, como un ente al que apenas podemos sentir mientras camina a nuestro lado. Todos, estoy seguro, en algún momento hemos podido disfrutar de cualquiera de las películas que jalonan la filmografía del cineasta norteamericano, británico de adopción, y sin embargo tan sólo unos pocos parecen haber retenido su nombre. Pese a que muchos directores contemporáneos no puedan renegar de su influencia, y no sea demasiado difícil encontrar ediciones en DVD de sus películas (hace relativamente poco en España han aparecido varios films de la Ealing que cubren un vacío que a todas luces me parece incomprensible) o inclusive descubrirlas en algún despistado pase televisivo, apenas podemos encontrar estudios o referencias en diversos medios especializados sobre el trabajo de este cineasta prematuramente retirado y convertido en profesor de cine. En realidad nos encontramos frente a una contradicción, un espectador medianamente inquieto posiblemente conocerá y apreciará sin mayor dificultad títulos como El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) o Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957) ¿Es qué los films han tornado invisible a su autor? Mackendrick en realidad nunca ha tenido el prestigio crítico de muchos de sus compañeros de generación, o al menos nunca ha sido lo que podríamos llamar Director-autor estrella; me da la sensación de que ha preferido siempre mantenerse oculto detrás de su cámara, detrás de sus films, como una lechuza escondida entre las sombras, como un brillante artesano al que poco interesa lo superfluo de una profesión cargada de magia. Mackendrick dirigió tan sólo 9 películas, si exceptuamos alguna colaboración sin acreditar y tímidas visitas a la pequeña pantalla, entre las cuales encontramos varias obras maestras. Pero no hablamos de títulos más o menos conseguidos si no de aquellos que a lo largo de los años han sobrevivido, por las razones que sean. ¿Cuáles son las películas en las que podríamos iniciar la búsqueda de Alexander Mackendrick? ¿Tal vez un film tan hermoso como Viento en las velas (A high wind in Jamaica, 1965)? Indudablemente, pero también en Mandy (1952). Precisemos, pues, podríamos rastrear su pista sin lugar a dudas en cualquiera de sus trabajos, pero intentemos encontrar la pista adecuada. ¿Cuál es el título que con el devenir de los años mejor se ha mantenido en la memoria colectiva fílmica? La respuesta creo que es sencilla, El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955). Por desgracia me temo que las nuevas generaciones de espectadores, incluyendo a los más receptivos, no valoran en demasía esta película, que permanece como uno de los clásicos de la cinematografía inglesa y como quizá el más representativo film de la Ealing. Afirmar que las andanzas de este peculiar Quinteto conforman un clásico de su cinematografía de origen me suena a demasiado enciclopédico. Por alguna razón cuando denominamos clásico a un libro o una película quizá erróneamente sigo creyendo que utilizamos un sinónimo amable de viejo o anticuado; incluso me parece que hablamos de algo que ha sido ya archivado, que poco más, pues está perfectamente asumido, puede ofrecernos. Si seguimos por este camino y aceptamos entonces que clásico es, aún siendo drástico, algo casi muerto, fúnebre, perfectamente aprovechable pero inofensivo, El quinteto de la muerte no lo es.
Pese a los más de cincuenta años que ya han transcurrido desde su realización el film continua con una vitalidad asombrosa, un sentido de la observación absolutamente prodigioso, una construcción en imágenes brillante… lo sé, todo esto parece palabrería, pero es cierto, como muchos de los denominados clásicos The ladykillers sigue siendo un ejemplo modélico de realización cinematográfica y de vitalidad, una perfecta muestra de la salud de hierro de los teóricos clásicos anquilosados frente a una producción contemporánea mayoritariamente famélica. Todos y cada uno de los elementos están meticulosamente medidos e integrados, es una de esas películas cargadas de pequeños detalles, en muchas ocasiones casi imperceptibles, que acaban resultando definitivos, desde los cuadros torcidos que adornan toda la casa de la señora Wilberforce, el paraguas extraviado, la melodía de Beethoven sonando una y otra vez subrayando un determinado efecto dramático, o los insufribles loros. Es una de esas películas cargadas de momentos antológicos, hallazgos visuales extraordinarios (uno de los más conseguidos lo encontramos en el último tramo: desde un puente, cubiertos por el humo de las locomotoras, los ladrones van deshaciéndose de los cadáveres de sus compañeros haciéndolos caer a diversos trenes de mercancías). En la propuesta uno de los mayores aciertos lo encontramos en el tono. La premisa (una siniestra banda de atracadores que se hace pasar por músicos aficionados debe deshacerse de la desvalida anciana que durante unos días los ha acogido como inquilinos) propia de una crónica policíaca o incluso un cuento de miedo es abordada desde la comicidad, la sátira, el humor negro, y gracias a este planteamiento se superan totalmente los peligros de un argumento a priori cargado de convencionalismos. Esta subversión genérica tan enriquecedora narrativamente se extiende hasta la forma de abordar a los personajes permitiendo que el realizador esboce unos caracteres inolvidables. La presentación de los principales protagonistas ya nos indica el camino tomado. La desvalida, supuestamente desvalida, señora Wilberforce aparece una mañana dando su habitual paseo, Mackendrick la filma en planos generales atravesando una encantadora calle cargada de colores, mientras escuchamos a su paso una dulce melodía que casi nos rememora una canción de cuna; un primer hecho desconcertante, el cielo a su paso no deja de descargar lluvia, de pronto, la anciana se acerca hasta una mujer y su bebé durmiendo en un carrito y al descubrirla este último haciéndole inocentes carantoñas comienza a llorar desconsolado. La señora va a continuación hasta la comisaría del barrio, en lo que adivinamos es un ritual que se repite casi día tras día, y ante la perpleja mirada de los policías se disculpa por la rocambolesca historia de un platillo volante que denunció con una amiga mientras parece prepararse para irrumpir con una nueva barbaridad. Igualmente interesante resulta la primera aparición del siniestro Profesor Marcus, casi como un espectro. Descubrimos después del regreso de la anciana a su casa una extraña, una inquietante silueta que se mueve fantasmagóricamente alrededor de la propiedad mientras llama a la puerta. Durante unos momentos tan sólo veremos esa silueta que anuncia el fin de la paz del hogar de la viuda. Al abrir la puerta, encontramos a un siniestro personaje, de facciones casi mefistofélicas que en nada remiten a un encantador profesor inglés, músico amateur, como el mismo se presenta. Al igual que sucede con la primera aparición de Louis (o Mr. Harvey), Mackendrick utiliza un interesante juego de luces y sombras, la silueta para Marcus y las sombras que cubren el rostro para quien sin lugar a dudas pensaríamos que es un peligroso hampón. Un último personaje podría ser la propia casa en la que transcurre la acción que se convierte casi en un protagonista más, y conforme avanza el film y aumentan las dificultades de los ladrones para huir cada vez resulta más claustrofóbica, casi como si de una prisión se tratase.
El cineasta en realidad vuelve a narrarnos la clásica historia en que lo extraordinario se encuentra con lo cotidiano, la mezquindad con la inocencia; sin embargo, como se indicaba los roles no tardan en ser aparentemente alterados. La banda protagonista, si exceptuamos el atraco, son filmados en todo momento como unos pobres miedosos atontados que no dejan de sufrir quebraderos de cabeza por culpa de la anciana y sus intentos de no ser descubiertos mientras preparan el plan y una vez ejecutado; es tan reveladora como divertida la secuencia en que Marcus en la estación observa el movimiento de los trenes mientras en la casa Wilberforce sus compinches corren detrás de un loro al que había que dar una medicina. La anciana, por su parte, siempre está rodeada de un halo de teórica inocencia, de dulzura, pero su crispante amabilidad, por ejemplo a la hora de ofrecer una y otra vez una tacita de te a sus invitados, o su facilidad para provocar caos en la vía pública, sólo nos dan las primeras pistas a la hora de descubrir a un personaje mucho más peligroso que los gangsters que se alojan en su propiedad. La banda intenta actuar como unos criminales y apenas resulta una caricatura, la señora Wilberforce por su parte no entra en ese juego de apariencias, es todo un talento innato. Frente a sus inquilinos resulta mucho más cruel, implacable, metódica, sencillamente por que no necesita componer un personaje, simplemente es ella misma, una desvalida ancianita; por supuesto quien finalmente consigue quedarse con el botín después de librarse de Marcus y sus compañeros no es otra que la viuda, y es que la víctima no tarda en convertirse en verdugo. Hablábamos del tono como uno de los mayores aciertos, finalmente Mackendrick vuelve a desconcertarnos, hemos asumido que estamos visionando una comedia, cuando en realidad nos está contando ese cuento de miedo que ya habíamos olvidado: la bruja ha alojado en su caserón encantado a unos ingenuos visitantes y con sus temibles artes ha conseguido embaucar a sus víctimas, antes de hacerlas desaparecer, para salirse con la suya. Así, como otras tantas veces ocurre el demonio se esconde en el último lugar que imaginábamos, en el dulce rostro de una ancianita y no en el terrorífico semblante de un implacable criminal, y hace y deshace a su antojo.
El quinteto de la muerte supuso una de las últimas películas de los estudios Ealing, construidos a mediados de los años 30, antes de ser vendidos a la BBC. Igualmente fue el último trabajo de Alexander Mackendrick en Gran Bretaña, dos años después realizaría con Burt Lancaster y Tony Curtis otra de sus piezas mayores Chantaje en Broadway, en un tono mucho más amargo y desencantado; tan sólo realizaría después otras tres películas. Con su encarnación de satánico líder, Alec Guiness confirmaba por enésima vez su inmenso talento, y quizá componía la que sea una de sus creaciones más recordadas, con permiso del tour de force de Ocho sentencias de muerte (Kind hearts and coronets, Robert Hamer, 1949), Oliver Twist (David Lean, 1948) o Nuestro hombre en La habana (Our man in Havana, Carol Reed, 1959). En el caso de este actor una vez más debemos mencionar la arbitrariedad del devenir de los acontecimientos, a día de hoy uno de los más ilustres intérpretes británicos de toda la historia del cine es recordado únicamente por su funcional, e incluso desganada, creación de Obi-Wan Kenobi en la trilogía original de Star Wars. A nivel de intérpretes, Entre las filas de la improvisada banda encontramos también a unos jovencitos Peter Sellers y Herbert Lom, varios años antes de ser los protagonistas de la saga de La Pantera rosa.
En 2004 unos despistados hermanos Coen tuvieron la desafortunada idea de realizar un remake, protagonizado por un especialmente indigesto Tom Hanks acompañado de uno de los castings mas chapuceros de los últimos tiempos, que resulto una de sus películas más mediocres y que tan sólo consiguió marcar todavía más las excelencias de la obra de Mackendrick, al igual que una forma de hacer cine ya desparecida. Al menos siempre podremos echar la vista atrás.