Whisky Galore! (1949)

Por Sergio Vargas

 El espíritu del “scotch”

Tras unos primeros trabajos para los estudios Ealing tales como diseñar decorados, ayudar con los storyboards y otros de aparente mayor enjundia como la colaboración en el guión de la película de Basil Dearden Matrimonio de estado (Saraband for Dead Lovers, 1948), Alexander Mackendrick tuvo su recompensa y se le ofreció la oportunidad de dirigir su primer largometraje. La película en cuestión, Whisky Galore, es una adaptación de la novela homónima de Compton Mackenzie, que firma el guión junto a Angus Mac Phail. Novela y película se basan en un hecho real, el hundimiento de un barco en plena segunda guerra mundial con miles de cajas de whisky en su interior en la cercanía de unas pequeñas islas escocesas.

En la primera de las comedias que rodó para la Ealing —y que junto a Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949, Henry Corenelius) y Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949, Robert Hamer) de ese mismo año, representó el punto álgido de los estudios— por las que se le cita habitualmente, aún a pesar de contar en su haber con notables contribuciones al cine de aventuras y ese gran drama que es Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, 1957), Mackendrick deja claro desde un principio, a la vez que describe de forma eficaz y narrativamente económica la isla donde se desarrollará la historia y a sus lugareños, que el buen humor no es el de trazo grueso: la voz en off, a modo de parodia de documental, da unas pocas coordenadas para ubicar la isla (mientras muestra planos generales del océano, las olas chocando con los arrecifes, la costa), breves notas sobre los recursos de sus habitantes y la frugalidad con que sobreviven (las imágenes se centran en ellos, pescando, pastoreando, tejiendo redes), para terminar exclamando: «¡Pueblo dichoso, con pocos y sencillos placeres!». Justo a continuación, salen corriendo nueve niños de una casa (con pausa dramática tras cada nueva salida). Sutil alusión al vicio del fornicio, que no es el único de esos pequeños placeres de que habla el narrador. El otro, un amargo día de 1943 se viene abajo. «Algo peor que el hambre, la peste, una bomba o una invasión»: Se acaban las existencias de whisky en la isla.

Del mismo modo que hizo en su siguiente película, El hombre vestido de blanco (The Man in the White Suit, 1951), el empleo de la voz en off permite entrar en situación a través de unos pocos planos bien distribuidos, para una vez metidos en contexto, pasar a las presentaciones. Las de dos de los personajes principales giran en torno a la citada desaparición del scotch (y del irish, y de todos en general), y aunque ellos aún no sepan el papel que el whisky jugará en sus destinos (y será determinante), son informados de una u otra forma del desastre. Por un lado el sargento Odd (Bruce Seton) regresa en barco a la isla, y se encuentra con un multitudinario recibimiento. Cientos de lugareños se agolpan en el embarcadero, más semejantes a un grupo de zombies que a un comité de bienvenida, pero se dispersan rápidamente cuando descubren que el barco no trae “suministro”. Por el otro, el maestro de la escuela, George Campbell (Gordon Jackson) se entera a través de la redacción de uno de sus alumnos (“El Island Queen es un bello barco, pero no ha traído whisky esta semana, y cuando no hay whisky estamos todos muy tristes”) tras una acalorada discusión con su madre que se opone a que su futura esposa (boda de la que se ha enterado por terceros) ocupe su lugar en la casa.

Ambos comparten algo más en común. Pretenden casarse con las hijas (cada uno con una) de Mackroon, el dueño de la oficina de correos. Uno de ellos necesitará el whisky para reunir el valor necesario para enfrentarse a su madre. El otro, para la garrafa que le exige el padre de la muchacha llevar a la celebración previa donde le ha de pedir la mano, el reitach: «sin reitach no hay boda, y sin whisky no hay reitach» El sargento tiene una dificultad extra, y no es otra que Paul Wagget (Basil Radford), el comandante que le ordena impedir que los lugareños asalten el barco con eso que en gaélico llaman agua de vida. Así, se plantea el conflicto alrededor del que gira la película: Wagget y sus hombres serán el obstáculo al que tendran que enfrentarse los dos enamorados, que, eso sí, contarán con la inestimable ayuda de “su” ejército de zombies sedientos.

Es precisamente este “ejército”, la comunidad, exclusivamente masculina, de bebedores de la isla, y su espíritu solidario (por la causa común, claro está), esa unión que hace la fuerza, el verdadero núcleo de la película, y Mackendrick lo refleja sin palabras, con la música por hilo conductor y el brillante empleo de un montaje casi soviético en un par de secuencias destacables como son aquella en que se van comunicando de unos a otros el hallazgo del barco con el whisky, o esa en la que (también con ayuda de las mujeres) comienzan a esconder las botellas en cajas registradoras, estuches de instrumentos musicales, huecos entre rocas, alcantarillas, e incluso la cuna de un bebé, niño dentro incluido, con rápida sucesión de planos plagados de insertos transmitiendo la sensación de urgencia que les acucia ante la inminente llegada de Wagget y su otro ejército, más pequeño pero más profesional.

Pero a pesar del protagonismo de la comunidad, de los dos “jóvenes” casaderos, y de los personajes femeninos con carácter (tanto las hijas de Mackroon como la madre de George se las traen) hay que sobreponer a todos ellos la figura de Wagget, el perseguidor del vicio y la corrupción, creador de barreras y ejecutor de redadas, pero finalmente engañado por unos y otros, tomado a risa y humillado. Él es el personaje de Mackendrick por excelencia que se repite en sus comedias con distintos nombres pero no por ello es menos reconocible: ni bueno ni malo sino todo lo contrario, siempre enfrentándose a la adversidad, y siempre perdiendo en el intento: volveríamos a encontrarlo en el Stratton de El hombre del traje blanco y sus continuas huidas, tanto de las mafias empresariales como del propio proletariado al que pretende beneficiar, en el sr. Marshall de La bella Maggie (1952) y su causa perdida desde un principio con la entrañable tripulación del barco que da título al filme, o en el profesor Marcus de El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955) que se convierte en presa de una indefensa ancianita y unos compañeros que mejor diríanse enemigos. Pobres diablos. Y nos reímos a su costa.