Al fin terminó la edición 58 de la Berlinale que ha sido todo un suplicio en casi todos los sentidos de la palabra. El Festival Internacional de cine de Berlín —o mejor dicho, su director Dieter Kosslick— decidió que este año iba a ser distinto, especial, más llamativo aún... y la promesa nos pasó factura. Pases de prensa abarrotados, conferencias a las que había que presentarse con una hora de antelación para obtener un preciado hueco en la sala, amenazas constantes (no tomen fotos! No publiquen antes de tiempo! No se sienten en las escaleras!...)... a esta Berlinale en la que han brillado más las estrellas del mundo de la música que las del celuloide se le han subido los humos y lo malo es que tras el humo había poco que ver, al menos en lo que a cine se refiere.
Aunque, como suele pasar, este año lo realmente atractivo se anunciaba desde hacía meses en las secciones paralelas, esta periodista optó por ver las películas que optaban a los osos para hacer un repaso final sobre la competición que, al fin y al cabo, es lo que define finalmente un festival. Pobre de mi!, me alejé de la maravillosa retrospectiva dedicada a nuestro gran Luis Buñuel, de los títulos que prometían solidez en Panorama, del ciclo de cine americano sobre la guerra de Vietnam y hasta de esa novedad paralela que mezcla cine y comida y en la que se dice se presentó una de las películas más divertidas del festival : El pollo, el pez y el cangrejo, sobre la que les traslado la recomendación que me han hecho a mi misma.
Pero vayamos a esos osos, tan controvertidos por un lado y obvios por otro, que es lo que ha llegado a los titulares.
Si algo podía anunciar que esta película de José Padilha sobre la eterna guerra de las favelas se haría con el máximo premio de la Berlinale es la polémica y las discusiones que trajo consigo... bueno, y que con Costa Gavras presidiendo un jurado marcado por las deserciones y las caras bonitas con poco peso fílmico (si se me permite presuponer, incluso con poca cultura cinematográfica) sólo podía ganar una película convulsa y política.
Tropa de élite venía precedida por esa fantástica historia de millones de descargas ilegales en Brasil, de su éxito posterior en la salas y la promesa de muy buen cine.
Pero la historia del capitán Nascimento, interpretado por un más que creíble Wagner Moura, que se enfrenta a la misión de lavar las calles de las favelas ante una inminente visita del Papa Juan Pablo II mientras busca un sustituto que le releve en su puesto, se queda para algunos en un mega videoclip muy visual y no tan original como era de esperar.
Si bien es innegable que la imagen y el ritmo de la pelicula de Padilha atrapan al espectador y reflejan angustiosamente el callejón sin salida que supone la relación entre drogas, pobreza y corrupción en las favelas, también lo es que esto no se lo ha inventado Padilha. Tropa de Elite juega con muchos elementos que ya vimos en Ciudad de Dios, algo inevitable por otro lado. Su aportación es la perspectiva policial y la integración en la historia de los niños bien que alimentan la espiral de violencia y muerte en las favelas. Pero si, por una lado, esa integración de los niños ricos está muy bien llevada y nos ofrece una perspectiva distinta, no pasa así con la perspectiva policial.
Aunque esto depende de cada espectador, a menudo ese punto de vista escogido por Padilha huele a justificación y comprensión. La historia de Nascimento, que dirige una de esas tropas de elite llamadas BOPE y que se enfrenta a la paternidad y a unos crecientes ataques de ansiedad, se mezcla con la de dos polis nuevos y buenos, de gran corazón y muchas esperanzas de cambiar el mundo. Frente a ellos no hay ningún personaje sólido de las favelas que les haga la contra. Un personaje humano, que también tenga ilusión, aunque esta esté destinada a acabar pudriéndose. Al final de la historia se busca un equilibrio y se muestra que también los polis buenos pueden ser malos y que no hay salvación, redención ni esperanza en ese mundo. Pero para algunos —entre los que me cuento— no es suficiente, llega tarde, y es esa empatía malograda lo que puede hacer distanciarse y hasta cabrearse a algún espectador crítico.
El director brasileño, que se ha subido al carro de las promesas con este Oso de oro, aseguró en Berlín que no quería hacer una película de buenos y malos, sino simplemente reflejar una guerra en la que ambos bandos son igual de culpables y asesinos —y además, todos ellos son personas, con vidas, emociones, sueños, ambiciones...y ese largo etcétera.
Dicen que Padilha tuvo que cambiar el montaje final para vender algo a las salas después de que todo Brasil hubiese visto su peli por internet. Me pregunto si en el primero cometía los mismos fallos, como ese abuso de la voz en off, en mi opinión tan cargante a menudo, o ese exceso de recursos videocliperos que vuelven loco por momentos.

En definitiva, Tropa de élite es una película consistente y ante todo muy bien hecha, aunque en mi opinión no es la gran película que algunos dicen y que debería llevarse un premio así a casa. Eso sí, no dejen de verla porque da para más de una agradable e interminable discusión.
Por ahí sí que no paso. Estaba tan cantado que da casi vergüenza. La Berlinale iba a por todas y no iba a permitir que el primer documental que entra en competición en la historia del festival pasara sin pena ni gloria, aunque se tratase de un documental efectista, sensacionalista y conciliador. Habrá otras maneras de ver esto que Errol Morris ha llamado documental aparte de la mía, pero yo no pudeo compartirlas.
Salpicado de ficciones y planos pretenciosos y excesivos, entre lo terrible y lo irrisorio por sobrecargado, Morris nos enseña las entrevistas con el grupo de torturadores de Abu Grhaib. Todos, sin excepción, intentan convencernos de que eran jóvenes, inocentes, disciplinados...intentan convencernos de que creían que cumplían órdenes o que actuaban por amor, por lealtad...por Dios ! una de ellas hasta intenta convencernos de que salía en las fotos para poder denunciarlo en un futuro... si es así, y en vista de las amplias sonrisas que muestra junto a montañas de cuerpor humanos, deberían haberle dado a ella el oso de plata a la mejor actriz.
Lo que no puedo perdonarle a Errol Morris, aparte de que su documental sea aburrido y parcial (no vemos ni un testimonio de alguien que no perteneciese a esa unidad ni de una sóla víctima) es que nos convierta en cómplices de lo que ocurrió. Para las mentes morbosas que no hubieran tenido suficiente con las fotos que se publicaron, aquí no sólo las vemos todas sino que nos obligan a ver videos de minutos de duración en los que se obliga a los presos a masturbarse, a crear pirámides humanas o a manterse impasibles ante perros asesinos. La intención de denuncia de Morris —en cuya cabeza debe estar muy asentada la máxima de que el fin justifica los medios— se diluye ante el hecho evidente de que semejante documental aumenta la humillación de las víctimas exponiéndolas ante el público mundial.
Según el director, es cierto que los autores de las torturas son culpables de lo que pasó, pero no los únicos. Hasta ahí de acuerdo. Pero no entiendo cómo cree Morris que su proyecto ayuda a denunciar a los que estaban por encima.
Ni siquiera existe una crítica a esa diferenciación —de la que sale el título— entre acto criminal y Standard operating procedure. Según esta, dejar a un preso desnudo, atado a los barrotes de la celda o a su cama con ropa interior femenina sobre la cabeza durante horas o días no es delito, para el ejército americano es un “standard operating procedure”, por lo tanto no punible. Eso es lo que habría que denunciar y no se hace.
Dice Errol Morris que considera este documental como una película de terror, para mi es puro snuff.
Y si había otra película que venía con el oso debajo del brazo era, sin duda, la mal traducida Pozos de ambición... sólo que en este caso el premio es indiscutible (aunque algunos se empeñen en quitarle mérito a esta película). Paul Thomas Anderson ya había demostrado que era capaz de hacer el mejor cine independiente estadounidense en mucho tiempo y ahora ha demostrado que es capaz de hacer el mejor cine estadounidense de los últimos años, sin más. Su carrera es una línea hacia arriba que no decae. Con esta película Anderson da un nuevo paso magistral y sorprendente. Si hasta ahora habia mantenido cierta línea estilística a la hora de abordar sus historias —ya fuese desde el drama coral a la comedia romántica surrealista— con esta película se rompe esa línea para empezar una nueva que retoma toda la fuerza del cine clásico y lo combina con los mejores elementos del cine actual.

La película cuenta la historia del implacable Daniel Plainview, interpretado por Daniel Day Lewis, que dedica su vida a buscar su riqueza en distintos pozos con un único objetivo, tener suficiente dinero para que todo el mundo le deje en paz. Cuando sus intereses entran en conflicto con los de una pequeña iglesia local formada por una comunidad que posee tierras regadas en oro negro, Plainview se ve obligado a enfrentarse a su alter ego —un joven pastor ambiciosos al que da vida el joven y más que prometedor Paul Dano— y renunciar a todo lo que le importa por ganar su batalla definitiva. Una historia de lucha, ambición, dinero y dolor, sobre todo dolor, contada con cine en mayúsculas.
There will be blood huele a western, sabe a clásico de perdedores natos y ganadores destinados al exilio emocional. El espectador se deja mecer en una historia contada sin prisa, al ritmo de un hombre que busca su fortuna. Muchos la comparan con Ciudadano Kane o incluso con Toro salvaje. La comparaciones siempre son odiosas, pero está claro que pertenece a la elite del mejor cine.
Lo único discutible de este premio es que no viniese acompañado del oso a la mejor película. Está claro que Anderson es el director de orquesta que combina de manera excepcional unas actuaciones sobrecogedoras (cada duelo entre Daniel Day Lewis y Paul Dano va ganando en intensidad y calidad hasta alcanzar el clímax de la película), una fotografía que parece simplemente sacada de otra época previa a la digitalización y una música que se convierte en un personaje más de la historia, desde el primer segundo hasta el último, pero la obra final también debería haber sido premiada. Por cierto, que la música se hizo con ese difuso premio llamado Oso de Plata a la Contribución Artística, en otra de las pocas sabias decisiones de este jurado.
Cuando el sexto día del festival el británico Mike Leigh nos presentó a la hiperbólica Poppy, centro, causa y consecuencia de la divertida Happy-go-lucky, nadie pudo evitar rendirse a sus pies y empezar a reclamar el oso de plata a la mejor actriz para la increíble Sally Hawkins, que aún así pareció muy sorprendida cuando se lo dieron.
El problema es que hasta ese momento, no se había visto ni una sola actuación femenina mínimamente impactante en el festival. Si bien, la oscarizada Tilda Swinton había aportado algo de dignidad a la Julia que nos presentó Erick Zonca (ese falso remake de la Gloria de Cassavetes que no le llega ni a la suela de los zapatos), la película había causado tanta indiferencia que parecía difícil considerarla candidata.

Por eso, cuando dos días después, en esos últimos días de festival que ya nadie toma en serio, llegaron la maravillosa Kristin Scott Thomas, con su increíble papel de «madre asesina» en Il y a longtemps que je táime, de Philip Claudell, o la conmovedora Tarra Riggs en la sorprendente Ballast, de Lance Hammer, nadie quiso cambiar sus quinielas y la feliz Poppy se quedó con el premio que bien se habrían merecido más sus otras dos companieras, especialmente la Scott Thomas. A pesar de todo, nadie puede quitarle un gran mérito a Sally Hawkins: fue la única mujer capaz de hacernos reir hasta las lágrimas en un festival repleto de dramones. A veces hay que premiar también a los que traen sonrisas (aunque sé de buena tinta que más de un crítico acabó desquiciado con la representación de la hiper feliz, buenrollista, maravillosa, solidaria y comprensiva Poppy).
Con el oso al actor pasó lo contrario. Una de las primeras actuaciones arrebatadoras que vimos fue la de Daniel Day-Lewis en There will be blood. Nada hacía prever que alguien pudiera usurpar el premio al fascinante Daniel Plainview. Llegaron las dudas cuando el Ben Kingsley de la Elegy de Coixet consiguió encogerle el corazón a más de uno, y —sobre todo— a más de un crítico cincuentón que se vio reflejado en el David Kepesh de la novela de Philip Roth interpretado de manera magistral (lo mejor de la aventura hollywoodiense de Isabel es sin duda el trabajo de Kingsley y sus escenas compartidas con Dennis Hopper).
Aún más dudas llegaron con Kirschblüten-Hanam —Cherry Blossoms— Hanamii, la nueva película de Doris Dörrie. El viudo bábaro, indefenso y confundido que viaja a Japón en busca del espíritu de su recién fallecida esposa pudo con todos. El veterano Elmer Wepper tenía además otro factor a su favor, que la conocida como “cuota alemana” por la que casi siempre cae un premio a alguien de la casa, estaba aún sin copar.
En los últimos días, aún apareció el siempre genial Nanni Moretti, esta vez dirigido por Antonello Grimaldi en la conmovedora Caos Calmo, una suerte de cuento en el que Moretti se convierte en un padre que tras la pérdida de su esposa decide instalarse en la puerta del colegio de su hija indefinidamente. Grande Moretti! En todo momento. Quizá le perjudicase la famosa escena de sexo gratuito que tanto se criticó en la Berlinale y que les costó incluso la amonestación de un obispo italiano. Qui lo sa?
Ni por esas. Al final el premio, una de las grandes sorpresas de la noche, fue para el iraní Reza Najie por Avaze gonjeshk-Ha / The song of sparrows. Otra de las pocas películas que, al igual que Happy-go-lucky, consiguieron el beneplácito de crítica y público por traer sonrisas al mar de lágrimas.
Y muy en la línea de la Berlinale... cuando no se sabe a quien darle un premio lo mejor es dárselo a una pelicula oriental. El premio al mejor guión fue para la película Zuo You (In love we trust) de Wang Xiaoshuai, que ya ganó el oso de plata a la mejor película en 2001 por Beijing Bicycle. Esta historia de un matrimonio divorciado que se ve obligado a engendrar un nuevo hijo para salvar la vida de su hijo común enfermo de leucemia pretende ser un análisis de los conflictos personales y maritales en la china actual. No es que la decisión no sea respetable... quizá el jurado de la Berlinale sólo quiso premiar guiones originales o se negó a convertir esta Berlinale en la de Paul Thomas Anderson. Si no, es difícil entender cómo no se llevó este premio There will be blood o incluso la más que correcta adaptación que Isabel Coixet ha hecho de la novela de Philip Roth, “El animal moribundo”, para su película Elegy, con esos brillantes momentos que antes nombrábamos entre Kingsley y Hopper. Las demás competidoras, al menos en guión, flojitas, flojitas...
Y los premios de “reserva” —pero también de los más respetados— coincidieron en Lake Tahoe, la película mexicana de Fernando Eimbcke. Siempre pasa, siempre lo contamos igual : siempre hay una película que divide a todos al 50%. La mitad la odian, aseguran que nunca se habían aburrido tanto y dicen frases del tipo “si esto es innovación yo prefiero un blockbuster”. La otra mitad aplaude hasta que les sangren las manos, lo que en otras películas vio tedioso aquí lo ve como arte puro y la defiende más cada día que pasa. Esa fue Lake Tahoe. Yo, una de las que engrosa el segundo grupo más que el primero. El drama de madurez de este joven de 16 años que deja pasar el día de la muerte de su padre reparando el coche y cruzándose con todo tipo de personajes surrealistas destila buen cine. Entiendo que muchos se aburran con los planos interminables y los constantes fundidos en negro. Eimbcke parece ser un fan del cine a cámara lenta. Este mexicano, considerado cantera de Berlinale por haber participado en el 2000 en el Talent Campus del festival, ya nos ofreció en su primera película, Temporada de patos, este tipo de cine. Ahora bien, lo que en ella sí se volvió tedioso e interminable, en esta está cuidado al máximo detalle e invita al espectador a evolucionar al ritmo al que lo hacen los sentimientos del protagonista: poco a poco descubrimos qué ha sucedido, lo aceptamos, conocemos a nuevos personajes, vemos su lado malo, después su lado bueno... nos lleva todo el tiempo de la mano del adolescente Juan. No me extrañaría que Eimbcke se una dentro de poco a la —cada vez más larga— lista de nuevos talentos del cine mexicano.
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Lo cierto es que poco más hay que decir de esta Berlinale tan glamourosa como aburrida. El resto de películas que valieron la pena ya han sido nombradas al comparar los premios. Haciendo un repaso diría que merecieron la pena la alemana Cherry Blossoms-Hanami, Elegy, Happy-go-Lucky, Caos Calmo, Ballast y Il y a longtemps que je táime. Claro, fuera de concurso, tampoco fueron una pérdida de tiempo Shine a Light (sólo para fans de los Rolling y Scorsese), Katyn y el nuevo proyecto del siempre bueno Michael Gondry, Be kind rewind. La Berlinale de las estrellas y de los niños —ominipresentes en casi todas las películas presentadas— no ha dejado mucho.
Es difícil creer que de cuatro películas elegidas prácticamente al azar, debido a la dificultad que conlleva la obtención de entradas en este festival, tratasen todas de dramas infantiles: abuso sexual, agresión, secuestro, alcoholismo... un menú ideal para minar la moral del público.
La primera de ellas fue La rabia dirigida por la argentina Albertina Carri, participando en la sección Panorama. Un drama desarrollado en un ámbito rural argentino, duro, desolador y violento, en el que una niña que no habla (no se da a conocer exactamente por qué) y otro niño al que su padre somete a palizas y explota laboralmente, se ven envueltos en un conflicto entre sus respectivas familias. Una película con escenas de sexo explícitas que incomodan por desarrollarse en presencia de los niños, que abusa de planos excesivamente largos llegando a cansar. Interesantes son las animaciones que se intercalan, a modo de acuarelas abstractas o manchas de tinta, pero que no llegan a conformar un todo con el resto de la cinta, tan sólo un par de ellas enlazan y no rompen la continuidad, el resto parece metido con calzador.
La segunda, participando en la sección de Forum fue “El camino” , película costarricense de Ishtar Yasin Gutiérrez, y si la anterior colocaba el clavo, esta da el primer martillazo, en un contundente alegato contra los abusos y la explotación sexual. Dos hermanos pobres que viven con su abuelo, que abusa sexualmente de su nieta, escapan camino a Nicaragua en busca de su madre. Una película bien hecha, que comienza con atisbos de documental realista y que pasa a una fase en la que parece que el drama se aligera con algunos toques de cuento que no sirven sino para dar el mazazo final al espectador devolviéndolo a la bruta realidad.
Y de esta realidad pasamos a la tercera, “Julia” de Erick Zonca, película francesa en el apartado de competición. Thriller que se centra en el secuestro de un niño por parte de una mujer de unos cuarenta años, Julia (Tilda Swinton), alcohólica y caótica y de cómo este acto dará algo de sentido a su vida. Una historia que intenta rizar el rizo tanto que no hay quien se la crea pero que aún así mantiene la tensión durante sus dos horas y veinte minutos, con una muy buena actuación de la protagonista.
Pero si ya creía que la sección “machaquemos a la infancia” había terminado, estaba muy equivocada. La última película fue la de Damian Harris, “Gardens of the night”, (Gran Bretaña/ Estados Unidos) también en competición y que usa como reclamo publicitario la presencia de John Malkovich, cuya aparición no creo que supere los dos minutos y no es excesivamente relevante. Decir que salí horrorizada es poco, una de esas películas que te machacan la moral tan adrede que dan asco por mucho que se trate de un alegato contra la pedofília, cebándose en escenas muy duras con los dos niños protagonistas, que son secuestrados para comerciar sexualmente con ellos y que serán abandonados después de algunos años a su suerte. Una película para salirse de la sala.
Después de una selección como esta, tengo por seguro que en la próxima edición ya me cuidaré mucho de ir pronto a comprar las entradas y a no confiar en el azar.
(*) un texto de Bárbara Lanzarote