La noche es nuestra (We Own the Night. James Gray, 2007)

Por J.D. Cáceres & A. Díaz Castaño

Imperfecciones e infelicidad

La noche es nuestra, título en España del tercer largometraje del cineasta neoyorkino James Gray (n. 1969) cuyo original, referido a un lema de la policía de Nueva York, se ajustaría mejor a la traducción casi literal “(Somos los) Dueños de la noche”, puede ser vista como el cierre de una suerte de trilogía tanto por lo que supone de continuación a lo expuesto en los dos anteriores trabajos del realizador, Cuestión de sangre (Little Odessa, 1994) y La otra cara del crimen (The Yards, 2000), como por el próximo film de Gray como director: Two Lovers (2008-09), una historia de amor melodramática protagonizada por Joaquin Phoenix y Gwyneth Paltrow; sería una sorpresa (y quizá una decepción) que en esta nueva aventura su responsable se desentendiera de las constantes y características bien diferenciadas de su corta trayectoria, pero el planteamiento y los pormenores de producción (es significativo que haya podido encadenar dos rodajes en menos de tres años, que se vayan a estrenar con apenas año y medio de diferencia) nos sugiere al menos otros contextos y caminos en donde aplicarlos y/o sobre los que experimentar. Los tres primeros films de Gray, inscritos en los márgenes amplios de lo que se puede entender hoy día como cine negro, están caracterizados por una densidad poco común que nace en los escenarios, se desarrolla en los personajes y se alimenta de continuo por atmósferas aparentemente ligeras, pero siempre angustiosas cuando no decididamente insidiosas.

foto

En La noche es nuestra Bobby Green (Joaquin Phoenix), el personaje principal, es gerente de una discoteca de moda en el Nueva York de finales de los 80 cuya inmensidad y ampulosidad refleja el tren de vida que ha alcanzado distanciado de su familia, padre y hermano, policías de profesión. Gray no esconde sus cartas, entiéndase sus maestros e influencias, y siempre parte de ciertos arquetipos genéricos bien reconocibles para profundizar en un tema predilecto del cine americano, pero también en determinadas obsesiones e intereses marcadamente íntimos: en este caso Bobby es un desubicado, inadaptado en parte, que desea vivir su vida a riesgo de ser apuntado con el dedo por su familia, con miedo a no ser aceptado por ser quién es (de ahí que utilice su apellido materno), y con la mirada entre frívola y temerosa; alguien, como antes Joshua (Tim Roth) y Leo (Mark Wahlberg) en Little Odessa y The Yards respectivamente, que regresa a su pasado, retoma sus raíces, para toparse con sentimientos encontrados, sombríos la mayoría, de los cuales ha procurado huir, por unas razones u otras, pero que siempre han estado presentes. We own the night es un recorrido hacia el interior de su protagonista, no a modo de mensaje redentor o moralista como algunos críticos aseguran perezosamente (vid. Carlos F. Heredero en “Cahiers du cinema. España” nº 10), que desembaraza un estado de cosas en el que la traición, la decepción, la pérdida, el sufrimiento destacan con violencia en un contexto aparentemente más cercano y confiable. Un viaje que está más cerca del emprendido por Ferdinand / Jean-Paul Belmondo en Pierrot el loco (Pierrot le fou. Jean-Luc Godard, 1965) que del que llevara a Michael Corleone / Al Pacino a asumir su destino como padrino en la célebre saga de Mario Puzo y Francis Ford Coppola.

Uno de los aspectos más interesantes de La noche es nuestra y que más pueden ayudar a desmontar las teorías sobre su presunto moralismo está en el modo en que Gray describe la delicada situación a la que se enfrenta el personaje de Bobby en la segunda parte del film, casi tan compleja como la que experimentaba Leo en The Yards. Él es un tipo que ha buscado un modo de vida determinado por los espejismos del capitalismo: un trabajo relacionado con lo que (estúpidamente) se ha dado en llamar “el mundo de la noche”, una novia exuberante, un poder y unos contactos que le permiten rodearse de “amigos” en fiestas y celebraciones continuas… Este tipo de vida, que flirtea siempre con la delincuencia, espléndidamente mostrado en el film, se ve interrumpido por una serie de circunstancias que obligan a Bobby a abandonar la comodidad en la que se encontraba instalado y a enfrentarse a graves problemas, arrastrado por el peso de la familia, de las raíces y la tradición. Pero esta decisión, que parece tomar un poco a la ligera y le acaba costando no pocas cuitas, no le “redime” de nada. Antes bien, le sumerge en múltiples incertidumbres y destroza todo lo que había construido con anterioridad, haciendo que su vida se convierta en una auténtica pesadilla. Lo que le sucede a Bobby recuerda a lo que le ocurría al George Bailey de Qué bello es vivir (Frank Capra), personaje que se veía obligado a abandonar sus sueños personales de ver mundo para ocuparse del negocio familiar, lo que le generaba continuas penalidades que le llevaban directamente al suicidio. En ambos films la dureza de muchas de sus situaciones, nunca elidida por sus responsables, elimina cualquier atisbo de lección moral, pues la elección de los personajes no les conduce precisamente a la felicidad… En el fondo, los planteamientos de una película como La noche es nuestra no se encuentran tan lejos de algo de lo que propone Paul Thomas Anderson en Pozos de ambición, donde nos presenta a un personaje cuyas ansias de ambición y “triunfo” económico y social sobre los demás terminan chocando con ciertas leyes, sentimientos y creencias que impiden el total cumplimiento de sus deseos. Del mismo modo, Bobby no puede terminar de materializar sus sueños (que son los de muchas personas de hoy), que pasan por rodearse de una serie de objetos “bellos”, de alcanzar una vida sensual y económicamente cómoda, y todo por el peso de la tradición.

foto

La familia, por tanto, se establece por encima de roles individuales e instituciones colectivas quedando difuminada la diferencia entre el bien y el mal, introduciendo la posibilidad de que aquella no sea solución, ni procure seguridad, ni haga mejores personas. La unidad que dirige el capitán Joseph Grusinsky (Mark Wahlberg), hermano de Bobby, es retratada de manera muy similar al funcionamiento de una banda mafiosa constituida alrededor de una familia líder, fácilmente identificable con aquellas que el cine ha convertido en mito, pero también cargada de veracidad, consiguiendo de cualquier manera matizar personajes, detallar la importancia de los “tuyos”, profundizar en lo angustioso de la narración. Gray obtiene un rendimiento máximo de eventos familiares cotidianos en los que los policías encuentran un intermedio y un lugar para tratar sus próximos movimientos. Esta imagen transversal del cuerpo policial contiene sus mejores instantes en detalles como la elección de una capilla para la reunión en la presentación inicial, la descripción de la comisaría que apenas muestra sus distintivos, los propios procedimientos policiales, la progresiva integración/aceptación del protagonista a modo de nuevo miembro de la “familia”, el tiroteo final…

Síntesis y guía de todo lo expuesto líneas arriba son las tres escenas de acción de este film admirable. Construidas esencialmente sobre el punto de vista de Bobby Green, la primera nos introduce con el protagonista en un mundo hostil del que ya no hay escapatoria, la segunda pone de manifiesto la imposibilidad de controlar lo que ocurre a nuestro alrededor hasta transformarse en una auténtica pesadilla, la última resuelve que el camino recorrido ha servido para perder más que para ganar. Pasado, presente y futuro se perfilan irremediablemente oscuros, desoladores e infelices.