Una tarde cualquiera de 1955, James Dean decidió aprender piano y se matriculó en la escuela donde trabajaba un profesor llamado Leonard Rosenman. No sabemos qué vio el mito en el músico, pero sí conocemos el resultado de su encuentro: Al este del Edén se convirtió en la primera banda sonora del neoyorquino. Y la música de cine tomó un nuevo rumbo. Nacido el 7 de septiembre de 1924 en Brooklyn, Rosenman se formó bajo la tutela del compositor austriaco Arnold Schönberg, uno de los primeros en explorar la composición atonal y creador de la técnica del dodecafonismo [1] en los años veinte. Su carrera quedaría marcada para siempre por esta enseñanza, todo un hito en el desarrollo de la música, pues se alejaba del academicismo melódico de los clásicos en favor de un estilo más imprevisible y azaroso, sin armonías definidas. El liberador virus del jazz también infectaba los pentagramas.
Al este del Edén contenía todos los rasgos estilísticos que Rosenman desarrollaría en su centenar de partituras para cine y televisión. Disonancias cortantes, ansiosas, frenéticas, con punto de partida concreto pero de desarrollo y final impredecibles. Escalas furiosas, ritmos bruscos, crescendos a puñaladas, como si un elefante ciego pisoteara la sección de metales. Ese mismo año de 1955 llegaría Rebelde sin causa, penúltimo éxito de Dean y segunda descarga de Rosenman; música electrizante, rabiosamente fresca y vitalista, sí, pero con un poso de melancolía y desconsuelo, como la juventud desorientada e incomprendida que retrataba Nicholas Ray. La trágica muerte del actor frenó en seco esta prometedora relación. Y Rosenman, sacudido por la inclemencia de la guadaña, se lanzó a la composición de sus obras más tenebrosas. Buenos ejemplos son Edge of the City, a las órdenes de Martin Ritt, o The Young Stranger, con John Frankenheimer, las dos de 1957. Ambos directores avanzaban otra revolución, la de los directores forjados en la pequeña pantalla.
El año 1966 es doblemente importante en la trayectoria del autor. Entonces compone Viaje alucinante, que marca el inicio de su madurez creativa y anuncia su amistad con el cine fantástico. Es una obra compleja en la que destaca el uso de la percusión y el piano con fines ambientales, alcanzando momentos tremendamente asfixiantes y opresivos. En este sentido, sin duda, se anticipa al tono claustrofóbico de El planeta de los simios (1968), del gran Jerry Goldsmith, si bien la historia ha querido que sea ésta la obra de referencia de la técnica atonal. El romance con el fantástico continuó —paradójicamente— en Regreso al planeta de los simios (1970), La batalla por el planeta de los simios (1973), Star Trek IV (por la que fue nominado al Oscar en 1986), la versión animada de El señor de los anillos que Ralph Bakshi rodó en 1978 y Robocop 2 (1990), con guión de Frank Miller. En estas tres últimas desarrolla un estilo orquestal más “convencional”, con melodías identificables y reiterativas, demostrando que también podía ser un magnífico concertista clásico.
En esa línea, no obstante, Rosenman ya había dado muestras de su genio en Barry Lyndon (1975), la obra maestra de Kubrick, por la que recibió un Oscar a la mejor banda sonora adaptada (categoría hoy desaparecida). El músico adaptó con encomiable fidelidad sonora piezas de Mozart, Bach, Schubert o Handel, que, junto a temas de música tradicional irlandesa, componen una de las obras indispensables en la discoteca de cualquier aficionado. Un año más tarde, Rosenman repitió galardón por su trabajo en Esta tierra es mi tierra, de Hal Ashby, donde adaptaba temas del cantante country Woody Guthrie.
Pese al reconocimiento crítico y los galardones, la carrera de Rosenamn se fue apagando paulatinamente durante las décadas de los 80 y 90, colaborando en títulos menores para el mercado televisivo. Ya roto por una devastadora enfermedad neuronal similar al Alzheimer, en la nueva centuria sólo compuso dos partituras, el melodrama italiano Jurij (2001) y el corto francés Si je t’attrape (2005). Su corazón dejó de latir el pasado 4 de marzo, a la edad de 83 años. Su herencia, hoy, se revela como un torrente de imaginación, atrevimiento y experimentación sonora constantes. Un corpus alérgico a las modas y el conformismo que, en muchos aspectos, aún no ha sido superado por las nuevas generaciones. A Leonard Rosenman le tocó la difícil tarea de navegar entre dos épocas: el sinfonismo romántico del Hollywood dorado y el eclecticismo estilístico que se impone a finales de los 60. Él fue el mejor cronista de esa tierra de nadie, borrosa, sin barandillas, tan cegada por el brillo del pasado como por las brumas del futuro. Un tiempo reservado a los valientes.
[1] Al contrario de la música tonal, que hasta fines del siglo XIX estaba basada en el uso de tonalidades (do mayor, la menor, etc.), Schönberg empezó a utilizar todas las alturas de la escala cromática occidental (como si tocara todas las teclas del piano, tanto las negras como las blancas), por supuesto de manera no ordenada (si no, sonarían como simples escalas cromáticas).