West of the Tracks (Tie Xi Qu. Wang Bing, 2003)

Por Antoni Peris i Grao

Vía dolorosa al nuevo mundo

La hernia discal, el desplazamiento de un disco intervertebral fuera de su espacio, suele causar problemas a largo plazo a aquellos quienes lo padecen por la compresión de las vías neurológicas que salen de la medula espinal. Es muy característica de este conjunto de síndromes la compresión de las raíces del nervio ciático. El síntoma, la ciática o ciatalgia, es un dolor, inmovilizante, sordo en ocasiones, lancinante en otras,  que se puede dar de modo independiente a otros trastornos puedan aparecer. En algunas ocasiones, la dolorosa afectación de estas vías sensitivas puede persistir meses o, incluso,  reaparecer años más tarde recordando la lesión que hubo, el peligro que persiste, la anormalidad con la que convivimos

Sirva esta reseña médica para ponernos en situación de valorar un par de fenómenos que se dan la mano en estos albores del siglo XXI. Por una parte, un auténtico cambio histórico en la sociedad china, en el mundo global. Por otra, la capacidad de un nuevo cine, de una nueva manera de entender el cine, de crear arte y simultáneamente recoger la realidad más inmediata. Y sirva también para desahogarme en una catarsis por el visionado harto masoquista de una obra de 10 horas de duración, que dio como resultado una dolorosa parálisis prolongada en ciatalgia.

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Blood in the tracks

Shenyang es una capital industrial del noreste chino. Desde primeros de siglo, durante la invasión manchú y en toda la época comunista, la ciudad se fue hipertrofiando y creciendo en torno a numerosas construcciones que tenían una vida autónoma, que contenían auténticas poblaciones de trabajadores y que desarrollaron barrios enteros y líneas de ferrocarril para autoabastecerse.  Tras una estancia de años en Shenyang, Wang Bing recoge lo que no sólo es el desmantelamiento de las fábricas sino de toda una civilización. Las fábricas se cierran progresivamente, los barrios se derriban para dar paso a construcciones más modernas y las líneas de tren se van quedando sin vida, sin conducción.  Las imágenes que Wang Bing nos ofrece no constituyen, sin embargo, un testimonio documental. Como en las mejores cintas de estos primeros de siglo, Wang Bing elabora algo más que un reflejo de unos hechos reales. De modo semejante a la ficción creada por Guerín en su Tren de Sombras, Wang Bing, rebusca en los tiempos muertos. En las charlas informales de los obreros en la sala de relax, se desarrollan microtramas en torno a apuestas impagadas y deudas, a más que supuestos desfalcos o desvíos de fondos y la degradación física de los espacios de trabajo. Degradación física que es metonimia de la degradación moral de un imperio que devora a sus propios hijos. Hábilmente se evita dar explicaciones sobre los motivos por los cuales se cierran las industrias. No se desgrana cronológicamente el proceso de cierre ni queda claro el destino de los trabajadores (excepto el grupo que es enviado a un sanatorio para, corolariamente, ser tratados de enfermedades laborales que adquirieran años atrás). Los retazos de vida de los futuros parados, las salas de elaboración de las planchas metálicas o los despachos desarbolados son (como las poblaciones arrasadas para la construcción de la presa de las tres gargantas que Jia Zhang Ke recoge en Naturaleza muerta) los reflejos más evidentes, más claros, de una sociedad desgajada.  Hay, por otro lado, en la primera parte de la trilogía, Óxido o La Fábrica, un perturbador conjunto de imágenes que tienen tanto de fantasmagórico como de doloroso. Los últimos días en las factorías los obreros recorren los vacíos pasadizos, las pasarelas metálicas, los subterráneos o las salas de elaboración de las planchas. Todos ellos son inquietantes y remedan tanto a los espacios orgánicos de Alien como los antropomórficos de Solaris o Stalker

Hay una escena de insólita cotidianeidad en Óxido. La falta de presupuesto cortó la calefacción en las fábricas y los funcionarios deben abandonar sus despachos durante el invierno. A su regreso, se encuentran con que las cañerías reventadas por el frío han dado lugar a una extensísima helada bajo techo. Unos y otros tratan literalmente de romper el hielo en sus respectivos espacios laborales y luego, pragmáticamente, esperan el deshielo. Restos o La calle del arco iris, segunda parte de la obra, se mantiene en este tono y mantiene la estructura más próxima al documental más clásico. Durante varias horas Wang Bing resume el exilio inminente de la población de todo un barrio (más bien un pueblo) que está siendo desahuciada. La cámara se introduce en todos los rincones de las barracas y contempla con tristeza como los deseos de resistencia se diluyen cuando los vecinos abandonan su vivienda. A Wang Bing no se le escapa nada: el dolor por el cáncer de una madre y esposa, la aparición de nuevos oficios entre los que recogen material de deshecho, el desinterés por el desenlace de los más jóvenes (que emparenta también la obra con Jiang Zhang  Ke si recordamos la desidia de algunos personajes de El carterista o de Plataforma).

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Sea por agotamiento del espectador o por su estructura más clásica, Restos no resulta tan atractiva como Óxido, aun siendo tan implacable en su análisis social. Raíles, la tercera parte de tan magna obra, recupera la magia en sus hipnóticas imágenes. Si Óxido basaba su estructura fílmica en estructuras físicas y Restos lo hacía en seres humanos, Raíles basa su dinámica en ambos recursos. La megalomaníaca construcción de miles de kilómetros de vía a través y en torno a Shenyang es el resto más evidente de la muerte de sus órganos vitales. Aun cambiando los barrios, aun derribando las fábricas, los raíles vacíos siguen poniendo en evidencia el doloroso cambio, son la ciatalgia persistente que delata lesiones ocultas, enfermedades que toda una sociedad trata de ignorar. Wang Bing retrata la sensación de naufragio, de desolación y, finalmente, de supervivencia a través de la historia, recogida en intermitencias, del viejo Du, el único habitante de la zona de raíles que vive en sus carnes la eliminación del tránsito ferroviario. Como en la ciática, como en los miembros fantasmas (extremidades que dejan la persistencia del dolor tras ser amputados), la ausencia sigue doliendo. Aunque la lesión tenga su origen en otro punto, el dolor recorre los raíles, ahora vías de transmisión dolorosa, y se refleja en puntos insospechados. Como en el corazón del hijo de Du que, cuando su padre ha sido arrestado, irrumpe en desgarradores sollozos a moco tendido ante la impavidez de la cámara o se emborracha  y humilla en la escena del reencuentro. Ante tan escasos signos de humanidad, Wang Bing se concentra en los silenciosos convoyes que progresivamente menguan su presencia y en la persistencia de los raíles, inmutables, perennes, que la cámara recoge cruzándose, trenzando sus caminos, separándose y viajando en paralelo. A las diez horas de película, el espectador ignora todo posible dolor y sigue hipnotizado una de las imágenes de mayor capacidad cinematogràfica.

Un mundo bajo las aguas

Si la obra de Wang Bing merece admiración no es sólo por su valor cinematográfico. También por la capacidad de retratar un cambio histórico: el crecimiento, desbordado, de la nueva China. No hay en la historia del cine una situación semejante, contemplada en paralelo, contemplando la  evolución del mundo con los nuevos medios. La Revolución Rusa, si acaso, estuvo mediatizada por el poder, la postguerra de los Balcanes por los recursos económicos… El gran salto adelante, hace tanto propugnado por los líderes comunistas, ha devenido un chapuzón en el capitalismo. Se habla de un socialismo a la china en su primera fase. Se plantea que el enriquecimiento social es imprescindible para que este socialismo triunfe de modo equitativo en todas las capas sociales en un par de generaciones. Puede que sea una estrategia sincera o puede que sea un auténtico objetivo del pragmatismo de la República popular. En cualquier caso esta nueva revolución ha implicado la movilización de decenas de millones de personas, de las zonas rurales a las capitales, del interior a la costa, de los antiguos domicilios de “pudongs” a bloques de viviendas. Un Zhang Yi Mou pre folklorico y pre olímpico lo retrató con brio. Una sociedad histérica ávida de dinero y éxito era retratada sin piedad en Keep cool. Pero, una vez adocenados los maestros chinos de generaciones previas (el propio Yi Mou y Chen Kai Ge), parece que la exportación oficial de valores se limita a “autores” de final feliz para enfrentarlos a francotiradores como Wang Bing o Jia Zhang Ke que crean sus obras al margen del sistema y que tienen grandes dificultades para exhibirlas fuera de su país y, prácticamente, nulas en el interior del mismo.

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Getting home, la última película de Zhang Yang (autor de La ducha) concluía el viaje de su protagonista, tras un recorrido amable por la China rural, repleto de incidencias y adornado de personajes positivos, a las orillas de la presa de las tres gargantas. Era una especie de Little Miss Sunshine en versión china (toques ácidos para que no empalague tanto edulcorante y una crítica social muy discreta junto a una versión light del Capra más light) y que tenía todos los parabienes oficiales. Nada que ver, pues, con Naturaleza muerta cuyo inicio y desarrollo tiene lugar precisamente en la presa de las tres gargantas.  Jia Zhang Ke retoma temas ya presentes en The World, como el empobrecimiento de las zonas rurales de China o la fiebre constructora sin medidas de seguridad, para retratar un cambio que sepulta miles de kilómetros cuadrados de la vieja China y, simultáneamente, su alma. Por que el espíritu que enarbola, poco disimuladamente, la nueva China es el del enriquecimiento y las apariencias. En la presa de las 3 gargantas, junto a los viejos templos y a los pueblos derribados, se sumergen las esperanzas de mejora de varias generaciones comunistas. Los personajes de la película son náufragos, arrastrados por la crecida de unas aguas falsamente socialistas y en las que han proliferado los tiburones capitalistas. Si en otra película próxima, Election 2, Johnny To nos daba a probar las recetas que en los nuevos territorios y en las zonas especiales permiten el rápido enriquecimiento (una suerte de joint venture entre administración y mafia, más allá del puro soborno o la corrupción más clásicas), Jia Zhang Ke retrata las consecuencias desoladoras de estas técnicas. La soledad, el desarraigo, la desorientación son simultáneamente las de los individuos y  de la sociedad. Las casas arrasadas pueden ser substituidas, los hogares no. Las poblaciones pueden ser reconstruidas; pero no los pueblos. Por que en el intervalo que transcurre entre el desalojo y la reubicación, este nuevo contexto chino pierde su alma. Si los personajes de El mundo erraban en una ficción globalizada, esta ficción ha invadido, ha infiltrado, lo que hasta hace unos años fue el mundo real.

De este modo el cine recoge, con fidelidad extrema, los cambios morales de una sociedad. Quien sabe si del mundo entero. Y, de modo significativo, este testimonio tiene lugar mediante un nuevo tipo de cine. Un cine que busca el relato más por las imágenes que por el guión. Wang Bing nos trae un tren de sombras que evoca un mundo en extinción y, sin necesidad de establecer una crónica, nos permite sentir el mismísimo final de una era. Jianz Zhang Ke empieza planteando una narración que toma por excusa la disolución de este mundo para efectuar una vuelta de tuerca estética. Su propuesta vincula así la desaparición de los pueblos y la anulación de las relaciones humanas con una extinción de la propia narrativa que, a mitad del relato, se desdibuja. El resultado de la observación de este mundo nos trae una serie de sensaciones. Y, sobre todas ellas, como una vía dolorosa, perdura el dolor que recuerda todas las ausencias, todas las pérdidas.