10.000 (10,000 B.C. Roland Emmerich, 2008)

Por Ismael Marinero

Entre rastas, mamuts y pirámides

Cuando uno va al cine a ver un previsible blockbuster como 10.000 tiene que tener varias cosas en cuenta: el contexto histórico es un simple pretexto, los personajes son arquetipos, el guión sigue rigurosamente la plantilla de un manual al uso (inicio impactante, puntos de giro, estructura en tres actos...), los efectos especiales deciden toda la puesta en escena y, lo más importante, la credibilidad o verosimilitud de los acontecimientos es absolutamente prescindible. Roland Emmerich, experto en bodrios hipertrofiados como Independence Day (1996), Godzilla (1998) o El patriota (The patriot, 2000), ha pergeñado, siguiendo los pasos arriba indicados, una incongruente leyenda sobre «el primer héroe» (sic), un “elegido” a la manera de los relatos homéricos que tiene el sagrado deber de salvar a su chica y a su esclavizado pueblo siguiendo una profecía ancestral. Tan exagerado es su escaso interés por la coherencia histórica, cinematográfica y hasta argumental, que 10.000 se convierte en un insulto permanente a la inteligencia del espectador, una sucesión de lugares comunes y espectacularidad digital (todos y cada uno de los planos parecen retocados por ordenador, sobre todo los cielos, que a veces parecen grimosas postales viradas con Photoshop) que debe engrosar la lista de peores películas del siglo XXI. Todo es tan de pega como los ojos azules de la actriz protagonista, Camilla Belle.

Vista la escasez de películas ambientadas en la prehistoria, parecía una buena oportunidad para, a la manera de Apocalypto (Mel Gibson, 2006) con el imperio maya, dar una vuelta de tuerca al subgénero y hacer una buena película de acción prehistórica. Nada más lejos de la realidad. Emmerich prefiere centrarse en el pastiche fantástico-aventurero, presentando a un héroe débil que lidera a su pueblo por mera casualidad y desviando todo el interés a las caóticas y poco efectivas (que no efectistas) escenas de acción. Las estruendosas estampidas de las manadas de mamuts, preparadas para que al público y se le desencaje la mandíbula y se levante de sus asientos, en los que canta demasiado la tecnología digital y eso que Emmerich, según dice él mismo, ha esperado varios años para que se desarrollaran programas y ordenadores lo suficientemente potentes como para recrear a las fieras prehistóricas. Sin embargo, el tigre dientes de sable y una especie de aves gigantescas, a medio camino entre las avestruces y los dinosaurios, tampoco dan la talla que se le supone a una gran superproducción con casi 100 millones de dólares de presupuesto.

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La mezcolanza arbitraria llega hasta tal punto que los personajes empiezan su periplo en las montañas y atraviesan una espesa selva, la sabana y el desierto como si todos estos paisajes estuvieran realmente conectados entre sí y fueran accesibles a pie. El último tramo de la película, en el que el héroe con rastas ha convencido (en inglés, por supuesto) a todas las tribus con las que se ha topado para rescatar a sus seres queridos secuestrados, es el colmo. Emmerich se saca las pirámides de la manga, las relaciona con una civilización extraterrestre (como ya hizo en Stargate) y, por medio de varias tomas de helicóptero, presenta la grandiosidad (y los pixeles) de un escenario a orillas del Nilo en el que miles de esclavos construyen una gigantesca pirámide ayudados por... ¡mamuts! Tras una serie de hazañas del héroe, unos san fermines con mamuts rampa abajo y la presentación del malo malísimo sutilmente (es un decir) alienígena, Emmerich riza el rizo con un último y chapucero giro de guión que no desvelaré, pero que acaba con toda esperanza de ver algo mínimamente coherente en esta historia.

Comparando la propuesta de Emmerich con otras películas a priori similares, por ejemplo, 300 (Zack Snyder, 2006) las diferencias son abismales. La apuesta de Snyder, sin ninguna pretensión de rigor documental, por lo menos ofrece algo nuevo, una estética heredera del cómic propia y radical, un espectáculo digno de ser visto y un uso original y arriesgado de la tecnología digital. Por el contrario, 10.000 fracasa en todos sus intentos: no hay épica alguna, la estética es risible, el guión un pastiche y el final, lamentable.