Aunque, en apariencia, si alguna cosa no se le puede reprochar a la filmografía de Marc Forster es su alejamiento de la estereotipia, no deja tampoco de sorprender su tendencia al discurso acomodaticio, su propensión a trabajar con moldes construidos con trazos singulares pero que finalmente acostumbran a esconder un contenido complaciente.
Cada nueva película del director de origen alemán (aunque criado en Suiza) parece suponer un nuevo riesgo que afrontar. Así, su más que prometedor debut (al menos en nuestro país, ya que Forster cuenta con dos películas anteriores) con Monster's ball —un despiadado melodrama que narraba la relación entre un racista incapaz de querer a su familia y una mujer de color que acaba de perder a su marido en la silla eléctrica— fue seguido de la algo más anodina Descubriendo Nunca Jamás —una ingeniosa y edulcorada biografía de los últimos años de vida de James Barrie, el autor de “Peter Pan”—; y a este título le siguieron las arriesgadas pero fallidas Tránsito —un rebuscado y, a la postre, vacío thriller psicológico al estilo de La escalera de Jacob (Jacob's Ladder. Adrian Lyne, 1990)— y Más extraño que la ficción —un agradable, aunque un tanto hueco también, relato a lo Charlie Kaufman—. Que después de realizar Cometas en el cielo se decante en su próximo proyecto por la nueva entrega de las andanzas de James Bond ya no es una nueva señal del gusto de Forster por andar nuevos caminos, sino la constatación de su inclinación constante a mudar de ambiente.
Sin embargo, aunque este posicionamiento sea digno de encomio no resulta suficiente si no va acompañado de un trasfondo más sustancioso. A excepción de Monster's ball, cuyo cerrado esqueleto argumental sostenía por sí solo la película, el resto de títulos de Marc Forster acaban cayendo en la mayor de las complacencias. El problema de su cine radica en que sus propuestas muestran una apariencia de consistencia y madurez que se termina por diluir en un aspecto mucho más trivial y pueril de lo que el director sugería en un principio.

Cierto es, y en ello se arraiga la gran baza del cine de Forster, que éste no descuida en absoluto el aspecto visual de sus cintas —por poner algunos ejemplos podríamos hablar del mundo imaginario de James Barrie, de todas las florituras visuales que pueblan Tránsito, del reloj que marcaba el tiempo de vida que le quedaba al protagonista de Más extraño que la ficción o, por situarnos en la película que nos ocupa, de las batallas de cometas que, por cierto, no se hallan tan desarrolladas en la novela de Khaled Hosseini—; sin embargo, nos queda la sensación de presuntuosidad, de fingimiento de una elegancia que no posee. En definitiva, nos queda la añoranza de la película que adivinamos, aquella que pudo haber sido.
En Cometas en el cielo, y como ya sucedía con Descubriendo Nunca Jamás y Más extraño que la ficción, bajo el envoltorio de pesimismo que la envuelve, encontramos una visión optimista de la vida y el ser humano. Optar por esta forma de concebir e interpretar el mundo no es un motivo adecuado y suficiente para desdeñar el film. La contrariedad surge cuando, después de haber situado en el punto de mira cuestiones tales como el destierro, la represión, el genocidio y la culpa —temas, todos ellos, de evidente hondura—, la película se desliza por los caminos más trillados del american way of life, del melodrama desaforado con tendencia a la lágrima fácil, de las escenas de huida en coche con tiroteo incluido —para qué tanto entrenamiento militar si luego son incapaces de dar al blanco— o de aquellas otras ya del todo inverosímiles —la llegada, a Estados Unidos, del protagonista y el niño que ha ido a buscar a Afganistán... sin el más mínimo movimiento de sospecha de los puestos de control de aduana del aeropuerto—.
En la llamada telefónica que recibe el protagonista de la película y que hace tambalear su posición de bienestar en Estados Unidos, su interlocutor le hace ver que “hay un camino para volver a ser bueno”; poco antes, al recoger de una caja un ejemplar de su primera novela, su mujer le musita “es tu bebé”... Así, de puntillas —o de manera sutil, según se quiera ver—, Marc Forster pasa por cuestiones de total importancia en la película como, en este caso, el proceso de culpa-expiación del protagonista y la imposibilidad de la pareja para tener hijos. Son momentos aislados, como el de la espléndida escena de la competición de cometas que termina con la violación de Hassan, los que nos hacen olvidar las deficiencias de la propuesta de Forster para deleitarnos con la maravillosa película que no fue pero pudo haber sido.