Si bien hay casos excepcionales, lo cierto es que a la mayoría de los occidentales nos es imposible comprender plenamente la cultura nipona y su cine en particular. No debe ser esta una mera excusa geográfica para no hablar con propiedad sobre los cineastas procedentes de aquellos lares, pero sí una advertencia contra las afirmaciones grandilocuentes y el aún no olvidado efecto kimono en el que la fascinación por lo exótico nos impide valorar la verdadera relevancia de las películas comentadas. Las reacciones entusiastas a la trilogía samurái de Yôji Yamada son, en este contexto, plenamente comprensibles porque en El ocaso del samurái (Tasogare Seibei, 2002), La espada oculta (Kakushi ken oni no tsume, 2004) y esta Love & Honor (Bushi no ichibun, 2006) se perciben los rasgos de lo japonés, de aquéllo que nosotros esperamos del cine llegado de aquel país. ¿Pero son realmente singulares estos chambaras? ¿O no son más que arrebatos nostálgicos de un director veterano?
La respuesta a estas dudas es difícilmente posible sin el conocimiento exhaustivo de un género prácticamente olvidado en Japón durante los últimos 40 años. Pero si nos fiamos de nuestro limitado conocimiento (al menos del mío), veremos que formalmente estamos ante tres películas no precisamente modernas sino más bien clásicas. No es esta una característica necesariamente negativa. Aunque sí un sorprendente anacronismo que, tras dos filmes brillantes, nos lleva a preguntarnos sobre la necesidad de una Love & Honor que apenas aporta ingredientes a lo ya cocinado en las dos propuestas anteriores. Y más cuando Yamada no tiene el talento de un Ozu, un Kurosawa o un Mizoguchi para repetir fórmulas sin generar hastío en el espectador.
Esta vez, el protagonista es Shinnojo (magnífico Takuya Kimura), un samurái humilde casado con la bella Kayo (Rei Dan). Su rutinario trabajo consiste en catar la comida de un Gran Señor del periodo Edo, pero su máxima motivación es pasar tiempo junto a su esposa y fundar un dojo donde educar a niños en el arte de la espada. Quedarse ciego -un elemento recurrente en el imaginario japonés- tras intoxicarse con un molusco romperá, sin embargo, todos sus planes. Y Shinnojo deberá defender su honor en la oscuridad.
Partiendo de esta premisa, Yamada reincide en una épica de la clase trabajadora de tono crepuscular. De nuevo estamos en los últimos días de los gobiernos Samurái y Shogun, pero aún hay quien conserva sus valores, quien lucha por lo que cree en la pequeñez de su hogar. El héroe cotidiano se enfrenta a un mundo que desconoce y, desde su insignificante singularidad, debe compaginar su vida con las inevitables transformaciones sociales. Shinnojo es, en este sentido, ligeramente diferente al Munezo de La espada oculta y al Seibei de El ocaso del samurái. No percibe tan de cerca el hundimiento de su época y, aun siendo un tipo de estirpe modesta, no se conforma con su situación personal. Su ambición es mayor a la de los resignados protagonistas de los dos anteriores chambaras y, tras coquetear con el suicidio, decide luchar por sus esperanzas. De ahí su valentía en el tradicionalmente catártico combate final, una lucha en la que Shinnojo no participa por las obligaciones de su clan sino por sus propias convicciones.

El combate discurre en la pantalla al ritmo sosegado marcado por Yamada que filma la secuencia cumbre de su filme desde la claridad expositiva, respetando el tiempo real del enfrentamiento y jugando con el sonido como elemento clave para el samurái ciego. Hasta ese momento resolutivo, el director maneja una trama previsible con ternura, consiguiendo captar la intimidad de unos personajes superados por las circunstancias. Tan respetuosos como débiles, los dos protagonistas se mueven además por un entorno vivo en el que incluso los insectos ocupan su lugar en el plano. Una meticulosidad exquisita que no impide una sensación de déjà vu en el espectador, obligado a contemplar una historia demasiado codificada en un género extinto al que sólo conviene regresar si hay algo interesante que aportar.
El distanciamiento irónico de Takeshi Kitano en Zatoichi (2003) y el acercamiento transgresor y moderno de Nagisa Oshima en la genial Gohatto (Taboo, 1999) son buenos ejemplos de ello. Pero Yamada fue también capaz de convencer desde una esencia más clásica en la desmitificadora El ocaso del samurái y en la emotiva La espada oculta. Dos propuestas en las que el veterano cineasta -muy apreciado entre sus conciudadanos por sagas como la del simpático trotamundos Tora-San- demostró ser un artesano inteligente y atento. Un realizador que, tras años dedicado al cine más popular, supo encontrar un terreno fértil en el que sembrar su profundo conocimiento de los roles sociales y, a su vez, cautivar a la crítica internacional.
En Love & Honor su discurso no deja de ser valioso y hasta, en su sencillez y humanidad, a contracorriente. Pero ni el tempo narrativo del filme atrapa al espectador ni los sentimientos de los personajes traspasan la calidez del tatami. Estamos, por tanto, ante un chambara sólo apreciable en el que uno echa de menos más riesgo por parte de Yamada y sus guionistas. Aunque, a la postre, la película ofrezca suficientes muestras del talento de un realizador al que urge investigar a conciencia. Seguro que, más allá de esta trilogía, existen otras joyas escondidas en su extensa filmografía de hasta 72 películas. Con casos como éste, la historia del cine aún está por escribir.