Love Sick (Tudor Giurgiu, 2006)

Por Antoni Peris

Promesas del Este

Me sabe mal ser repetitivo pero es inevitable incidir en el comentario generalizado que ya se daba en la Mostra internacional de cinema europeu contemporani celebrada el pasado año en Barcelona. ¿Se puede hablar de cines nacionales? Estamos ante una avalancha de cine yanqui enfrentada a la resistencia de pequeños núcleos creativos. ¿Se corresponden éstos a ideas nacionales, culturales o sociales? ¿O se trata simplemente de actividades creativas o industriales que encuentran salida en un determinado punto geográfico? Dicen que dinero llama a dinero y parece ser que cine llama a cine. Mientras esperábamos la llegada de la aclamada 4 meses, dos semanas y dos días, cinta bendecida en Cannes, se estrenaba la divertida 12:08, Al este de Bucarest. Pendientes un par de estrenos más de cine rumano, y en la estela de las anteriores, se estrena la agridulce Love sick.

Quizás esta cinta nos de la clave. Aunque ciertamente no parecía haber secreto. Las ansias creativas de un conjunto de profesionales se desbordan al alcanzar Rumanía cierto nivel industrial y poder dedicarse a elaborar películas. Sí que existe el cine rumano, evidentemente. Pero no es homogéneo y mucho menos es la panacea que llegaba del Este con la que enfrentarse a la omnipresencia yanqui y a la pujante cinematografía oriental. Habría que acordarse del cine de la transición española. Cuando todos nos sorprendimos de la ingente cantidad de cintas autóctonas que en pocos meses inundaron nuestras pantallas. Allí creíamos haber descubierto la mejor filmografía del mundo, de Borau (Furtivos, La sibila, Río arriba) a Gutiérrez Aragón (Sonámbulos, El corazón del bosque, Camada negra, La línea del cielo), de García Sánchez (Las truchas) a Trueba (Opera Prima), de Ricardo Franco (Los restos del naufragio) a Pilar Miró (El crimen de Cuenca, Gary Cooper que estás en los cielos). Un cuarto de siglo después sabemos que aquellas esperanzas no consolidaron. Muchos autores habían volcado sus mejores ideas en sus primeras películas (o en sus primeras películas en libertad) y no volvieron a alcanzar la creatividad post dictadura nunca más. En algunos casos, ni eso; con la distancia que da el tiempo nos avergonzamos de haber admirado ciertas obras.

Sirva tan larga disertación para reconocer que tras la macabra dictadura de Ceaucescu se define, felizmente, una industria rumana capaza de hacer cine sólido. Y que este cine puede traernos a nuestras fronteras alguna gran obra. Sirva también la reflexión para ser conscientes que el buen cine depende del autor (o autores) y que las buenas condiciones de producción ayudan pero no bastan para crear una generación nacional de buen cine ni para garantizar una buena película.

Esta, pues, es la situación real en la que se ha de situar una película humilde, voluntariosa, como es Love Sick. Película extraña que narra la relación entre dos amigas. Una relación aparentemente lésbica pero que se revela más bien como una consecuencia de la vampirización de una de ellas, Alex, por la otra, Kiki, joven inestable y manipuladora que mantiene a su vez en una relación de amor y odio con su propio hermano. La historia, que se prolonga durante unos meses mediante grandes elipsis, viene muy bien presentada por un director, Tudor Giorgiu, que sabe mejor como retratar un ambiente que narrar una historia. En este sentido hay escenas muy afinadas, como la llegada de Alex al sórdido piso de alquiler cuya dueña es una anciana hipocondríaca que tiene una de aquellas casas obstruidas por su propia presencia o la cálida acogida que los padres de Alex prestan a la pareja a su llegada al pueblo, presentando con suaves pinceladas la vida rural. También hay una excelente escena en la que la tensión explota por doquier cuando Alex es invitada a cenar con Kiki y su familia. El duelo verbal a tres bandas entre la joven, su hermano y su padre intimida tanto a Alex como al espectador que no puede dejar de pensar en la tensión sufrida por la protagonista de 4 meses. durante la cena en casa de su novio (película de rodaje posterior, aparentemente). Desafortunadamente, Giorgiu parece optar por definir la cinta desde el punto de vista del personaje más manipulador pero sin asumirlo completamente. Determinadas escenas son en torno a ella y otras en torno a su amiga. Una contradicción teórica que en la practica lleva a una difícil asunción de la trama por parte del espectador. ¿Qué ha sucedido durante la elipsis? ¿Nos podemos creer todo lo que vemos?

La sensación final es de desazón por que se estropea una buena propuesta que no llega finalmente a puerto. En cualquier caso, habrá que reservarse y dar otra oportunidad a dos rostros interesantes y a un joven director que, quizás, lleguen a ser referentes de un nuevo cine nacional. Por ahora siguen siendo promesas.