Pingpong (Matthias Luthardt, 2007)

Por Antoni Peris

Partida en tablas

Podría llamarse water polo porque los personajes están con el agua al cuello. Quizás pool (billar) porque colisionan repetidamente unos con otros y sólo uno de ellos puede quedar en pie. Pero decidieron llamarla ping pong. Ignoro el motivo. Aunque los personajes efectúan idas y venidas (físicas y emocionales), éste es un deporte ágil y requiere flexibilidad de los deportistas, cualidades que parecen faltarles a los personajes y al autor de esta película. Y Ping pong no es, de hccho, una mala obra. Simplemente, es como una de esas competiciones en las que los movimientos de los jugadores son bastante previsibles. Demasiado previsibles.

Estamos en una casa de veraneo. Una pareja se relaja entre los árboles mientras su hijo, adolescente, ensaya para un concurso de piano. Anna, la madre, se centra aun más que él en el acceso a la final, aunque reparte su atención entre el piano y un perro que recibe más cariño que esposo e hijo juntos. De improviso aparece, caído del cielo, un efebo adolescente. Sobrino de la pareja, desertor de su domicilio tras el suicidio de su hermano, no se da demasiadas explicaciones sobre su origen ni su llegada. Simplemente ha dejado a su madre y aterriza en el domicilio de sus tíos. El argumento recuerda inevitablemente a los de Teorema o Confidencias, obras referenciales de Pasolini y Visconti que ya han sido frecuentadas en numerosas versiones a este y al otro lado del Atlántico.

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A partir de este punto de partida, no hay realmente mucho más. Papá marcha en viaje de negocios, la pianista empieza a inquietarse y la discreta temperatura entre tía y sobrino empieza a subir. La película parece haber sido muy sopesada por su autor pero, lamentablemente, de modo demasiado medido. Hay escenas de tensión a la llegada del joven pero esta tensión parece desvanecerse salvo un par de secuencias hasta la escena final. De hecho, el espectador puede plantearse buen número de variaciones argumentales por las que el director no se decide, manteniéndose en la línea del melodrama más trillado. Lamentablemente, no estamos ante un melo clásico, sino uno postmoderno. Y, además, alemán. El resultado es una cinta glacial en la que sólo las pugnas entre adolescentes infunden cierto brío y muy alejada de una cinta que podría tener cierto parentesco por el ambiente, como era La ciénaga de Lucrecia Martel, pero que mantenía en su estatismo una línea ascendente de tensión argumental.

En determinada escena, en el momento en que la película alcanza su mejor tono, los dos jóvenes ignoran sus deberes respectivos (reparación de la piscina y piano) y, disfrutando de una breve complicidad, ignoran a la tía y madre respectiva para dedicarse al ping pong. Ella, que les espera hace horas, se levanta lacónicamente de la mesa, se acerca a ellos con un palo y derriba a golpes, en silencio, la mesa de ping pong. A continuación se aleja mientras ellos la contemplan estupefactos. Una contención que cuadra muy bien con el personaje y con la escena pero que no puede sostener toda la película. Al final, aunque uno de los personajes parece ganar la partida, el resultado no se antoja más que un empate para el espectador.