En su biografía no autorizada de Steven Spielberg, John Baxter afirma que la fuerza de la cultura popular norteamericana reside en su sencillez y claridad. Una canción de Gershwin, un relato de Bradbury o un lienzo de Hopper son, ante todo, obras disfrutables por todos los públicos. Esta dimensión lúdica no es incompatible con la inclusión de notas autobiográficas, temas trascendentes, inquietudes intelectuales o mensajes de doble lectura. Simplemente, apunta Baxter, los creadores norteamericanos siembran estos elementos de un modo entretenido; a menudo bajo la irrupción de lo asombroso en lo cotidiano: E.T en el jardín de Elliot, los tatuajes vivos del Hombre Ilustrado, las oníricas fuentes de luz que abducen a los personajes solitarios de Hopper.

El cine de Spielberg se enmarca en esta tradición, como antes las películas de Ford, Hawks o Stevens. Todos, maestros en el arte de retratar las pasiones humanas con relatos comprensibles por una amplia audiencia. Por supuesto, esta forma de contar historias no es patrimonio exclusivo de los artistas estadounidenses. Sin salir del cine, directores como Hitchcock, Lang o Wilder, que no nacieron ni empezaron a rodar películas en Estados Unidos, pero sí emigraron allí y trabajaron con guionistas norteamericanos, también forman parte de esta estirpe de narradores que encuentran el equilibrio perfecto entre forma y fondo, espectáculo y reflexión, negocio y arte.
Este maravilloso milagro vuelve a hacerse carne en Rebobine, por favor. Bajo la apariencia de una divertidísima buddy movie o comedia de colegas, Michel Gondry brinda una emotiva fábula que habla con hondura y sensibilidad sobre el cine y, por extensión, el arte de contar historias y la importancia que éstas tienen en la forja de la identidad, tanto individual como colectiva. El director de ¡Olvídate de mí! filma con gozosa sencillez la teoría —cierta— de que parte de nuestra naturaleza, personal y social, bebe ávida de lo ve, lee y oye; no importa que sea ficción. Somos hijos de una memoria oral, literaria y, desde el siglo XX, audiovisual, que esculpe nuestra manera de sentir, vivir, soñar. Un fascinante juego de espejos nos convierte también, paradójicamente, en personajes de nosotros mismos.
Mike (Mos Def) y Jerry (Jack Black) creen, quieren creer y necesitan creer en la leyenda de Fats Waller, el pianista afromaericano que supuestamente nació en el mismo edificio donde ahora se ubica el videoclub en el que trabajan. Esa creencia, en realidad una mentira piadosa del dueño del negocio (Danny Glover), da sentido a sus vidas y cohesiona la experiencia comunitaria de los vecinos del barrio. Fats Waller no existió, como tampoco fueron reales Ulises o Hércules, pero como estos, el músico encarna los valores vertebrales de un grupo humano; es el modelo que guía sus anhelos y deseos. La primera piedra de una mitología irrenunciable por su simbolismo emocional.

Desde estas coordenadas alegóricas, que representan el valor ejemplar de las historias, Gondry despliega un extraordinario y sentido homenaje al cine —el arte supremo de contarlas— que reflexiona con ternura sobre su pasado, presente y futuro. El accidente de Jerry en la central eléctrica —el hecho asombroso del que hablaba Baxter— abre la tapa de ese diálogo temporal que ya anticipan los créditos iniciales, salpicados por las imágenes de un falso documental sobre la vida de Fats que recuerda los orígenes del cine: mudo, en blanco y negro, con decorados artesanos e intérpretes aficionados. Más fiesta que industria, más instinto que cálculo, más fuerza colectiva que empeño de autor.
Primero solos y luego con la ayuda de sus vecinos, Mike y Jerry trasladan esa magia primordial a sus hilarantes remakes de Robocop, 2001, Paseando a Miss Daisy, Hora punta 2 o Los cazafantasmas. Gondry convierte esta excusa argumental en un ejercicio de nostalgia que reivindica las tardes de videoclub y los veranos “perdidos” en los multisalas, el cine palomitero, comercial y popular (con mayúsculas y orgulloso de ser las tres cosas), sin más pretensiones que divertir a toda la familia. Un cine necesario, cuando bien hecho, que marca a fuego la memoria de cada generación. Y lo más importante, que abre la puerta a otras formas de entender el cine. En la misma estantería caben Kubrick e Ivan Reitman, Godard y Tony Scott, Rohmer y Sommers.
Feliz y valiente planteamiento que, de paso, aprovecha Gondry para cargar contra los caníbales derechos de autor, los supermercados sin alma de DVDs, la barra libre de Intenet —reflejo del materialismo sin sentido y la frialdad estéril del mundo digital— y el rodillo globalizador de las grandes corporaciones que pretenden talar la memoria —el videoclub— para plantar el árbol del olvido —el capitalismo. Y ataca con una comedia, el más popular y a menudo denostado de los géneros (el enésimo doble sentido de la película). Una pirueta tan genial como hermosa que desemboca en la magistral secuencia final, donde pasado, presente y futuro del medio se citan en una improvisada, pequeña y oscura sala de proyección, último reducto de aquel invento de feriantes llamado cine, colmada de espectadores-creadores (la última película de Mike, Jerry y el resto de vecinos es el documental sobre Fats Waller), dispuestos a dejarse seducir una vez más por la ilusión del celuloide y el viejo el arte de contar historias.

Si no le convence la película, si piensa que su metáfora es facilona y pueril, si no le divierten sus gags... Rebobine, por favor, vuelva a verla, recuerde las primeras películas que disfrutó en VHS, por televisión o en el cine de barrio. Recuerde quién era hace 10, 20 o 30 años, los sueños y las ilusiones de entonces. Descubrirá a un viejo joven que, en su inocencia, tenía muy claro el camino que quería seguir. Puede que el cine también deba volver la vista atrás para encontrar las claves de su futuro.