Michel Gondry, gracias a la colaboración creativa con el guionista de culto del cine independiente, Charlie Kaufman, nos ha dejado en su filmografía algunas joyas recientes de un cine que, más allá de su mejor o peor acogida, puede considerarse toda una colección de excentricidades simbólicas y referenciales, un catálogo de gags personalísimos que casi siempre alcanzan la originalidad en el panorama cinematográfico actual, aunque revelen otros defectos. De hecho, el éxito inesperado que tuvo este tándem en la comedia reflexiva y bizarra Naturaleza Humana (Human Nature, 2001) le permitió dirigir la extravagante y emotiva historia de amor de ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2006). Y fue el premio de la Academia a mejor guión que recibió junto con su colega gracias a este filme lo que le llevó definitivamente a independizarse para escribir y dirigir sus propios proyectos. Al principio, no sabíamos si ese divorcio de Kaufman había sido un acierto o un traspiés: su primera obra en solitario, como responsable del libreto y de la realización, La ciencia del sueño (La science des reves, 2006) no supo bien dónde buscar su lugar, flotando en el éter de una puesta en escena daliniana y bellísima, pero sin asentarse a sí misma con los cimientos necesarios de un guión sólido que la llevase a buen puerto. El dinero francés e italiano le permitió evitar cualquier concesión a la taquilla, construyendo la que es, sin duda, su película más genuina hasta la fecha, pero también la obra en la que olvidó la mesura y la contención, sumergiéndose del todo en el cuidado de lo formal, dejando de lado la orientación final de su obra.
Consciente de que quizá su público aún no está preparado para desvincularse por completo de la lógica, Gondry repite ahora con la escritura y dirección de un nuevo proyecto mucho menos pretencioso, más comercial y quizá menos propio: una historia sencilla en la que dos desafortunados freaks acaban convirtiéndose por accidente en directores de culto de su localidad, mediante sus rocambolescas versiones de clásicos del cine comercial. Oculto bajo la piel de la comedia, se agazapa el verdadero mensaje de un filme que, aunque quiera ocultarlo, habla tanto de su autor como los anteriores, pero en otro sentido: Gondry se confiesa y nos dice que hacer cine no es otra cosa que un juego, una continúa reinterpretación más o menos original de lo que ya se ha contado una y mil veces. Y él es un freak más, reconociendo con humildad que, ante todo, se considera un cinéfago que quiere homenajear el séptimo arte desde la parodia más extravagante, pero también con un admirado respeto. Mirando a través de la cámara con una ternura desconocida hasta ahora, el realizador francés abandona el plano de la subconsciencia para trasladar su imaginativa puesta en escena a los callejones suburbiales, dejándola en manos de un Jack Black tan histriónico como nos tiene acostumbrados, pero que consigue convertirse en la herramienta perfecta que arranca la carcajada certera, envuelta en cierta tristeza y patetismo.
Suavizando su surrealismo hasta convertirlo en una suave pátina casi imperceptible, Michel Gondry no se ha dejado nada de su particular universo en el camino: su dirección de producción sigue inspirándose en los juguetes infantiles, alterando los tamaños y las formas, haciendo que los actores parezcan perdidos en entornos que más que marco, forman parte del contenido, configurándose como un personaje más. Pero, esta vez, forma y fondo sí que se equilibran, como hacían en Olvídate de mí: la dirección artística, instrumento canalizador de las virtudes autorales de Gondry, sabe ponerse al servicio de un cuento de hadas en el que los perdedores, ganan; las historias de amor, sutiles, tan sólo se intuyen; los malos acaban siendo más buenos de lo que parecen y los finales resultan tan ambiguos como conmovedores.
Gondry nos ha mostrado una nueva cara. Y, como lleva haciendo en su corta pero cuidada filmografía, una vez más ésta se revela como una faceta más de un creador que, más allá de su mayor o menor vinculación con el espectador, siempre es particular y único. Con Rebobine, por favor, el director galo nos enseña que no hay que tomarse nada demasiado en serio: lo importante es contar algo que guste a la gente. Y él lo ha hecho una vez más y más que nunca, dejando que su amor por el cine se descubra en cada plano y en cada personaje, con un entusiasmo y una sinceridad que no habíamos visto hasta ahora. Porque esta película es una revelación de su autor, un sencillo y exquisito homenaje escrito con tinta autobiográfica que ríe y hace llorar a partes iguales.