El año pasado la IV Muestra de Cine Fantástico y de Ciencia Ficción de Madrid hizo frente sin inconvenientes a un Barça-Madrid de infarto mientras Los abandonados hacía estragos entre la audiencia. Así, no se acusó lo más mínimo la presencia del deporte rey (a excepción hecha del pingpong o tenis de mesa) en el interior del céntrico cine Palafox, reducto para los buenos, que se asemejaba a la comisaría del distrito 13 rodeada de una jauría de forofos hambrientos de gol, y, lo verdaderamente preocupante, de una recua de manifestantes de la derecha más rancia que reivindicaba algo que ya hemos olvidado. Exactamente un año después, los mismos organizadores (el canal temático de ciencia-ficción “Sci-fi”), la misma presentadora (la estridente y entrañable a partes iguales Leticia Dolera, y en el fondo una excelente animadora), y el mismo público y alguno más, pues hay que decir que una edición más hubo llenos hasta la bandera, y en ausencia del fútbol (lo que permitió la conciliación con nuestros colegas catalanes: Recuerdos al "tripartit", Salva, Tonio y mi tocayo Sergio) se dieron cita en el mismo cine para arroparse con esta V Muestra, siendo el enemigo esta vez más mediático que otra cosa: unas elecciones generales que tampoco la pudieron tumbar, y eso que el espectáculo del domingo noche en la calle Génova era casi tan dantesco como lo que se coció en las salas durante un largo fin de semana repleto de sangre, zombis, tiros, mordiscos, partos, gigantes, monstruos innominables de dimensiones desconocidas, y algunos otros especímenes tanto o más curiosos embutidos en máscaras de lucha libre mexicana, que se dice pronto. Todo comenzó el jueves con Rebobine, por favor, el esperadísimo estreno de la nueva película de Michel Gondry, una comedia que generó más de una carcajada y también los primeros debates en pro y en contra. Este mes ocupará nuestra portada con lo que la excluiremos de estas líneas, de igual modo que la recién estrenada Rastro oculto, de la que da buena cuenta Roberto Alcover en la sección de críticas (nuestro redactor la prefiere al cine de Haneke, y es que para gustos se hicieron los colores). Por lo demás, en las siguientes líneas nos centraremos en el resto de lo visto, que fue en general bastante bueno.
Hitoshi Matsumoto puede presumir de pertenecer a la élite de los cómicos en Japón, alcanzando el nivel de Kitano e influyendo poderosamente en la cultura popular, hasta el punto de que algunos de sus espectáculos han sido transformados en cómic. Arropado por la seguridad que le proporciona este éxito, pero sin perder la frescura del debutante en el cine que tiene claro para qué tipo de público trabaja, se atreve a dirigir, escribir y protagonizar esta rareza cinematográfica de primer orden, que ha cosechado los mayores elogios en Toronto y ha recibido una calurosa ovación en Sitges. El gran hombre del Japón es un “mockumentary” ajeno a cualquier mesura, un ejercicio de estilo liderado por la carcajada y el disparate. No obstante, acompañando a la hilarante seriedad con la que mira la cámara del reportero que convive con el protagonista, se agazapan la compasión y la crítica, en una mirada sobre el Japón actual que resulta esclarecedora en su sinceridad y crudeza. La máscara reveladora de lo grotesco configura el retrato de una sociedad nipona dispuesta a pisotear la tradición, preocupada por la comodidad y las modas, donde todo lo que huela a rancio es ignorado y transformado en objeto de burla.

Una sociedad similar a la que habita cualquier urbe de occidente, en la cual encontramos, brutalmente solo y marginado, al último gran héroe de un mundo perdido. Rebosando imaginación, la película hace reír modelándose a sí misma con lo que encuentra en un cajón desastre referencial: el cine catastrofista con monstruo gigante o los fenómenos televisivos como Mazinger Z, los Power Rangers o Ultraman son las principales fuentes formales en las que bebe la parodia de Matsumoto. Visualmente anacrónica, descaradamente surrealista, Dai Nipponjin no necesita tomarse en serio a sí misma para ser una bomba de relojería cómico-patética de proporciones colosales.
Alicia Albares
Cuando un huracán de Fuerza 5 devastó Nueva Orleans en agosto de 2005, cientos de miles de internautas se engancharon al blog de Michael Barnes, uno de los supervivientes, para saber exactamente qué pasaba. La Red proporcionaba un tipo de cobertura fiable y personal que no brindaban ni la CNN ni el New York Times. En la era de la web 2.0, el monopolio de la imagen ha dejado de estar en manos de los medios de comunicación y la industria del cine, y cualquiera puede convertirse en protagonista de la noticia, periodista o director. George A. Romero, a sus 68 años, afronta el cambio del modelo de sociedad con un retraso de al menos dos generaciones. Quizá por ello, utiliza El diario de los muertos para reflexionar y jugar con las nuevas texturas y formas narrativas que proporciona Internet, aprovechándose de paso de la libertad creativa que le brinda su vuelta al cine independiente. La excusa argumental elegida es mínima, como es habitual en su cine: un grupo de jóvenes que rueda una película de terror decide documentar con su cámara (y subir a Internet) la epidemia zombi que está asolando el mundo “real”.

Sin embargo, Romero no acaba de sentirse ubicado en la nueva era YouTube, lo que provoca que la crítica social que emana del filme sea mucho menos directa y dura que en sus cuatro anteriores películas de zombies, ricas en transfondo sociológico. Sus dardos se reducen a insertos que puntúan la acción de esta, por otra parte, frenética, divertida y desmitificadora película de terror, que produce más risas que sobresaltos en la butaca. Que el mejor momento de esta película con sabor a episodio de Creepshow sea la confusión de un amish sordo con un muerto viviente dice mucho de la sana falta de pretensiones de la cinta y de su espíritu gamberro.
Javier Pulido
Ahora la gallina de los huevos de oro no tiene forma de gallina sino de un protoanimal raro que además habla y es capaz de recitarte, en un idioma extraño, enigmas sencillos. Tolkien, Narnia, Therabitha, Harry Potter, Stardust, la brujula bañada en oro y ahora estas crónicas de Arthur D. Spiderwick y toda su descendencia, representan una nueva forma de entender el cine infantil y sus mecanismos económicos, un vocabularo inédito, un mapa alternativo de mundos paralelos y para niños. Este primer episodio dirigido por Mark Walters (firmante de la irregular pero interesante Chicas malas) gravita entre el entretenimiento funcional y el cuento de hadas sin brillo ni magia.

Aunque es innegable tanto ciertos retazos de talento expositivo en alguno de los pasajes, como cierta preocupación por la puesta en escena en los momentos iniciales de la película, su narración cae en el agotamiento y sólo es salvada por el previsible reencuentro final más allá de la lógica y del tiempo y de la resolución sencilla y humorística del problema principal. Todo lo demás es cuestionable como nuestro propio mundo y sus fronteras, los recibos de Movistar y los 40 euros que dices que me prestaste la otra noche.
Manuel Ortega
La venganza es un tema que da mucho juego para contar historias, pero después de tres películas ilustrando diversos ejemplos de esta humana necesidad, es natural que espectador y director acaben un tanto hastiados, y ambos agradecen, a priori, el cambio de aires. Tras la trilogía que conforman Sympathy for Mr. Vengeance, Old Boy, y Sympathy for Lady Vengeance el coreano Park chan-wook se muda radicalmente de registro con una divertida comedia tintada de fantasía y que tiene lugar en un sanatorio mental donde una chica que cree ser un cyborg y un chico con ciertas habilidades cleptomaníacas comparten una tierna historia de amor, que lo es. Por supuesto, a pesar de lo que pueda parecer, no tiene nada que ver con el cine de Isabel Coixet, ni la transformación genérica puede asemejarse a la que sufriese Wes Craven al tocarnos La música del corazón y alguna cosa más.

El que tuvo, retuvo, y el director de Joint Security Area no se desvincula tan fácilmente de los parámetros estilísticos de su obra previa, otorgándonos una belleza en las imágenes que nada ha de envidiar a los logros conseguidos por sus anteriores películas en este aspecto. Por supuesto, tampoco puede evitar el salpicar la pantalla con un poco de esa sangre que tanto le gusta (y a nosotros) ni regalarnos unas pequeñas dosis de esa violencia que siempre le ha caracterizado hasta ahora. Una pena que un desenlace, no ya dilatado, sino que directamente no aporta nada y estaría mejor no estando, ensombrece levemente la continua sonrisa que nos regala previamente.
Sergio Vargas
No es nada sencillo abandonar los flexibles ropajes de la independencia y ponerse a trabajar para un estudio. Es ante estas condiciones cuando la verdadera personalidad debe imponerse para intentar trascender cualquier elemento de partida, por banal que éste sea. Acogido por los Weinstein, Greg McLean parece hacerse pequeño ante la sombra de los temibles productores. Y eso que en Rogue —titulada en España El territorio de la bestia— repite la misma estructura temática que en su cult-movie Wolf Creek, donde unos chavales eran víctimas de un psicópata de extrarradio.

Intercambiando el desierto (australiano) por los entornos selváticos y las marismas (también australianas), McLean propone nuevamente un juego de supervivencia de una cuadrilla de turistas frente a la amenaza de un cocodrilo gigante. Otra vez somos partícipes de la indefensión del urbanita ante un entorno inhóspito e incivilizado, o cómo el hombre moderno ha olvidado en su evolución los mecanismos instintivos para su supervivencia. Pero el conjunto es endeble, porque la atención parece sustentarse más en las apariciones del saurio digital que en las tensiones de ese grupo humano que mira de reojo a la muerte, lo que la convierte en el reverso comercial de la más humilde y efectiva Black Water. Rogue termina siendo un trabajo de lo más apático, con poca mala leche y falto de inventiva, privado incluso de lo que más hacía resaltar a Wolf Creek: sus casi místicos primeros treinta minutos.
Roberto Alcover Oti
Todos esperábamos a Robert Englund, antaño más conocido como Freddy Krugger, y su prometedora Jack Brooks: The Monster Slayer, como estaba anunciado en el programa, pero Leticia nos anunció a media tarde que una copia defectuosa impediría la proyección de las dos de la madrugada, y que sería sustituida por Lars y una chica de verdad. Para ese momento, con toda la redacción de Miradas allí presente emborrachada de cine, poco nos importaba de qué fuese el siguiente copazo. La película de Craig Gillespie no tenía nada que ver con el espíritu del festival y eso definitivamente no jugaba en su favor. Una comedia agridulce, políticamente correcta, que apenas hacía gracia ni conmovía.

La historia de Lars, un por otra parte excelente Ryan Gosling, habitante de un pequeño pueblecito, que a sus veintimuchos sigue sin novia convertido en un auténtico ermitaño y un día decide tener (como quien tiene amigos imaginarios) una novia hinchable, podía haber dado mucho juego, pero el tratamiento simplista y esquemático hasta la médula deja en caldo de borrajas lo que sobre el papel prometía mayores logros. Superando poco a poco las fases del psicoanálisis con ayuda de todo el pueblo y la semioposición de su hermano que prefiere considerarlo loco a enfermo, finalmente y tras una larga enfermedad entierra a Bianca (mitad brasileña y mitad danesa) y se echa una novia de carne y hueso. Fin. Y nosotros seguimos bebiendo y haciendo jornada de reflexión, pero nada más de cine hasta el día siguiente.
S.V.
La parte de animación de la muestra quedó cubierta con la triunfadora en la sección Anima't del festival de Sitges, una cinta coreana situada en un futuro postapocalíptico donde la mierda es prácticamente la única fuente de combustible existente (demos gracias a que en el presente de momento solo sirve para alimentar la programación televisiva). A los cinco minutos de película ya estaba anotando mentalmente revisar la trilogía de Mad Max (de momento solo he revivido la primera y me ha aguantado bien el paso de los años), y es que la persecución inicial que nos remite explícitamente a los tiempos de “los salvajes de la autopista” es de antología, por trepidante, por violenta y por estar excelentemente animada, lo que además resulta una constante en todo el resto de la película.

Una road movie cuyo mayor lastre es su redundacia en el empleo de la ultraviolencia (luego no vamos mal), siendo “la banda del pañal” la que peor parada resulta en la batalla que mantienen a tres o cuatro bandas y donde lo que está en juego es una joven que al cagar produce un excedente de pirulís (estos pirulís son fundamentales para la buena salud gástrica del pueblo, y en consecuencia, para el buen curso de la civilización en la sociedad moderna, con lo que lo primero que se le ocurre a uno es traficar con ellos; si ahora pasa con la vivienda, pues eso) Una grata sorpresa para todos aquellos que pensábamos encontrarnos (a tenor del argumento, y el cartel no especialmente prometedor) con una comedieta futurista para casi todos los públicos, y en realidad nos tropezamos con gángsters, persecuciones, sexo (anal, como no), algo de humor y mucha sangre. Definitivamente la de los niños era Las crónicas de Spiderwick.
S.V.
Poco a poco voy comprendiendo algo más y resituando ese fiasco denominado Sukiyaki Western Django porque claro, hasta el mejor ronin tenía que venderse como podía, y Takashi Miike no deja de ser ese mercenario siempre dispuesto a luchar por el bando que ponga más yenes sobre la mesa. Pero también está claro es que cuando alguien está acostumbrado a practicar la coprofilia, la postura del misionero puede terminar resultando bastante aburrida, predecible, y parca en sensaciones. De ahí que abracemos con alegría y esperanza su particular adaptación del videojuego Yakuza, que nos remite al Miike más juguetón, una mezcla de Dead or Alive, Full Metal Yakuza y Fudoh: The New Generation.

Y puede que Yakuza ni siquiera sea una buena película, ¡qué coño!, puede que hasta incluso sea un buen truño, pero al menos nos devuelve al Miike primigenio, a esa bestia que alcanza sus mejores logros simplemente rodando y sin repensar ninguna gramática —como en Ichi the Killer o Izo—. Ahora, al menos nos encontramos con cine parido desde las entrañas, irregular pero vivo, alejado de fetichismos visuales y de posturitas panasiáticas, con suficientes sorpresas como para esbozar una mueca de alegría, aunque eso sí, lejos de auténticas reformulaciones del lenguaje del videojuego —salvo algún que otro apunte— como en los fascinantes casos de Crank o la reciente Shoot'em up.
R.A.O.
Hay un chiste en el que una niña pequeña le pregunta a su padre de donde vienen los niños. El padre le responde de la siguiente forma: «Pues mira hija, el papá pone una semillita en la mamá… y después se la empuja con la polla» Esta película francesa tiene dos padres que darán mucho que hablar (ahora mismo están gestando un remake de Hellraiser) y algunas similitudes con el chiste. Aparte del tema, pues nos narra las últimas horas de un embarazo, empieza, como el chiste, con una primera parte de suspense, y termina, también como el chiste, de una forma bastante escabrosa. Parece que cuando nos avisan, como ocurría aquí con un cartel a la entrada, de que la película puede herir sensibilidades (especialmente a mujeres embarazadas, ponía), uno se conciencia y termina pensando que tanta violencia cinematográfica ya nos ha hecho inmunes a todas estas cosas, y tal vez sea verdad. Pero igual que con el chiste uno termina riéndose de todos modos, pues en la película uno acaba pasándolo muy bien pasándolo muy mal.

Escenario y argumento son minimales: una mujer embarazada de nueve meses, y que echa de menos a su esposo recientemente fallecido no tiene humor para pasar la nochebuena en compañía a pesar de la gravedad de su estado, y se queda sola en casita. El caso es que al final ciertas circunstancias intervienen y no la pasa sola; Un día como ese se ha de pasar en compañía y allí se presentan la madre, el jefe, la policía y también una invitada que nadie esperaba. Todo rodado con mucho estilo, con inteligencia, criterio, y continuas sorpresas (tanto de guión como de planificación), y un final de esos que nunca se olvidan. Mi recomendación es que si aún no saben que se cuece en “el interior” (y no están embarazad@s), la vean lo antes posible, por el medio que sea, sin prejuicios ni temores, ni nada de comer; una precaución innecesaria, pero nunca se sabe.
S.V.
Frank Darabont sabe contar historias. Y sabe contarlas en el doble sentido cinematográfico de la palabra: domina la escritura del guión y domina la puesta en escena. Sólo él mismo y su gigantismo descontrolado pueden pararle. Le pasó en sus dos últimas películas y eso no es bueno si tenemos en cuenta que sólo ha dirigido tres filmes. Pero hete aquí que con su cuarta producción ha conseguido sublimar sus instintos y su inteligencia con la adaptación de una novela que debe más a Lovecraft y al cine de Carpenter que a la obra originaria del rey Midas de Portland. Una propuesta de afán discursivo (quizá demasiado en algunos tramos) que funciona mediante la abstracción paradigmática de los elementos representativos de una comunidad con pocas cosas en común. El miedo y la capacidad de enfrentarse a lo que está detrás de él vuelve a situarnos en lo que hemos dado en llamar cine post 11 de septiembre y sus cábalas más o menos ingenuas, sus soluciones sin continuidad y su incapacidad para ver bosques a través de árboles y otro tipo de fauna y flora tan autóctona.

Pero La niebla se sitúa por encima porque no hay ni concesiones ni condescendencia, sólo la conciencia del desmembramiento de un ideal sin ideología y de la imposibilidad de hallar un camino donde sólo hay pasillos de supermercados con productos que nos compran a nosotros. Ni la unión hace la fuerza si el punto de apoyo está inclinado, ni el héroe americano puede liarse la manta la cabeza sin perder ésta última. Por eso, La niebla destaca, porque es un filme admirable, escrito y descrito sin miedo a quien lo mira.
M.O.