El cine y la vida de Martin Scorsese están inevitablemente ligados a la música popular norteamericana (raíz de la que beben los Rolling Stones). El director ítaloamericano, después de varios cortometrajes que ya mostraban su talento visual (The big shave, 1968), trabajó como director de segunda unidad y montador en el macrodocumental sobre Woodstock (junto a Thelma Schoonmaker, la que será su montadora a lo largo de buena parte de su filmografía), dirigido por Michael Waleigh. El uso de innovadoras técnicas de montaje (pantalla partida, montaje sintético...) y algunos planos con dolly dignos del “rey de los tracking shots” hacen pensar que la influencia de Scorsese sobre el resultado final fue notable. Woodstock 3 days of peace and music (1970) marcó el futuro del documental sobre música y conciertos, siendo, además de un apasionado tributo al rock y la estética sesenteros, un fiel retrato de la época con todas las implicaciones sociopolíticas que el rock alcanzó en ese intenso período, clave para entender la evolución de los espectáculos musicales y los macroconciertos. Como montador, el director de Toro salvaje también trabajó en Elvis on tour (1972), donde utilizó de nuevo el split screen como recurso eficaz para mostrar al sudoroso rey del rock y a su devoto público al mismo tiempo. Como productor inició su andadura con un documental que sigue la senda marcada por Woodstock, Medicine Ball Caravan (1971), con una serie de músicos (entre ellos B.B King y Alice Cooper) embarcados en una alucinógena gira de 21 días.

La primera gran película dirigida por el cineasta italoamericano, Malas calles (Mean Streets, 1973), incluía en su banda sonora algunos hits de los Rolling Stones (“Jumpin’ Jack Flash”), junto a música italiana (Renato Carosone) y grandes grupos procedentes de la Motown (The Ronnettes, The Shirelles). Ya en sus inicios, Scorsese basaba buena parte de la estructura y el ritmo de sus películas en la sucesión de canciones (más de 20 por filme, varias de ellas completas) que servían para crear cierta atmósfera en determinadas escenas y para comentar las imágenes, bien por la letra de las canciones, bien por su sonoridad, velocidad y ritmo, acompasando lo visual con lo sonoro. Las bandas sonoras de Scorsese, desde Malas calles a Infiltrados, tienen una importancia fundamental en el desarrollo de la acción. No son meros acompañamientos o codas, sino parte integral de la película, especialmente para la presentación de los personajes o escenarios. En Infiltrados (The Departed, 2007), mientras suenan los primeros acordes de “Simpathy for the devil”, se presenta la figura ensombrecida y diabólica de Jack Nicholson. “Gimme Shelter” aparece en varias de las películas de Scorsese (Uno de los nuestros, Casino…) generalmente para poner de manifiesto una situación peligrosa o descontrolada, un sentimiento de urgencia y necesidad.
Los pinitos de Scorsese en el documental musical incluyen uno de los más prestigiosos jamás filmados, El último vals (The last waltz, 1978) sobre la retirada del mítico grupo The band. Alternando imágenes del concierto con entrevistas a los músicos, apareciendo él mismo en plano en varias ocasiones (apariciones cuyo eco presenciamos en Shine a Light), el cineasta presta especial atención a los gestos íntimos de un concierto legendario. La presencia sobre el escenario de grandes figuras del momento como Neil Young, Eric Clapton, Muddy Waters, Van Morrison o Bob Dylan (The Band empezó siendo su grupo de acompañamiento en las giras) era una perfecta oportunidad para hacer gala del sentido de la planificación y del montaje que posee Scorsese, aunque, por encima de todo, brillan los instantes en que Robbie Robertson y los suyos, en sus momentos de mayor lucidez, se confiesan frente a la cámara, uniendo curiosas anécdotas a un discurso amargo: el abandono de la carretera por la vida que esta exige, el papel fundamental de las drogas en el negocio musical (no en vano la cocaína tuvo un importante papel a lo largo del rodaje) y la incapacidad de seguir viviendo enfrentados al ritmo frenético que imponían las inacabables giras. La amistad entre Scorsese y Robertson siguió más allá del documental, y éste colaboró con aquel como asesor musical en varias de sus películas (Raging Bull, Casino, Gangs of New York…).

Aparte de dirigir en 1986 el videoclip “Bad” de Michael Jackson, del que se suele conocer la parte en color pero cuenta con un prólogo en blanco y negro de casi 15 minutos, Scorsese produjo The blues, una serie de documentales sobre el origen y desarrollo del blues que contó con la participación de prestigiosos directores como Wim Wenders y Clint Eastwood. Sin embargo, el gran trabajo documental de Scorsese se centra en la figura de Bob Dylan. No direction home aprovecha el maremagnum sociopolítico en la América de los 60 y el escándalo que Dylan provocó electrificando sus canciones folk, y cuenta con varias horas de material de archivo hábilmente hiladas por la mano experta de Scorsese. La presencia de agitadores culturales de la época como Allen Ginsberg y el encuentro de Dylan con los Beatles se intercalan con protestas estudiantiles y la marcha de Washington con Martin Luther King al frente.
La carrera de los Stones, tan longeva como apasionante (varias resurrecciones incluidas), ha evolucionado como el propio cine, desde el arte y ensayo y la experimentación de los 60 y 70 (“Their Satanic Majesties Request” - Sympathy for the devil, Jean Luc Godard, 1968), hasta las grandes producciones de la actualidad (“A Bigger Bang” - Shine a Light). Cada cual prefiere una etapa, pero es indudable que en el camino se han dejado muchas cosas, tanto en el terreno musical como en el cinematográfico. El blues rock de albums como “Let it bleed” o “Beggars Banquet” sigue ahí, como si el tiempo no hubiera pasado, y buena prueba de ello es el repertorio clásico elegido para el concierto rodado por Scorsese, pero la actitud de los Stones ante el público y el enorme despliegue de medios (y la razón última de ser del concierto en el Teatro Beacon: el cumpleaños de Bill Clinton) apuntan a una evolución que traiciona los mismos principios en los que se basaba la propuesta inicial de sus Satánicas Majestades. Además, por muchas cámaras, focos y cabezas calientes que le pongas a un concierto de los Rolling, por muy prestigiosos que sean los directores de fotografía que contrates, no deja de ser una pequeña muestra de lo que estos sesentones son capaces de hacer (por ejemplo, Rock and roll circus, 1968). El resultado final está tan controlado al milímetro que los Stones parecen toros salvajes encerrados en un corral, tiene unos encuadres tan calculados y un desarrollo tan planificado, aunque Scorsese bromee sobre ello en el prólogo, que le falta aire y vida, sólo presente en determinados momentos: la colaboración con Buddy Guy y los bises.

Four Flicks y Bridges to Babylon Tour, grabaciones exhaustivas de sus últimas giras, poseen mayor impacto en el fan de los Rolling que Shine a Light, porque muestran a los viejos rockeros mucho más inspirados, delante de un público más amplio (y al que se le presta mayor atención, porque forma parte del espectáculo) y, a pesar de algunos deslices en los encuadres y en el montaje, su propuesta traslada al espectador la sensación de tren a punto de descarrilar que se tiene en un macroconcierto de los Stones. Además, Scorsese parece especialmente fascinado por la energía que Mick Jagger despliega en el escenario, olvidándose durante largos tramos de sus compañeros de batalla. Es indudable que el movimiento constante y las gesticulaciones y bailes de Jagger llaman mucho la atención, pero con 20 cámaras funcionando simultáneamente y con unos fieras en escena como Ron Wood y Keith Richards (Charlie Watts es un caso aparte) se echa de menos su presencia en buena parte del metraje, incluidos algunos solos flagrantemente obviados por el montaje.
Scorsese lleva toda su filmografía influido por el ímpetu y las letras de las grandes canciones de los Stones y, dada su larga y exitosa trayectoria relacionada con los grandes mitos de la música popular, esperábamos el documental definitivo sobre sus Satánicas Majestades. Lamentablemente, no ha podido ser, pero sus próximos proyectos, entre los que se encuentran desde hace tiempo los documentales sobre George Harrison y Bob Marley, pueden devolver a Scorsese al lugar privilegiado que ocupa como acerado cronista de la importancia de la música en el siglo XX.