Pocas uniones de nombres propios suscitan tanto interés como la reunión de Scorsese con sus majestades satánicas. Y no sólo por la conjunción de talentos tan dispares entre si tanto a nivel artístico, como sobretodo vital, sino por la unión entre las dos aportaciones que las dos partes podrían dar entre si. Por una parte, la trayectoria, vida y milagros de los Stones, merecedora de no una, sino bastantes películas que recreen cualquier aspecto de su existencia. Por otra, el regreso de Scorsese al documental musical, tras El Último vals en los 70, y su magistral No Direction Home acerca de Bob Dylan hace tres años.
Las expectativas creadas ante este choque de titanes diluye la realidad del proyecto dejando demasiado alto el listón durante su preparación y anunciación ante el parco resultado obtenido. En primer lugar, Scorsese se aleja del documental al uso que narraba una historia, y que tan buenos resultados le dio con Dylan, para filmar un concierto del grupo de rock, en el que la sucesión de canciones (alternando piezas más personales con vacas sagradas de su repertorio) atestigua la sensación, a medida que avanza el metraje que no hubiera habido una gran diferencia con cualquier concierto de rock editado en dvd, con la única peculiaridad que ésta ha visto la luz en las salas comerciales. Incluso la estructura de la película en su gran mayoría no da la sensación que la palabra documental utilizada a viva voz, no es más que una excusa para justificar la filmación de este show para conseguir cuanto más beneficio mejor.
Por suerte, Scorsese consigue entre medio, simpáticas fugas a modo de entrevistas antiguas (tan antiguas, como que en blanco y negro las primeras) que hilan canciones y provocan una distensión necesaria entre riffs de guitarra y movimientos pélvicos marca de la casa. Además, a modo de regalo (pero que juega en su contra), el cineasta nos ofrece unos 15 primeros minutos antológicos, magistrales donde nos muestra los preparativos del concierto, por parte de los músicos, y por parte de los cineastas. De este modo el espectador se convierte en testigo de la prueba de sonido, las dificutades de Jagger a la hora de confeccionar un set list adecuado, las consabidas obligaciones públicas de la banda cuando son presentados a los invitados de lujas y las neuras del propio Scorsese, que no conoce el listado de canciones, el control de los aspectos técnicos, últimos preparativos, control de los detalles… Este subidón de energía y tensión que Scorsese consigue atrapando al espectador, se difumina tras el inicio del espectáculo, jugando en su contra, tal como he dicho antes, puesto que la gente quiere más, se queda con ganas, y ese aire de realidad inmediata de documental, se pierde con sensaciones tan obvias como la utilización de figuración en las primeras filas del concierto (todo son chicas, y encima fantásticas), o la sorpresa de cómo ha rodado un concierto de dos horas con multitud de cámaras… ¡y en 35mm!
Ese cúmulo de sensaciones encontradas es la reacción más natural para aquellos que, como admiradores de los Stones, y seguidores de Scorsese, esperaban más carnaza, más vida y menos música, más sexo, drogas y rock´n roll y menos Satisfaction. Eso sí, en Shine a Light no quedará decepcionado todo aquel que espere ver a los Rolling en estado puro, pues Jagger sigue moviéndose como siempre, Watts no ha cambiado su rostro impenetrable, Wood sigue con su aire de malote cachondo y Richards… Richards siempre será Richards, y los cuatro nos recuerdan que muy pocos pueden llegar a su edad en ese estado, y todos deseamos ser como ellos. Tras sus aproximaciones musicales a iconos como Dylan y los Stones, la última reflexión que queda por hacer es… ¿para cuándo uno sobre Springsteen, Marty?