Un, dos, tres, al escondite inglés (I. Zulueta, 1969)

Por Gerard Casau

Pure pop for now people

Sostiene mi buen amigo Víctor Castillo que la reciente elección de Chikilicuatre para representar a España en el próximo festival de Eurovisión es la más apabullante y real demostración del poder del pueblo en la historia de nuestra democracia reciente. No seré yo quien le quite la razón, pero para mí lo más importante en todo esto es que este país al fin ha tomado conciencia de la naturaleza intrínsecamente risible de dicho evento: Se podría haber enviado a un buen artista pop (hablamos, claro está, de La Casa Azul, aunque personalmente no considero La Revolución Sexual como uno de sus temas más logrados) pero en su lugar escogieron (¿escogimos?) una mamarrachada, una parodia (y no especialmente brillante, si se me permite otro inciso) elaborada y calculada por el equipo del otrora interesante Andreu Buenafuente. En cualquier caso, a un servidor no deja de producirle cierto alivio que la percepción popular del festejo lo haya hecho descender lentamente de su vetusta posición pseudo-aristocrática hasta las simas de la astracanada. Del ¡Hola! al Aquí hay Tomate, por hacer un símil tonto. No es un fenómeno aislado, ya que en esta misma edición el honor de Irlanda será defendido por Dustin the Turkey, un puppet (sí, un peluche), y apenas hace un par de años que triunfaron Lordi (aunque sean muchísimo más inofensivos y muermazo que Gwar). Y, evidentemente, no podemos olvidarnos del gran, enorme, Alf Poier (ahí sí había insania para parar un tren, y quedó sexto), quizás lo más reseñable que ha pasado por Eurovisión desde ABBA. Pero antes, mucho antes, estuvo Iván Zulueta, probablemente el primero que supo ver su potencial inclinación a lo bizarro.

«Arrebato entraña una voluntad de ser diferente, de ser internacional, de romper con todo lo anterior; de ser, en resumen, lo que nunca habían dejado ser al cine español: joven» escribía en 2004 Joan Pons sobre el segundo largometraje de Zulueta, que Rockdelux había situado a la cabeza de una lista con las mejores películas españolas del siglo XX. Y aunque no podría estar más de acuerdo con él, es de justicia señalar que todo ello ya se encontraba (con muy distinto tono, eso sí) en 1, 2, 3, al escondite isnglés, la verdadera joya olvidada en la carrera de un cineasta maldito, quizás porque en ella no encontramos rastros de aquella canónica oscuridad que se suele buscar e idolatrar en estos casos. Pero ¿de qué trata este film siempre oculto por la alargada sombra de la cámara-vampiro? Pues básicamente de un grupo de talibanes del pop anglosajón que se proponen boicotear un certamen musical de inequívocos aires eurovisivos. A partir de ahí, una narración entrecortada, a modo de viñetas casi independientes repletas de rupturas que nos llevan hasta el Godard de pata de elefante y que básicamente muestran actuaciones de Formula V, Los Buenos, Los Beta o un espectral Ismael que indefectiblemente acaban siempre dinamitadas (literalmente) por el citado grupo de agitadores gafapasta avant la lettre. ¿Y ya está? Pues sí, pero...¿Acaso alguien necesita más motivos para verla? Citando a Walter Sobchak, “en su sencillez radica su belleza”, y los logros de Zulueta en esta película no son precisamente escasos, ya que en apenas hora y media (que vendría a ser el equivalente cinematográfico de los tres minutos de la perfecta canción pop) levanta una inflamada apología del nonsense y la libertad creativa en los últimos estertores del franquismo y una celebración de la escena musical del momento que lleva incorporada su propia parodia, su gen autodestructivo. Quizás, si viviéramos en un mundo mejor, tras esta película algo en el interior del cine español debería haber hecho “click” (como en la canción de antes mencionados Buenos) y dirigirse a otros territorios, más frescos, más efervescentes. Pero, y ahí está lo triste del asunto, casi cuarenta años después de su estreno [1] 1, 2, 3, Al Escondite Inglés sigue siendo el mejor y casi único representante de las posibilidades de dialogo entre cine y música popular que ha habido en este país. Y hasta que alguien decida cambiar eso, no tendremos más remedio que seguir usándolo como un islote perdido en los confines de un océano de mediocridad. É la nave va.

[1] Recordemos que al no estar sindicado Iván Zulueta como director, para su estreno tuvo que acreditarse a José Luís Borau como realizador del film. Conviene recordar que Borau, productor del film, también demostró una notable afinidad con las manifestaciones musicales de la época al encargarles a Carmen Santoja y a Gloria Van Aerssen (o sea, Vainica Doble) la banda sonora de la inolvidable Furtivos. También fueron ellas, junto a Antonio Pérez Olea, quienes compusieron la música para la ópera prima de Zulueta..