24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002)

Por José María Bermejo

En la partida de cartas del rock tiene tanto valor un éxito rotundo como un sonado fracaso, aunque la jugada ganadora es siempre una muerte trágica. Y en ese sentido, la historia de Tony Wilson contiene todos esos elementos, y alguno más. Hubiese sido muy fácil hacer una película sobre Ian Curtis, cantante de Joy Division (y lo ha sido, de hecho), ya que cumple todos los requisitos para entrar al panteón del rock; y no sería de extrañar que, con el paso de los años y si la realidad proporciona el final adecuado, alguien lleve a la pantalla la historia de los hermanos Shaun y Paul Rayder (Happy Mondays). Lo que de verdad tiene mérito es convertir en protagonista y narrador al periodista Tony Wilson y, a través del sello discográfico Factory y del club Haçienda. La película sigue su trayectoria desde su peculiar epifanía (un concierto de los Sex Pistols) hasta el invento de la cultura de baile de los noventa, pasando por.

A la hora de catalogar esta historia, a pesar de su carácter tremendamente local —Manchester— como único espacio posible-, la única opción es la epopeya, por su magnitud y porque algo de sobrenatural tiene el hecho de que estos erráticos aficionados consiguieran mantener una industria que, a pesar de sus altibajos supo estar ahí. Y es un acierto que, ni siquiera para los momentos más terribles de toda la historia se utilicen recursos efectistas que potencien su dramatismo, más bien al contrario. Cada posibilidad de una escena cargada de elementos dramáticos (la muerte de Ian Curtis, el problema de drogas de los Ryder, la muerte del productor Martin Hannet), se ve reventada por estos dos hooligans en los que se convierten director y guionista, que acaban riéndose de todo y de todos.

La mayor dificultad a la que se enfrentaban el director Michael Winterbottom y su guionista Frank Cottrell Boyce era encontrar su lugar en esta historia, el sitio desde el que contemplar las idas y venidas de este colectivo desquiciado que pobló el Manchester de finales de los 70 y de toda la década de los ochenta. Podríamos decir, utilizando un símil musical, que Winterbottom y Cottrell Boyce renuncian a la entusiasmo de la primera fila del concierto prefiriendo el fondo del local, cerca de la barra desde donde poder tener una visión general sin perderse detalle, pero permitiéndose criticar la actuación.

Para ello se sirven de metáforas visuales que, explícitamente presentadas como tales y estratégicamente colocadas a lo largo de todo el filme y disfrazadas en su mayor parte de reportajes de Tony Wilson para Granada TV, van adornando la narración y acentuando su carácter, del idealismo más ingenuo a lo surrealista y lisérgico: Wilson en un ala delta en la que sabe volar, pero no aterrizar; un pastor que utiliza un pato para cuidar su rebaño; los hermanos Ryder en la azotea de su casa envenenando a las palomas y viéndolas morir; un enano que se encarga en un zoo de bañar a un elefante; Wilson entrevistando a un anciano guardia de los canales de Manchester sobre los viejos tiempos. Toda la película camina por una delgada línea entre el documento y la leyenda (urbana y maliciosa), pero sin ningún cuidado. En esta historia, ser riguroso puede suponer caer en lo aburrido, y no hay nada más lejos de la intención de los responsables de la cinta, como tampoco lo había en Tony Wilson, un hombre que quiso ser leyenda y lo fue.

24 hour party people es una película sobre el triunfo de lo amateur, y cómo la ética (y no sólo la estética) DIY del punk pudo llevarse a sus máximas consecuencias. Winterbottom se contagia de esta actitud y compone un collage lleno de elipsis y de digresiones, un juego entrópico que puede despistar a quienes no conozcan previamente la historia, pero en el que si el espectador se deja llevar, puede disfrutar plenamente de esta experiencia entre el documento y el guignol.

Quizás no se me comprenda si digo que esta película es hermosa y de una belleza inspiradora. Porque al fin y al cabo, lo tangible, lo que nos queda, son las canciones de Joy Division, las portadas y carteles del diseñador Peter Saville, el delirio de Happy Mondays y el idealismo inmenso y la pasión de Tony Wilson, y cualquier cosa que circule a su alrededor, más allá de delimitaciones entre lo real y la leyenda, ha de ser necesariamente bello.