El hip hop nació en la marginalidad de los barrios norteamericanos y con un genuino color negro como le sucediera al rock, al blues, al soul, al r&b. Y, al igual que ellos, se fue extendiendo, aunque con una fortuna bastante diferente. Los tiempos cambian y la música se exporta con más velocidad, también dura menos. Cierto es que cualquier país tiene sus grupos de hip hop, aunque sus mensajes nada tienen que ver, aunque lo intenten, con su fuente original. Lo que en un barrio marginal puede ser un himno de guerra en otros lugares no deja de ser una copia barata e, incluso, infantil. Claro que incluso en Norteamérica el tema cambió mucho en el momento que los cantantes de hip hop comenzaron a vivir en grandes casas de Hollywood y a lucir grandes cadenas de oro alrededor de sus cuellos y gruesas piedras en sus dedos. Es decir, cuando cayeron en aquello en lo que solían escupir y abrazaron al señor dólar; aunque nada que reprocharles, al fin y al cabo su talento les valió para salir de la mierda en que se habían criado. Otra cosa es que después uno sienta más o menos respeto por lo que cantan. Por todo lo anterior, y por otras tantas cosas, una película como 8 Millas (8 Mile, 2002), de Curtis Hanson, resulta reveladora.

8 Millas es en muchos aspectos un intento de buscar en las raíces de un estilo musical, de la base social que tiene y de cómo puede ser una salida, ya no a la pobreza en general, pero sí a la desidia diaria. Así, nos encontramos con Jimmy (Eminem), un joven que vive con una madre, Stephanie (Kim Basinger), más preocupada en satisfacer sus necesidades sexuales que en cuidar de su familia, la sombra de un padre que se marchó, y una hermana por la que tiene que velar. A todo esto trabaja en lo que sea para sacar dinero aunque tenga que aguantar a un cabrón como jefe. Con sus amigos se dedica a matar las horas muertas y, de vez en cuando, logra tener alguna relación esporádica con alguna mujer. En definitiva, una vida que no difiere de las de miles de personas alrededor del mundo. Pero, como cada una de éstas, se encuentra el detalle que asoma ante el esquema repetido, ese detalle que nos individualiza y hace únicos. Y en el caso de Jimmy está la música. Sabe o siente que en su interior anida la posibilidad de ser un buen cantante. Compone canciones para sí mismo aunque siempre tenga esa sensación que produce el soñar despierto de que algún día podrán convertirse en algo más que garabatos en un papel escritos en un papel camino del trabajo. Y así, comenzará a acudir a esas batallas que sobre un escenario se desarrollan, donde dos cantantes, ante el público, se hablan, gritan, contestan, insultan, usando la música como medio de expresión. Jimmy conseguirá destacar, pero también constatará como sus sueños chocan contra la realidad en muchos aspectos.
La película de Hanson puede verse como la versión hip hop de Fiebre del sábado noche (Saturday Night Fever, 1977, John Badham), aunque salvando las distancias convenientes. No obstante, no dejan ambas de tener varios puntos en común que no son otros que una idea muy asentada en la mentalidad norteamericana donde cualquier individuo, sea cual sea su condición social, si tiene talento, si trabajo por él, puede llegar a ver sus sueños cumplidos. Y ante eso no queda más que decir que, sea allí o en cualquier sociedad, es más que posible, claro. Hay cierto idealismo en ello, pero en estos tiempos tan prácticos ellos, no está de más recuperar en ocasiones cierto idealismo. Una lucha por aquello que en verdad se quiere y no por aquello que la sociedad o la familia nos quiere imponer, un idealismo que posea en sí mismo una rebelión personal. Cuando las grandes ideologías han caído, aunque haya quienes siguen empeñados en postergarlas sobre la nada y la falsedad, a uno no le queda otra que luchar por lo menos abstracto que tiene a su alrededor, uno mismo. La revolución del mundo empieza por un mismo, porque la global queda ya demasiado lejos y confusa. Jimmy lo tiene claro, aunque para ello deba de verse ante muchas circunstancias a su alrededor que se lo ponen bastante complicado, cuando no imposible.

El plano final de 8 millas es revelador: Jimmy camina solitario por las calles hacia el trabajo. Ha ganado sobre el escenario y decide hacerlo también en la vida. No renuncia a sus sueños, pero sabe cuál es su labor en esos momentos. Es consciente de que ambas cosas son posibles. Aunque para ello deba de alejarse de ciertas cosas, madurar ante la vida y el arte. Sí, es un plano que para muchos transmite desolación. A mí personalmente me hace entender la película y muchos aspectos de lo que la música, o cualquier tipo de arte, puede suponer para una persona que tiene que combinar hasta la extenuación en muchos casos dos formas de vida, la que lleva externamente y la que desarrolla en su interior y en la soledad de su casa. Por eso creo que 8 Millas es una película que enseña mucho sobre la música hip hop, sobre sus raíces sociales y la importancia que puede tener para muchas personas, pero también, y sobre todo, acerca de la vida y la lucha por los sueños.